Centenares de chicas j�venes con mini vestidos brillantes observan sobre las aceras del paseo mar�timo el incesante desfile de turistas borrachos. En un rinc�n bajo las palmeras, un grupo de mujeres trans trata de captar clientes. "Yo estoy buscando ladyboys", suelta en un ingl�s con marcado acento italiano un hombre mayor ebrio que se acerca a una de las trabajadoras sexuales.Unos metros m�s adelante, al pasar un enrome letrero fluorescente que recuerda la reciente muerte de la hija del rey de Tailandia, comienza una calle peatonal rodeada de clubes de gog�s, donde las empleadas agitan carteles con ofertas de bebidas y distintos shows sexuales. Tambi�n hay hombres que reparten folletos con fotograf�as expl�citas, promocionando los famosos espect�culos de ping-pong: bailarinas que van expulsando pelotas por sus vaginas. La m�sica cambia cada pocos metros. Techno, reguet�n, pop ruso y hip hop americano. Todo al mismo tiempo en Walking Street, el coraz�n de la turbia vida nocturna de Pattaya.Avanza la madrugada en una ciudad tailandesa que desde hace mucho tiempo arrastra la etiqueta de ser la capital del turismo sexual en Asia. Pero estos d�as, entre las camareras, las gog�s y las trabajadoras sexuales, hay un nombre que se repite en voz baja: Cake.As� llamaban los que la conocieron a Thunchanok Donhomla, una menuda adolescente de 17 a�os de Kalasin, una de las regiones m�s pobres del noreste de Tailandia. Apenas llevaba una semana en Pattaya cuando desapareci� a finales de junio. Dos d�as despu�s, su cuerpo fue encontrado desnudo dentro de una maleta abandonada entre la maleza junto a unas v�as del tren.La Polic�a logr� reconstruir toda la secuencia del suceso gracias a las c�maras de seguridad: la adolescente entrando de madrugada en un apartamento de la mano de un turista australiano llamado Simon Peter Carman; horas despu�s, �l saliendo solo, arrastrando una gran maleta; m�s tarde, transport�ndola en una moto hasta el lugar donde apareci� el cad�ver. Simon, detenido cuando intentaba abandonar el pa�s por el aeropuerto de Bangkok, asegur� que todo ocurri� en defensa propia. La autopsia apunta a una muerte por asfixia, a un asesinato a sangre fr�a.La joven asesinada Thunchanok Donhomla.Este crimen ha reabierto una herida que nunca termina de cerrarse en esta ciudad ubicada a dos horas de Bangkok. Porque detr�s de las playas tropicales y de los resort de lujo, en Pattaya abunda una inmensa econom�a sumergida del sexo donde la l�nea que separa el consentimiento, la explotaci�n y la violencia resulta casi invisible.Pasan pocos minutos de las 3:00 de la madrugada de un viernes de verano. En el paseo mar�timo del centro de la ciudad, donde las prostitutas esperan clientes, un turista indio visiblemente ebrio agarra del brazo a una joven despu�s de que �sta rechace marcharse con �l. Ella intenta zafarse mientras �l insiste cada vez con m�s violencia. Tres compa�eras corren inmediatamente en su ayuda y, entre empujones y gritos, consiguen alejar al hombre. "Aqu� pasan cosas as� todas las noches. Por eso nos cuidamos entre nosotras", dice una de ellas mientras observa c�mo el indio desaparece tambale�ndose."Durante los servicios, algunos hombres te agarran del cuello. Otros te tiran del pelo. Algunos intentan ahogarte. Otros no quieren pagar. Muchos est�n completamente borrachos o drogados. Y los hay que sin consentimiento empiezan a grabar. Nunca sabes c�mo puede terminar una noche. Es muy duro lo que tenemos que soportar", relata otra joven trabajadora sexual que se presenta como Kity, que no es su verdadero nombre. Al ense�arle un retrato de Cake, la adolescente asesinada, dice que muy pocas la conoc�an.En un callej�n con varios locales de alterne, una camioneta descarga un grupo de turistas brit�nicos. Uno de ellos, de mediana edad, dice que van a buscar a varias chicas para una "fiesta privada" que han organizado en su hotel. Otro tipo se separa un momento del grupo para ir a pillar un poco de marihuana. En la zona se suceden los dispensarios de cannabis. Aunque las autoridades han vuelto a restringir su consumo al �mbito m�dico tras endurecer la legislaci�n, en Pattaya la marihuana sigue vendi�ndose con normalidad. La