El Observatorio Fabra de Barcelona registró el pasado 8 de julio el récord absoluto de temperatura más alta: 40,9 grados. Es la cifra más alta desde que hay registros en esta estación centenaria y un indicador más de una tendencia que los científicos llevan años alertando de que se está acelerando: las olas de calor son cada vez más frecuentes, más intensas, más largas y llegan antes. ¿Qué nos dice este récord sobre la evolución del clima? Està Barcelona preparada para afrontar veranos cada vez más tórridos? ¿Qué transformaciones urbanas y políticas públicas serán necesarias para adaptarse a una realidad climática que ya ha dejado de ser excepcional?PublicidadEn esta entrevista, conversamos con Javier Martín Vide, climatólogo, catedrático emérito de Geografía Física de la Universitat de Barcelona y director del Observatorio Fabra, sobre las consecuencias del cambio climático en Barcelona, los retos de adaptación de las ciudades mediterráneas y las medidas que considera imprescindibles para reducir los riesgos del calor extremo. También reflexiona sobre el modelo de ciudad, la ampliación del aeropuerto, la necesidad de un gran pacto político ante la emergencia climática y el escenario que dibuja para Barcelona dentro de dos o tres décadas.El Observatorio registró un nuevo récord histórico este verano con 40,9 grados. ¿Qué importancia tiene este dato?La importancia de este récord radica en dos aspectos. El primero es que estamos llegando a los 40 grados en Barcelona ciudad. Hace décadas, los 40 grados eran una temperatura casi exclusiva del valle del Guadalquivir y de la Meseta Sur. Ahora ya los tenemos aquí, en una ciudad litoral donde la proximidad del mar acostumbra a templar las temperaturas máximas. El segundo aspecto es que este récord se ha batido tan sólo dos años después del anterior. El 30 de julio de 2024, el Observatorio Fabra llegó a los 40,0 grados exactos. Que Barcelona alcanzara esa temperatura ya fue toda una efeméride meteorológica. Pero que sólo dos años después ese registro se haya superado casi en un grado, hasta los 40,9 grados, da que pensar.¿Cómo hemos llegado a estas temperaturas?Estamos ante una de las manifestaciones del cambio climático. Por un lado, está el aumento de la temperatura media del planeta y también de nuestro país. Pero, por otro, hay un incremento de los fenómenos meteorológicos extremos, especialmente de las olas de calor. Este nuevo récord visualiza precisamente este aumento de la intensidad, de la frecuencia y de la duración de los episodios de calor. Hablamos, en primer lugar, de más frecuencia. En solo dos años hemos superado dos veces los 40 grados en el Observatorio Fabra. En segundo lugar, de mayor intensidad, porque nunca se había registrado una temperatura tan elevada en esta estación. Y hay que recordar que disponemos de una serie de datos homogénea, continua y sistemática de 112 años. Por lo tanto, no hay ninguna duda de que estos son los valores más altos de toda la serie.Las olas de calor son ya más del doble de frecuentes que en el último cuarto del siglo XXAdemás, también observamos que los periodos de calor intenso son más largos. Es cierto que el clima siempre evoluciona con altibajos, con lo que yo llamo "dientes de sierra". Quizás el verano del 2027 será un poco más favorable. Pero, a pesar de estas oscilaciones, la tendencia es claramente ascendente. Podríamos resumirlo diciendo que las olas de calor son cada vez más frecuentes, más intensas, más largas y también más tempranas. De hecho, ya durante la segunda mitad de la primavera tuvimos un episodio de calor muy importante en España. Probablemente no se llegó a calificar oficialmente como ola de calor porque no cumplía del todo alguno de los requisitos establecidos, pero fue un episodio muy destacado, incluso en el País Vasco. Si nos fijamos en el primer cuarto del siglo XXI, es decir, estos primeros 25 años de siglo, las olas de calor ya son más del doble de frecuentes que durante el último cuarto del siglo XX. Siempre los ha habido. Las olas de calor no son un fenómeno nuevo. Pero ahora no solo se han duplicado en frecuencia, sino que también son más intensas, duran más días y llegan