Vista del río Sil con árboles afectados y superficie calcinada en A Rúa (Ourense). EFE/Brais Lorenzo
Paula Fernández |
Santiago de Compostela (EFE).- Apagadas las llamas de la mayor oleada de incendios que ha sufrido en su historia reciente, Galicia se enfrenta ahora al reto de evitar que las cenizas lleguen a los ríos y contaminen sus aguas, abordar la erosión del suelo y paliar los daños a corto y largo plazo en la flora y la fauna.
Todavía se está evaluando la magnitud de la catástrofe -las cifras provisionales de la Xunta apuntan a unas 110.000 hectáreas quemadas mientras que Copernicus las eleva a 160.000-, pero expertos y ecologistas urgen a ponerse manos a la obra de inmediato para evitar que el desastre ambiental sea aún mayor.
Las llamas tienen un gran impacto sobre los suelos y en alrededor del 10 % de las superficies quemadas suele ser necesario intervenir porque no son capaces de recuperarse por sí mismas, explica a EFE el catedrático de Edafología Agustín Merino, de la Universidade de Santiago de Compostela (USC).






