Actualizado a las 01:14h.

A la salida de Santa María de Medeiros, en Monterrei (Orense), se yergue todavía orgulloso el viejo roble. El pasado agosto las llamas lo calcinaron, tiznando por completo su tronco y sus ramas, que todavía se extienden diez metros hacia el cielo, como si el ... fuego no las hubiera devorado. A su alrededor, componiendo una circunferencia casi perfecta, se retuercen los esqueletos de arbustos, dolientes, cuasi expresionistas. Podría parecer, a pequeña escala, un cementerio donde se vela por el reposo del carballo gallego, un lugar de muerte. Y sin embargo, entre la espesa negrura, emerge el verdor de una naturaleza que se resiste a ser desterrada. Casi un año después de los incendios que engulleron más de 100.000 hectáreas en la provincia de Orense, el territorio -como el roble- no oculta las heridas, pero por él se abre camino una débil esperanza, bajo el signo -casi maldición- de que el fuego volverá a cruzarse en su camino antes o después.

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