El jueves pasado, en Zamora, un alto cargo de la diputación llegó a Castromil, un pequeño pueblo de 90 habitantes en invierno y 150 en verano, en la frontera con Ourense y con Portugal. Desde el martes, el fuego cercaba peligrosamente el pueblo y las autoridades habían ordenado su desalojo. A 48 kilómetros de ahí, en Puebla de Sanabria (Zamora) estaba todo preparado para recibir a los evacuados, principalmente niños y veraneantes. En el local habilitado por el alto cargo de la diputación había camas para todos, comida, médicos y hasta psicólogos. El funcionario estaba convencido de que lo había hecho todo bien, así que al día siguiente se acercó al pueblo para interesarse por los incendios. Y las protestas fueron contra él.

Un hombre caminando con dos guardias civiles pegados a la espalda sin estar detenido solo puede ser alguien importante. Así que, cuando los habitantes de Castromil, que llevaban tres días sin pegar ojo dándose relevos para vigilar las columnas de humo de la ladera, lo reconocieron, se fueron contra él. “Déjate de fotos y ponte a apagar el fuego”, gritó uno. “Mucha foto, pero luego no volvéis”, dijo otro. “Estaréis contentos, eh, y ahora, a seguir cobrando”, añadió un tercero. El caso es que la Guardia Civil terminó aligerando el paso al alto funcionario para dar por concluida la visita cuanto antes.