antes dentro del calendario.Publicidad¿Estamos entrando en una nueva etapa en la que estos episodios dejarán de ser excepcionales para convertirse en habituales?Sí. Todo apunta, con un grado muy alto de probabilidad y tendrían que cambiar mucho las cosas para que no fuera así, que esta es la nueva realidad de nuestros veranos. Ahora bien, insisto que el clima siempre presenta variaciones. El hecho de que este año hayamos llegado a los 40,9 grados no quiere decir que en el verano de 2027 tengamos que volver a registrar exactamente esta temperatura. Habrá años más suaves y años más calurosos. Pero la tendencia general sigue siendo claramente ascendente. Los récords también lo confirman. El récord absoluto de temperatura máxima de España corresponde a este siglo XXI: se alcanzaron 47,6 grados en La Rambla, una localidad de Córdoba muy cercana a Montoro, que registró 47,4 grados. Todo ello forma parte de esta dinámica de veranos cada vez más tórridos. Cuando yo era pequeño, hablar de 40 grados era casi excepcional. Era aquel "40 grados a la sombra" que todo el mundo recordaba. Esto ya forma parte del pasado. Tampoco imaginábamos que el 18 de julio de 2023, en Figueres se llegaría a los 45,4 grados, que es el récord absoluto de temperatura de Catalunya. Ahora ya es relativamente habitual registrar valores de 42, 43 o 44 grados, y a veces también de 45. Por lo tanto, nos encontramos ante una nueva realidad climática, que es la que previsiblemente nos acompañará durante las próximas décadas. Y, ante esto, el mensaje es muy claro: nos tenemos que preparar.Hay que aumentar el número de parques y jardines, crear más ejes verdes en las calles, incorporar vegetación en las cubiertas y en las terrazas¿Barcelona está preparada para afrontar estas temperaturas, que ya son una realidad y que todavía irán a más?No del todo. Ahora bien, también es cierto que Barcelona está haciendo muchos esfuerzos para adaptarse y prepararse ante la realidad climática que nos toca vivir. Barcelona es un modelo, incluso a escala internacional, en cuanto a la red de refugios climáticos. Este verano la ciudad ya dispone de 500 refugios climáticos. Son equipamientos como bibliotecas, centros cívicos y otros espacios públicos que mantienen su función habitual, pero que a la vez ofrecen un lugar donde cualquier ciudadano puede entrar gratuitamente, sentarse, protegerse del calor y disponer de agua durante las horas centrales del día. Hablamos de 500 refugios, y más del 90% de la población tiene uno a menos de diez minutos a pie. En este sentido, Barcelona es un buen ejemplo. Otras ciudades españolas también se están poniendo manos a la obra y empiezan a crear sus propias redes de refugios climáticos.Pero eso no es suficiente.Queda mucho camino por recorrer. Una de las grandes líneas de actuación es reverdecer las ciudades, especialmente las ciudades mediterráneas. Madrid es una ciudad mediterránea de interior, pero también forma parte de esta realidad climática. Hay que aumentar el número de parques y jardines, crear más ejes verdes en las calles, incorporar vegetación en las cubiertas y en las terrazas. No es una transformación que se pueda hacer de hoy para mañana, pero el verde es fundamental porque reduce la intensidad del calor, mejora la calidad del aire y también el paisaje urbano. Otra actuación muy importante es sustituir progresivamente el suelo duro e impermeable —el asfalto o el cemento— por pavimentos más permeables. El suelo impermeable es muy útil porque evacua rápidamente el agua de lluvia hacia el alcantarillado y a los pocos minutos ya podemos circular sin problemas. Pero tiene un inconveniente importante: impide que el agua penetre en el subsuelo. Cuando el suelo es permeable, el agua de lluvia o de riego queda retenida y, al evaporarse, consume calor —lo que técnicamente llamamos calor latente— y eso refresca el ambiente. Es lo mismo que hacemos cuando regamos una terraza una tarde de verano: al cabo de poco rato se nota una disminución de la temperatura.PublicidadLa prioridad es adaptarnos al calor. En cuanto a las viviendas, hay que mejorar el aislamiento térmico y hacer un uso responsable del aire acondicionadoPor