Cabo SueltoEl martes, ya digo, regres� a la casa. Esta vez con Juanma Lamet. Ra�l del Pozo nos hab�a dejado algunos libros en prenda antes de marchar Ra�l del Pozo retratado en 2020 en el jardincillo de su casa de Madrid.Actualizado Viernes,
julio
01:06Audio generado con IAEl martes fuimos a la casa por �ltima vez. Hace cinco meses que muri� Ra�l. Ra�l del Pozo. Un d�a de abril cruc� el jardincito m�nimo y esquiv� la rama baja del granado siguiendo los pasos cautos de Manuel Vicent. Quer�a despedirse del amigo y vecino por m�s de medio siglo. Se sonrieron en silencio, observ�ndose una vez m�s, en un c�digo de ellos, imagino que repleto de tardes de Caf� Gij�n, de confidencias, de noches de p�quer, de ratos bien golfos, de alg�n desencuentro. Uno miraba al otro muy de frente, con los ojos hechos a la crueldad de separarse. Se estaban despidiendo dotados de una elegancia sencilla, conscientes de la deriva. Una bandeja con cuatro cruasanes de mantequilla que Nora Vicent hab�a comprado una hora antes en la pasteler�a Mallorca los alumbraba. A Ra�l le gustaban los cruasanes de mantequilla.El martes, ya digo, regres� a la casa. Esta vez con Juanma Lamet. Ra�l nos hab�a dejado algunos libros en prenda antes de marchar. La calle m�nima, como de bolsillo. Los p�jaros y su ministerio de trinos. La cancela verde. El timbre roto, como siempre estuvo. El jardincito de tantos veranos a la sombra de nosotros mismos, algo m�s despeinado, selv�tico en su humildad. El granado cargado de fruto incipiente con las ramas largas como en busca de Ra�l para regresarlo. Ya no suena arriba el tableteo de los dedos gruesos sacando textos del teclado del ordenador. Ya no est� el periodista para explicarse a s� mismo en la columna. Ya no r�e con enc�a grande el hombre que nace y muere un poco en lo que escribe. La casa se ir� deshojando y la invadir� todo el silencio que la ausencia env�a.Estaba por dentro igual, con la luz desolada. Parece que no ocurr�a nada, pero est�bamos clausurando un tiempo: el de tres amigos de muchos a�os. La ma�ana parec�a una entre otras tantas, aunque era la �ltima de estar aqu� y lo sab�amos, y se nos notaba.Lamet y yo tomamos los libros prometidos y volvimos a repasar la casa del hombre con quien tanto quisimos, el que nos ense�� que en este oficio lo mejor y lo peor est�n siempre a punto de caer. O que escribir en los peri�dicos es desaparecer cada tarde y reaparecer al d�a siguiente si es que alguien a�n te lee. La casa sonaba a columpio roto y entendimos su necesidad de ser injusta con alguien. Al salir de cualquier manera empujamos hasta encajar la cancela pintada de verde. Entre las hojas secas del zagu�n y el Madrid ardiente de aqu� afuera. Una puerta que no ya no cierra ni abre nada.