coca�na y la metanfetamina no se venden a vista del p�blico, pero pueden conseguirse con facilidad.La rutina contin�a exactamente igual que cualquier otra noche. Como si el asesinato de Cake nunca hubiera ocurrido. Pattaya lleva d�cadas viviendo con esa contradicci�n. Cada cierto tiempo un crimen especialmente brutal ocupa durante unos d�as las p�ginas de los diarios locales. Despu�s los focos se apagan y la maquinaria econ�mica contin�a funcionando con absoluta normalidad.En 2020 el brit�nico Neil Henry Elliott recogi� a una trabajadora sexual de otra de las calles donde se concentra la prostituci�n en Pattaya. Ambos consumieron metanfetamina antes de iniciar una discusi�n. �l termin� golpe�ndola con un taco de billar hasta partirlo y despu�s la remat� con un machete. La confesi�n lleg� de una forma casi surrealista: tras sufrir un accidente de moto, el propio asesino cont� espont�neamente a los sanitarios que acababa de matar a una mujer.A�os antes, otro brit�nico, Shane Kenneth Looker, conoci� a una prostituta llamada Laxami Manochat. Las c�maras captaron el momento en el que ambos entraban juntos en un hotel. Horas despu�s �l abandonaba el edificio empujando una pesada maleta. Cinco d�as m�s tarde apareci� el cuerpo descuartizado de la chica dentro de esa misma maleta, lastrada con piedras y arrojada a un r�o. Looker consigui� escapar del pa�s y permaneci� oculto durante a�os en Espa�a antes de ser extraditado. Su condena, de apenas ocho a�os tras admitir los hechos, provoc� una enorme indignaci�n en Tailandia.El caso m�s macabro lleg� el a�o pasado. El ciudadano chino Fu Tongyung contrat� a una trabajadora sexual trans llamada Woranan Pannacha. La investigaci�n sostiene que una discusi�n por dinero termin� convirti�ndose en un ataque salvaje. La v�ctima apareci� apu�alada en la ba�era de un apartamento tur�stico. Le hab�an arrancado los implantes mamarios y extra�do el coraz�n y los pulmones. Durante el interrogatorio, el asesino confes� haberse comido uno de los pulmones de la v�ctima. El relato estremeci� tanto a la opini�n p�blica tailandesa como a la china.Cientos de turistas, sobre todo indios, rusos y brit�nicos, se mezclan bajo una lluvia permanente de neones de Walking Street. Los camareros golpean campanas para anunciar promociones. Las gog�s bailan detr�s de enormes cristaleras. Otras est�n directamente enjauladas. Hay clubes especializados para clientes rusos, espect�culos dirigidos al p�blico indio y bares dedicados exclusivamente a turistas chinos. Tambi�n shows para el p�blico gay y antros donde hombres blancos mayores charlan cari�osamente con chicas y chicos tailandeses, algunos muy j�venes, con apariencia adolescente. En los alrededores no faltan los locales donde se ofrecen masajes sexuales.Oficialmente, la prostituci�n contin�a siendo ilegal en Tailandia. Extraoficialmente, constituye uno de los principales motores econ�micos de Pattaya.Estimaciones de colectivos que defienden los derechos de las trabajadoras sexuales dicen que hay alrededor de 60.000 prostitutas en esta ciudad. Muchas proceden de las provincias rurales m�s pobres del noreste del pa�s y sostienen econ�micamente a familias enteras. Otras son mujeres trans que encontraron en Pattaya el �nico lugar donde pod�an ganarse la vida con cierta libertad. Sin embargo, esa aparente libertad tiene un precio muy alto: la ausencia de protecci�n legal. Cuando sufren amenazas, agresiones o extorsiones, muchas prefieren no acudir a la Polic�a por miedo a perder su trabajo, ser sancionadas o convertirse ellas mismas en objeto de investigaci�n.Las desaparecidasKaoh, una joven trans de apenas 19 a�os, desapareci� el pasado febrero. Sus compa�eras la vieron por �ltima vez sentada en un bar pr�ximo a la playa, compartiendo unas copas con un cliente ruso. Desde entonces, nadie volvi� a saber de ella.Su tel�fono dej� de responder y nunca regres� al peque�o apartamento que compart�a con otras trabajadoras sexuales. "Aqu� todas creemos que la mat�. Pensamos que arroj� el cuerpo al mar y por eso nunca apareci�", relata una de sus amigas al identificarnos como periodistas. Quiere que esta historia se conozca. "Al principio la Polic�a dijo que seguramente