El autor de ‘Patria’, a punto de publicar una nueva novela, ‘Maite’, abre para ‘Babelia’ la puerta de su estudio en Hannover y a su vida cotidiana. Una conversación sobre libros, el País Vasco, los orígenes, la felicidad y sus diálogos con ‘Mendizabal’
Fernando Aramburu tiene en su estudio un cactus al que ha bautizado como Mendizabal, y habla con él. “Es un cactus vasco”, explica. “A veces le explico mis intenciones literarias. El plan del día. Escuchándome, de alguna manera, obtengo cierta claridad mental”. Cuando el periodista le pregunta si está hablando en serio, si es verdad que conversa en voz alta con el vegetal, se extraña: “¿No hablas contigo mismo?”.
En el estudio de Aramburu, en la ciudad alemana de Hannover, a 15 minutos en bicicleta de su casa, se encuentra el ordenador con el que escribió la novela Patria, que hace una década lo consagró a él, hasta entonces más bien un escritor de culto, como un autor de masas. Hay un microondas en el que se calienta la comida que el sábado ha cocinado en casa y ha congelado para la semana. También un diván donde, después de comer, duerme la siesta mientras escucha música clásica o jazz, y un sillón donde se sienta para solucionar el sudoku del día y leer dos páginas en inglés y dos en italiano. Se toma un café y abre el ordenador y mira, en la página de EL PAÍS, El rincón de los inmortales, el espacio sobre ajedrez de Leontxo García. “Es la cima del día, un absoluto placer”, describe estos momentos, “la capital de la jornada, el centro neurálgico”. Después, retoma la escritura. Unas 500 palabras por jornada. Y así, cada día, de 8.00 a 18.30, y con la única compañía de Luna, un bichón habanero de 15 años.






