EntrevistaEl escritor español Fernando Aramburu celebra 10 años de la publicación que lo catapultó a la fama: ‘Patria’.Aramburu nació en San Sebastián en 1959, pero desde hace más de 40 años vive en Alemania. Foto: Europa Press /Getty Images01.08.2026 09:01 Actualizado: 01.08.2026 09:01

El escritor español Fernando Aramburu celebra 10 años de la publicación que lo catapultó a la fama: ‘Patria’, que narra cómo el conflicto en el País Vasco fragmentó la sociedad y la confianza.Este no es un año cualquiera para el escritor Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). Por lo pronto, se cumplen diez años de Patria, novela que se sumerge en el conflicto vasco e indaga en el modo en que la violencia etarra –a lo largo de los años e incluso más allá de los gestos estrictamente políticos– fue erosionando los lazos de toda una comunidad. Aramburu ya era un escritor con trayectoria, pero el lanzamiento de este libro lo catapultó a la escena internacional. Convertido en un éxito de ventas, Patria no solo cruzó las fronteras españolas (fue traducido a unos 30 idiomas), sino que también se prolongó en una serie impulsada por HBO España y hasta fue adaptada a la novela gráfica. Como parte de las celebraciones por el aniversario, se lanzará una edición especial y, en julio, en la ciudad vasca de Vitoria, se abrió una exposición que reconstruye lo ocurrido en torno al libro. “Ya cedí material, lo típico: cuadernos de anotaciones, algunos objetos”, describe.Aramburu también aguarda el estreno de El niño, película dirigida por Mariano Barroso y producida por Netflix, que se basa en su novela homónima y que podría llegar a los cines entre septiembre y octubre, antes de subir a la plataforma.Afable y contenido a un tiempo, el autor no oculta la satisfacción ante la sumatoria de buenas noticias y agrega una: el lanzamiento de Maite, su último trabajo. Aunque se ocupa de aclarar que su escritura no se reduce al caso vasco, lo cierto es que el tema vuelve, una y otra vez. Maite integra la serie Gentes vascas, a la que también pertenecen, entre otros, El niño y Los peces de la amargura. En el caso de la novela más reciente, el foco está puesto en el encuentro de tres mujeres –una madre y sus dos hijas– en julio de 1997, en medio de la conmoción pública por el secuestro y asesinato, a manos de ETA, del concejal Miguel Ángel Blanco.El tema vasco retorna, y Aramburu acepta que tiene en mente “unos cuantos títulos” que seguramente harán crecer la serie Gentes vascas. El autor narra las tragedias, contradicciones y valores de su tierra con la distancia que suele dar la extranjería: desde 1985 reside en Hannover, Alemania. Su alejamiento de España no tuvo que ver con la política, sino con el amor. ¿Queda algún balance por hacer, a diez años de la publicación de su libro más exitoso? Hay un balance muy positivo. Afortunadamente, el éxito fue posterior a la escritura de Patria. El libro fue escrito en total tranquilidad. En apariencia, era uno más de los míos: yo no podía prever la repercusión internacional que tuvo. Pronto entendí que debía gestionar la excesiva exposición pública. El libro me procuró muchos lectores en muchos países, me dio una dimensión internacional y estabilidad económica, y por tanto me dio tiempo para escribir con calma otros libros. En líneas generales, estoy muy agradecido.¿Cómo impactó en su vida personal este salto, hace 10 años, hacia un público mucho más amplio?Estaba en un momento de madurez personal; el éxito me halagó, pero no me hizo perder contacto con la realidad. El libro y el éxito me dieron una lección de vida. Una lección en forma de advertencia que podría formularse así: “Ten mucho cuidado con el éxito, porque te puede volver más tonto de lo que ya eres”. Y lo que hice, esto no podía ser de otro modo, fue liberar el escritorio de la repercusión de Patria. Es decir, no permitir que los ecos que estaba causando interfirieran negativamente en mi trabajo literario. Demoré cinco años en publicar otra novela y le pedí ayuda a la poesía para poder dedicarme a la escritura sin sentirme mirado por Patria. Retomemos por un minuto la cuestión de la poesía: ¿qué tipo de oxígeno obtiene allí?La poesía es una necesidad básica que tengo. Yo busqué serenidad, belleza, armonía y profundidad, con la ayuda de la poesía ajena, pero también cultivando géneros cercanos. Lo que no hago desde hace años es escribir poemas; no lo necesito. Ya tengo docenas, cientos de poetas trabajando para mí, aunque no lo sepan. Los leo con regularidad. En mi mesita de noche siempre hay un libro de poemas y, cuando viajo, siempre llevo uno. Es una manera de suscitar la experiencia poética. La vida tiene muchas cosas feas, malsonantes, sucias, pero también tiene cosas que la prestigian, y a eso es a lo que yo llamo poesía, que puede ser un paisaje, una pieza musical o un buen libro de poemas.