eso las grandes plazas duras ya no tienen sentido. Barcelona fue una referencia mundial en arquitectura y urbanismo durante los años ochenta. Recibió premios internacionales por sus plazas duras. Pero con la realidad climática actual estas plazas han dejado de ser útiles. Las dos plazas que rodean la estación de Sants eran un ejemplo y ya se están remodelando. En pleno verano, ni siquiera los skaters las utilizan a las tres de la tarde porque el calor es insoportable. Lo mismo ocurre con la Puerta del Sol de Madrid. Habría que reverdecerla. Aunque por debajo pasen líneas de metro o de ferrocarril, hoy la arquitectura ofrece muchas soluciones para incorporar vegetación y usar pavimentos más permeables. También podemos aprender mucho de la arquitectura tradicional. Los pueblos blancos del sur de España son un buen ejemplo. No sólo los de la Ruta de los Pueblos Blancos de Andalucía, sino muchos otros pueblos de la Mancha o del litoral mediterráneo. Las fachadas blancas reflejan la radiación solar. Si las pintáramos de negro, el interior de las casas se convertiría en un horno. También se está intentando pintar de colores muy claros o reflectantes las cubiertas y los tejados. Esto aumenta la capacidad de reflejar la radiación solar, y ayuda a reducir el calentamiento de los edificios. Hay muchas más medidas, pero estas son algunas de las más importantes.Esto implica una transformación urbanística importante. Durante muchos años hemos adaptado las ciudades y las viviendas sobre todo al frío, hay que hacer un cambio de chip?Ahora la prioridad es adaptarnos al calor. En cuanto a las viviendas, destacaría dos actuaciones fundamentales. La primera es mejorar su aislamiento térmico. Todavía hay muchos edificios donde vivimos que no están bien aislados. Esto hace que la refrigeración que conseguimos en el interior se pierda muy rápidamente, al igual que ocurre con la calefacción en invierno. Por lo tanto, hay que aislar técnicamente las viviendas y, en las nuevas promociones inmobiliarias, esto debería ser obligatorio. La segunda cuestión es el uso del aire acondicionado. Es un tema controvertido porque consume electricidad, y esta energía quizás no proviene de fuentes renovables, sino de combustibles fósiles. Pero hay una prioridad que es la vida. Las personas de edad avanzada, muchas de las cuales padecen enfermedades crónicas, especialmente si viven solas y en situación de pobreza energética, son especialmente vulnerables. Si no disponen de aire acondicionado, o si lo tienen, pero no lo pueden utilizar porque no pueden asumir el coste de la electricidad, su estado de salud se deteriora. Está demostrado que aumentan las enfermedades, los ingresos hospitalarios y, desgraciadamente, también la mortalidad. Por eso recomiendo hacer un uso moderado del aire acondicionado. Esta es una medida fundamental. También es muy importante instalar estructuras que proporcionen sombra, como toldos. A menudo pensamos que esto es propio sólo del sur de España. Pero esta es una solución que también tenemos que aplicar en Barcelona y en muchas otras ciudades. Las calles y las plazas más transitadas se pueden cubrir con toldos reversibles, que durante el día protegen a los peatones de la radiación solar y que por la noche se pueden recoger para que el espacio urbano se enfríe. Ya se empiezan a instalar en algunas ciudades. En Barcelona también hay cada vez más.Las emisiones de gases con efecto invernadero son la verdadera raíz del problema; mientras no actuemos sobre esta causa de fondo, el problema persistiráEl Ayuntamiento de Barcelona ha puesto en marcha el proyecto "Barcelona a 50 grados: ensayar hoy para responder mejor mañana", un simulacro para preparar la ciudad ante episodios de calor extremo. ¿Se está priorizando más la adaptación que la mitigación?En el ámbito local, lo prioritario son las medidas de adaptación, porque es ahí donde realmente podemos actuar. Cuando hablamos de más verde, de reducir el suelo impermeable, de aislar las viviendas, de crear sombra en las calles o de hacer un uso adecuado del aire acondicionado, estamos hablando de acciones que pueden impulsar tanto las administraciones locales como la ciudadanía. Ahora bien, la raíz del problema es la necesidad de la mitigación. Mitigar significa reducir las emisiones de gases con efecto invernadero. Esta es la verdadera raíz del problema. Mientras no actuemos sobre esta causa de fondo, el problema persistirá y seguirá avanzando.