hab�a regresado a su pueblo, en el norte de Tailandia. Pero dos meses despu�s llegaron su padre y su hermano preguntando por ella. Ellos tampoco sab�an nada. Nunca apareci�. Y nadie volvi� a investigar", contin�a."Cuando una desaparece, todas preguntamos por ella. Despu�s pasan los d�as y deja de hablarse del tema. Aqu� la gente cambia mucho de ciudad, de nombre o de trabajo, y eso hace que sea muy f�cil desaparecer. Pero nosotras sabemos distinguir cu�ndo alguien simplemente se ha marchado y cu�ndo ha pasado algo malo. Lo peor es que muchas veces nadie vuelve a preguntar por ellas", relata otra trabajadora.La Fundaci�n Manushya, una de las organizaciones que ayuda a estas mujeres, denuncia que las trabajadoras de este sector sufren una tasa de homicidios muy superior a la del resto de la poblaci�n femenina y soportan abusos no s�lo por parte de clientes, sino tambi�n de proxenetas e incluso de agentes corruptos.Las activistas explican que la clandestinidad en la que se desarrolla buena parte de esta actividad dificulta enormemente denunciar desapariciones, amenazas o agresiones. Muchas mujeres utilizan nombres diferentes al suyo, cambian constantemente de alojamiento y env�an dinero a familias que desconocen en qu� trabajan. Si una desaparece, no siempre hay alguien que acuda inmediatamente a una comisar�a para denunciarlo. Y cuando la denuncia llega, reconstruir sus �ltimos movimientos puede convertirse en un rompecabezas casi imposible.Ese es, precisamente, el temor que m�s se repite entre las mujeres que trabajan en Pattaya. No tanto morir -dicen algunas- como desaparecer sin dejar rastro. Que nadie reclame su cuerpo. Que su nombre quede reducido a un apodo utilizado en un bar. Que su familia, a cientos de kil�metros de distancia, pase meses creyendo que simplemente dej� de llamar.El profesor Pipatpong Fakfare, investigador de turismo de la Universidad de Bangkok, suele decir que Pattaya lleva d�cadas intentando escapar de una sombra que nunca deja de alcanzarla. "La ciudad ha invertido millones para convertirse en un destino familiar, pero nunca ha conseguido desprenderse realmente de su imagen", resume.La historia explica buena parte de esa dificultad. Hasta comienzos de la d�cada de 1960, Pattaya no era m�s que un peque�o pueblo de pescadores del golfo de Tailandia. Apenas unas pocas casas de madera, barcos de colores varados sobre la arena y un pu�ado de familias viviendo de la pesca. Todo cambi� cuando estall� la guerra de Vietnam.Miles de soldados estadounidenses destinados en las bases militares de Tailandia comenzaron a viajar all� durante sus permisos en busca de descanso, alcohol y sexo. Los bares empezaron a multiplicarse junto a la playa. Despu�s llegaron los hoteles, los primeros clubes nocturnos y una econom�a que descubri� que pod�a ganar mucho m�s dinero vendiendo fantas�as sexuales. Los soldados regresaron a Estados Unidos. La industria permaneci�.Sesenta a�os despu�s, Pattaya sigue viviendo de aquella herencia. Las autoridades locales llevan a�os intentando cambiar el relato. Han levantado grandes centros comerciales, parques acu�ticos, puertos deportivos y complejos residenciales frente al mar. Organizan cert�menes internacionales de belleza, competiciones deportivas y eventos familiares con la esperanza de atraer otro tipo de visitante.Pero basta caminar por la noche para comprobar que el viejo negocio contin�a marcando el pulso de la ciudad. Aunque tambi�n es cierto que Pattaya ya no es �nicamente la ciudad del sexo. Es tambi�n una ciudad de jubilados.Rusos que huyeron de la guerraPor el d�a, muy cerca de Walking Street, el ambiente cambia de golpe. En la zona de Jomtien desaparecen los altavoces atronadores y las fachadas cubiertas de ne�n. Los restaurantes sirven desayunos ingleses. Los supermercados venden queso holand�s y cerveza belga. En muchas terrazas apenas se escucha tailand�s.Muchos jubilados llegaron buscando un invierno permanente junto al mar y terminaron instal�ndose para siempre. "No podr�a permitirme esta calidad de vida en mi pa�s", comenta Peter, un se�or brit�nico de 77 a�os que lleva 12 inviernos viviendo en Pattaya. "Con mi pensi�n aqu� tengo un gran apartamento, puedo salir