Actualizado a las 01:52h.
Ayer bajé las escaleras de mi casa sabiendo que era la última vez. Las bajé de dos en dos, ayudándome de la barandilla para adquirir algo de impulso y bajar así más rápido entre la penumbra del mediodía, que era una oscuridad ansiosa, un ... eclipse de patio interior y una arcada que no nacía del estómago sino de algún lugar más antiguo y más difícil de localizar. Era consecuencia, supongo, de los nervios y del asco escatológico al vacío. Hasta que llegué al portal y salí a Santa Engracia sabiendo que era la última vez que lo hacía. Supe entonces que estaba cometiendo un error, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Dejaba atrás la que fue mi casa durante cuatro años, pero lo que sentía es que estaba abandonando a un ser vivo. Abandonar una casa es abandonar a un animal que te mira como si no hubiera llegado a valorar esa posibilidad, como si la traición no fuera siquiera una opción. Los que abandonan a un animal en la carretera siempre huyen rápido, así que el bicho espera como si fuera un juego y en unos minutos fueran a volver a recogerle. Lo mismo sucedió con mi casa, que se quedó mirándome como si nunca hubiera pensado que pudiera llegar ese momento. Recordé, de pronto, el día en el que dejé a mi hija por primera vez en la guardería, con apenas seis meses. Ella no podía entender que yo fuera capaz de dejarla sola en aquel lugar de calefacción excesiva y amarilla, de calefacción funcionarial, aceitosa. Aquella mañana no pude levantar cabeza. No pude siquiera trabajar y tampoco pude ayer. Abandonar una casa es dejar a un niño en una guardería, pero para siempre, dejarlo en un hospicio, darlo en adopción a una pareja de cretinos. Quizá sea al revés y seas tú el niño que espera a que vuelvan a buscarle, como espera el perro y como esperaba mi casa, que no se quedó vacía sino con su nueva dueña dentro, paseándose por mis dominios, reencontrándose con ellos sin saber que por donde se paseaba no era por sus escrituras sino por mis recuerdos, por el escenario en el que una vez dos personas fuimos felices apartados de todo, exiliados en nosotros mismos, en el anonimato de las compras por Fuencarral y el destierro del columnismo diario.