¿Por eso la cita a César Vallejo en su última novela, Maite?Entre los poetas que me acompañan desde la adolescencia y que venero por encima de todo, está Vallejo. En concreto, el poema que aparece en el libro, Masa, del soldado que está muriendo y todo el mundo quiere que viva y finalmente logran que no ceda a la muerte... No es solamente que sea un buen poema, sino que detrás de ese poema y detrás de muchos poemas de César Vallejo hay una actitud que yo quisiera también profesar: la de la solidaridad, la compasión con respecto al semejante. Que puede ser un canalla o puede ser una persona malvada, pero en el fondo tiene una base humana que no debemos negar. En muchas entrevistas, usted ya aclaró que Maite, el personaje que da nombre a la novela, es solo un personaje y que Fernando Aramburu no habla a través de ella. Pero ahora, escuchándolo hablar de compasión, ¿cómo no pensar en esa mujer fundamentalmente compasiva?Yo no soy Maite. Esto no quiere decir que Maite no profese algunos pensamientos o tenga algunos hábitos similares a los míos. Pero la novela no es una autobiografía camuflada. No vivo las mismas circunstancias vitales, no tengo la misma sustancia psicológica. Escribir y leer novelas o ver películas permite calzarse vidas ajenas, probar ser otros, meterse en otros mundos personales, humanos, a veces terribles. Y el hecho de que mis novelas traten de hombres y mujeres, o sea, de gente común, creo que induce a los lectores a sentirse implicados, salpicados por aquello que se está contando. Los lectores también tienen su familia, sus vecinos, sus amigos, y lo que yo cuento es bastante cotidiano.Maite significa ‘amor’ en euskera. ¿Fue a propósito?Sí y no. Tengo en cuenta que ninguna persona de mi entorno familiar se llame así, no vaya a ser que alguien piense que estoy contando su vida. Tuve claro desde muy pronto que el personaje se llamaría así y el hecho de que Maite signifique amor apoyaba la decisión de titular la novela con ese nombre. Maite no solamente es el personaje protagonista, sino que también es, por así decir, una cámara fotográfica: todo ocurre delante de ella o le ocurre a ella o se lo cuentan. Entonces, quien se tome la molestia de leer mi libro conocerá los hechos narrados desde la perspectiva de ella. De ahí que yo hable de calzarse una vida ajena. En este caso, no solamente los episodios de una vida ajena, sino de una determinada mirada y sensibilidad. Hay un rasgo en sus libros que se reitera en esta novela: la importancia de la estructura.Es importantísimo, hasta el punto de que la decido antes de empezar a escribir.Justamente, le iba a preguntar: ¿qué estuvo primero, la decisión de estructurar el relato en cuatro secciones (por cada uno de los días en que Miguel Ángel Blanco estuvo secuestrado) o el deseo de contar la historia del encuentro de tres mujeres donostiarras que, cada una de ellas, carga con un dolor que no quiere contar?Antes de empezar, con la primera frase, yo tomo una serie de decisiones formales, porque con el tiempo he aprendido que, si tomo unas decisiones adecuadas, el trabajo fluye mejor. Eso hace que no me tenga que ocupar después de aspectos relacionados con la forma, porque ya los decidí de antemano, incluyendo el desenlace. Aunque en el curso del trabajo puedo cambiarlo si se me ocurre otro mejor. La circunstancia de que la historia coincida con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco me imponía cuatro días, o sea, cuatro bloques. Al terminar el primer bloque, decidí que cada bloque constara de siete secuencias. Es una estructura muy estricta, elegida arbitrariamente. Lo que pasa es que, una vez que uno la aplica, se convierte en norma, y esto para mí es muy productivo. Yo necesito obedecer y para eso, me impongo una serie de normas y no corro el peligro de la improvisación. Eso es válido para mí; para otros escritores, seguramente no; cada cual tiene su receta. Yo soy más bien metódico, constante, y necesito saber en todo momento en qué lugar del trabajo me encuentro. Ahora, el lector no tiene por qué percibir el sudor del escritor. Eso sería