Estoy a dos mil kilómetros de casa. Llevo meses trabajando, haciendo la cuenta de una vida que se reduce, en el fondo, a que algún día un banco acceda a prestarme cien mil euros. Cien mil euros no son un dineral. Son un piso pequeño y viejo, en un sitio normal y corriente, si eso. Cien mil euros es la cifra por la que alguien como yo se hipoteca veinte o treinta años si hay suerte y si el banco está de humor. Estoy a dos mil kilómetros de casa porque el modelo económico que tenemos me prefiere a mí trabajando en el extranjero que a un casero trabajando, a secas.

Mientras hago esa cuenta, mientras relleno cada día en un Excel las horas que paso a la semana llevándole bebidas innombrables a turistas alemanes, mientras sigo buscando más trabajos extra porque a pesar de todo nada es suficiente, me entero de que a Isabel Díaz Ayuso la Comunidad de Madrid le ha comprado un ático de lujo. Sigo, por supuesto, todas las noticias de España, como he hecho siempre, prácticamente a diario, y todo lo que tiene que ver con Ayuso me ha generado siempre demasiada pereza, demasiado odio y demasiado asco como para pararme a comentarlo. Sus formas de lunática, su clasismo, sus consejeros trasnochados, su Rasputín de sol y sombra y, en fin, su adaptación cañí y cutre del trumpismo, su circo cayetano de los horrores, todo ese conjunto de miserias humanas lo daba yo por sabido y nunca le he dedicado una línea. Pero esto es el colmo.