No subió nunca al palco para hacer valer su posición, sino que hasta el final estuvo en la arena, con jóvenes y viejos, despachando la actualidad al ritmo infernal de artículo diario hasta que empezó a morirse
Era guapo. Quizá sea lo más profundo y lo más frívolo que puedo decir de él, y también sé que lo aprobaría, si bien lo aprobaría sólo ahora que está muerto [Raúl del Pozo falleció este martes a los 89 años]. Gustaba a la gente a primera vista, tenía “buen cerca” parafraseando a Sabina, que para despachar a los amigos que no le parecen muy guapos les dice que tiene “buen lejos”. Y algo aún mejor: Raúl del Pozo actuaba como tal...
, es decir, sin creérselo y tirando balones fuera, que son los guapos más retorcidos, los modestos.
Andaba elegante y fachero, pendiente no de la belleza, que es una vulgaridad como todo lo que se tiene o no se tiene, sino de las formas, de las maneras, del saber estar y el saber tratar, que es lo único que importa. Sobre esto último, un día me quiso pegar. Fue en medio de la pandemia, y él estaba en el jardín de su casa de Chamartín cuando me presenté, después de tanto tiempo, queriendo dar abrazos y besos a todo el mundo: fui repelido a patadas por Reverte y a bofetadas por Del Pozo. “¡Pero a vosotros qué más os da que os pille!”, gritaba mientras Edu Galán me tapaba la boca y me echaba de casa.