contraproducente.En cuanto a Maite, ¿qué lo motivó a introducir el caso de violencia política? Usted ya vivía en Alemania cuando ocurrió. Pensé que ya era hora de introducir en mi literatura un caso tan relevante como el de Miguel Ángel Blanco; entonces, decidí reducir la novela a esos cuatro días. La novela se iba formando hasta que me pareció que la tenía más o menos diseñada y me lancé a escribirla. ¿Tiene en mente seguir con la serie Gentes vascas?Sí. Tengo todavía unos cuantos títulos por llevar a cabo. Algunos están iniciados, pero en forma muy vaga. Cuando finalmente disponga de tiempo y me libere de los viajes, veré la posibilidad de abordar otro proyecto. O no, porque también quiero escribir otro tipo de obras, o novelas situadas en lugares que no sean el País Vasco. No me apetece estar tocando la misma melodía toda la vida.¿Cómo es esto de vivir entre lenguas –habitar en alemán, escribir en español–, y mirar al país de origen desde una distancia que, supongo, también es la distancia del extranjero?Un poco extranjero soy. Creo que esto no es negativo para escribir, puesto que permite ver desde afuera paisajes humanos con detalles en los que uno no repara si está dentro de esos paisajes. A menudo, uno toma como normales detalles de la vida cotidiana que, vistos desde afuera, son llamativos o peculiares. Ver lo propio desde lejos abre la mente o abre los ojos a multitud de pormenores que, de otro modo, pasarían inadvertidos. Mi idioma cotidiano es el alemán.¿Alguna vez pensó en escribir en alemán?Creo que lo máximo que podría lograr en alemán sería escribir correctamente, pero la literatura va más allá de ese horizonte. Me fallan las connotaciones, no fui niño en ese idioma, no capto del todo la musicalidad. Creo que mis libros en alemán resultarían rígidos, demasiado correctos. Se notaría el esfuerzo del que quiere demostrar que domina el idioma. Pero si escribo en mi lengua materna, no hay separación entre esa lengua y yo. Sale directamente de mi núcleo humano. ¿La ‘casa del alma’? Se puede nombrar de muchas maneras. Yo uso la palabra instinto, en el sentido de que no necesito pararme a pensar en mi idioma, sino que formo una unidad con él. No es solamente un instrumento; la lengua es una amiga mía; es mi juguete preferido y el que más tiempo me ha durado. Eso no quiere decir que subestime otros idiomas, pero desgraciadamente no los conozco tanto como mi lengua materna.Usted se fue de España por amor. ¿Alguna vez pensó en irse, como algún personaje de la novela, harto de la violencia?Cuando era joven, tenía el fuerte deseo de irme, pero más que nada por ampliar mi mundo personal. Me atraía mucho vivir en Madrid o en Roma, conocer el mundo, aprender otros idiomas. Eso me atraía mucho. Yo venía de un medio social humilde; no quería estancarme toda la vida allí. Me habría apetecido dominar el inglés, tocar un instrumento, conocer escritores de otras latitudes. Pero finalmente me fui por una razón inesperada, pero muy bella: conocí a mi esposa, con la que todavía convivo, 44 años después. Fui acogido en Alemania, que es un país que a mí me gusta y va mucho con mi carácter. Hubo un tiempo en que estuvimos dudando dónde instalarnos. Finalmente nacieron nuestras hijas y eso fue como un ancla: uno ya no era joven, tenía responsabilidades familiares, laborales. Entonces, el guion de mi vida ha sido el que es. He permanecido en ese país que venero y allí me enterrarán, lo tengo muy claro. No me considero un exiliado, sino un hombre afortunado que conoció a la mujer de su vida. ¿Se siente más europeo que vasco, español o alemán?Esto de sentirse de aquí y de allá no es algo que me quite el sueño, yo me considero un ser humano. Tengo un gran apego por lo que es la Unión Europea. Estoy casado con una alemana. Mis hijas tienen dos nacionalidades. Ahora bien, no soy de piedra y cuando sé que el Real Sociedad, el equipo de fútbol de mi ciudad, gana, pues tengo una alegría. Y tengo mis preferencias gastronómicas; esto pesa mucho, pero no me obliga a tener una única y férrea identidad.¿Intervenir en la discusión por el conflicto vasco sigue siendo una batalla?Bueno, no hay violencia, ya no se corren los riesgos de antaño. Claro que tengo mis opiniones, que no son del gusto de mucha gente. Pero si alguien desea retirarme el saludo, no tiene más que tomar un avión, viajar al lugar donde vivo, buscarme por la calle, pasar a mi lado sin saludarme y volver a su casa. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.