“Vivimos mirando al cielo y cruzando los dedos”. Así resume la alcaldesa de A Rúa (Ourense), María González Albert (BNG), la preocupación por la posibilidad de que caigan nuevas trombas de agua que arrastren monte abajo piedras, troncos de árboles y lodo. En las últimas semanas, en este municipio, cuyo terreno forestal ardió por completo en los incendios de agosto de 2025, han anotado varios episodios de anegamientos que dejaron numerosas calles cubiertas de barro y desechos. Temen que habrá más este verano. La situación se repite en el vecino Vilamartín de Valdeorras, que esta semana vio como una fuerte tormenta provocó que se desbordasen ríos y entrase en agua en numerosas viviendas. La carretera N-120, que atraviesa toda la comarca de Valdeorras, tuvo que cortarse al tráfico.
Vecinos, responsables municipales y expertos miran ladera arriba para explicar la virulencia de las descargas de agua y los arrastres de material desde el monte: el terreno quedó abrasado por un gigantesco incendio hace menos de un año -el que empezó en Larouco, que el más grande desde que hay registros en Galicia, con 33.000 hectáreas, según el cálculo de la Xunta-. Los efectos del fuego siguen apareciendo mucho después de extinguidas las llamas y lo hacen por varias vías. Serafín González, edafólogo e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), explica que el terreno que ha ardido queda oscurecido. Cambia el albedo, que es la proporción entre la energía luminosa que recibe una superficie y la que se refleja. Es decir, la tierra más oscura absorbe más radiación, se calienta más y eso provoca más evaporación, que favorece la aparición de las nubes de tormenta.






