Una exposición recorre el trabajo fotoperiodístico del escritor y académico, nacido más por necesidad que por vocación y olvidado durante 30 años en unas cajas de cartón

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 75 años) avisa desde el inicio de la entrevista: “Yo nunca he pretendido ser fotógrafo. Solo era un tío que tiraba fotos”. La conversación, en el bar del hotel Palace de Madrid, con un café y un vaso de leche de por medio, se jalona de un profundo respeto hacia el fotoperiodismo y el escritor (antes periodista) y académico de la RAE revela cierto síndrome del impostor, pese a que ahora PHotoEspaña expone su trabajo.

La muestra ―Fotografías de guerra 1974-1985, hasta el 30 de mayo en el Ateneo de Madrid― recorre su obra fotográfica, que coincide con la publicación de Enviado especial, una biografía de guerra, libro editado por Alfaguara y que reúne una destacada selección de crónicas, reportajes y columnas. El nivel de las fotografías seleccionadas, tanto para la exposición como para el catálogo (editado por La Fábrica), haría las delicias de cualquier editor de prensa, historiador o comisario de arte.

La entrevista se ciñe exclusivamente al fotoperiodismo. No asoman ni el capitán Alatriste, ni la RAE, ni las variadas polémicas que suelen acompañar al académico.