a cenar todos los d�as y a�n me sobra dinero".En otra cafeter�a, Jean, un se�or franc�s, explica que nunca pens� quedarse m�s de un par de meses. "Eso fue hace nueve a�os", suelta. Muchos viven completamente al margen del turismo sexual. Otros, sin embargo, forman parte de la clientela habitual de los bares donde trabajan miles de mujeres mucho m�s j�venes que ellos.En los �ltimos a�os, Pattaya ha incorporado un nuevo paisaje humano. Las letras de los restaurantes aparecen escritas en ruso. Al igual que los anuncios de las inmobiliarias. Tras la invasi�n rusa de Ucrania y las sanciones occidentales, miles de ciudadanos rusos comenzaron a instalarse en Tailandia. Muchos eligieron Pattaya porque pod�an alquilar apartamentos baratos.Pero hay otra Pattaya a�n m�s reciente. La que s�lo existe a trav�s de la pantalla de un tel�fono m�vil. Cada noche asoman streamers que recorren con c�maras ocultas los clubes comentando precios y espect�culos para miles de seguidores. Existen canales dedicados exclusivamente a tratar de ense�ar la Pattaya m�s oscura, explicar cu�nto cuesta pasar una noche con una trabajadora sexual y d�nde est�n los locales m�s turbios para quienes buscan la experiencia m�s extrema. Pattaya tambi�n se est� convirtiendo en un plat� para TikTok y YouTube. Pero detr�s de esos v�deos rara vez aparecen las historias de quienes sostienen toda esa industria.Siromes Akrapongpanich, responsable del Centro para la Protecci�n y el Desarrollo Infantil, asegura que muchos de los ni�os con los que trabaja son hijos de trabajadoras sexuales. "Algunos han visto a sus propias madres atendiendo clientes delante de ellos". Su organizaci�n alerta de que el entorno termina normalizando esa realidad para muchos menores, especialmente en barrios donde los burdeles conviven con escuelas y templos budistas.La preocupaci�n aumenta cuando aparecen cr�menes como el de la adolescente Cake. Diversas organizaciones internacionales recuerdan que la demanda constante de turismo sexual facilita tambi�n la explotaci�n de menores. Laura Parker, directora de la organizaci�n Exodus Road, dedicada a combatir la trata de personas, sostiene que cuando la compra de servicios sexuales se normaliza resulta mucho m�s dif�cil detectar a tiempo los casos de explotaci�n infantil. "Las v�ctimas quedan ocultas entre miles de relaciones aparentemente voluntarias", cuenta.Esa frontera difusa constituye probablemente el mayor problema de Pattaya. Porque aqu� no todo es trata. No toda prostituci�n implica explotaci�n. Y no todos los clientes son violentos. Pero precisamente esa enorme zona gris dificulta detectar cu�ndo una mujer trabaja libremente y cu�ndo lo hace empujada por la pobreza, las deudas, las amenazas o las mafias.Mientras tanto, los asesinatos aparecen de forma c�clica. Hace apenas unos d�as, otra noticia volvi� a sacudir la cr�nica negra local. Una joven brit�nica de 21 a�os fue detenida tras la muerte de su pareja, un hombre que gestionaba una plantaci�n de cannabis en una lujosa villa de Pattaya. La Polic�a encontr� el cad�ver con m�ltiples pu�aladas y un machete cuidadosamente lavado en el fregadero. La detenida asegur� que el hombre se hab�a autolesionado. Los investigadores hallaron abundantes rastros de sangre y signos de una violenta pelea repartidos por toda la vivienda.Cuando el reloj supera las 5:00 de la madrugada, Walking Street empieza lentamente a vaciarse. Los primeros trabajadores municipales recogen botellas vac�as mientras los �ltimos turistas abandonan tambale�ndose los bares. Las gog�s desaparecen por callejones laterales, algunas acompa�adas por hombres extranjeros. Las mujeres trans se quitan los tacones. Los vendedores ambulantes desmontan sus puestos y las prostitutas van abandonando el paseo mar�timo.Con el amanecer, Pattaya vuelve entonces a parecer un tranquilo pueblo junto al mar. S�lo durante unas horas. Porque cuando vuelva a caer el sol, los focos se encienden otra vez, la m�sica vuelve a retumbar sobre la bah�a y miles de turistas regresan en busca de la misma promesa de libertad sin l�mites que convirti� este antiguo pueblo de pescadores en la ciudad m�s famosa -y tambi�n m�s oscura- del turismo sexual en Asia.