¿Qué papel tienen las ciudades?Las ciudades también pueden contribuir a la mitigación, al igual que los ciudadanos, a través de un consumo más moderado de los recursos, especialmente de la energía. Por ejemplo, muchas veces entramos en un restaurante, un cine o un centro comercial y pensamos: "Qué bien se está, qué fresco". Pero a la media hora ya tenemos frío. Esto es porque a menudo la temperatura interior está muy por debajo de lo que sería recomendable. Si en el exterior hay 35 grados, entrar en un espacio climatizado a unos 27 grados es más que suficiente si no estamos haciendo actividad física. También debemos consumir menos agua, ya que vivimos en un país que no es especialmente rico en recursos hídricos, y reducir el desperdicio alimentario, uno de los grandes problemas de los países desarrollados. Hay estudios que indican que el planeta produce suficientes alimentos para alimentar a toda la humanidad, más de 8.200 millones de personas. Evidentemente, todavía hay hambre en el mundo debido a las desigualdades, pero otro problema muy grave es la cantidad de alimentos que desperdiciamos en los países más desarrollados. Todos hemos vivido situaciones en las que compramos más de lo que necesitamos, los alimentos caducan y los acabamos tirando. Esto genera residuos, implica un consumo innecesario de recursos y contribuye también a las emisiones de gases de efecto invernadero. También debemos ser más moderados en el uso del vehículo privado y en el consumo en general. Pero insisto en que la adaptación es esencial para reducir los riesgos. Y, dentro de esta adaptación, hay dos conceptos fundamentales: la autoprotección y la cultura del riesgo, que en España prácticamente no tenemos. Actuamos a golpe de tragedia.Espanya necesita un auténtico pacto de Estado de cambio climático con la participación de todos los partidos políticosEsta transformación requiere políticas públicas. ¿El papel de las administraciones es esencial para que no dependa sólo de las decisiones individuales?Totalmente. Tiene que ser así. Las administraciones públicas deben fomentar, por ejemplo, la cultura del riesgo desde el sistema educativo. Debería ser una asignatura obligatoria. Siempre pongo el ejemplo de Japón. Me impresiona ver a niños de tres o cuatro años que, cuando se produce un terremoto, de manera casi automática se ponen bajo las mesas de la escuela porque saben que eso les protege de posibles desprendimientos del techo. Este tipo de comportamientos se enseñan. Tanto el Ministerio de Educación como las consejerías correspondientes podrían incorporar esta cultura del riesgo desde las primeras etapas educativas. Además, hay que tomar medidas específicas para proteger a las personas más vulnerables. Por ejemplo, equipos sociosanitarios formados por personal sanitario y trabajadores sociales que visiten con cierta frecuencia a las personas mayores durante los episodios de calor intenso, comprueben en qué condiciones viven, si necesitan ayuda y les faciliten las recomendaciones adecuadas. También hay que adoptar medidas urbanas y organizativas: restringir determinadas actividades durante los días de calor extremo, incrementar los espacios de sombra, instalar toldos y todas las actuaciones que ayuden a reducir el riesgo.El cambio climático es uno de los principales retos a los que se enfrenta la humanidad durante este siglo Esto requiere un consenso que ahora mismo cuesta visualizar, con el auge de ciertos discursos negacionistas del cambio climático.Espanya dispone de una Ley de cambio climático y transición energética desde 2021 y Catalunya tiene su propia Ley del cambio climático desde 2017. ¿Se ha avanzado? Sí, pero aún queda muchísimo por hacer. Lo que necesita este país es un auténtico pacto de Estado. En este acuerdo deberían participar todos los partidos políticos. Proclamar un pacto sirve de poco si después no existe un acuerdo real sobre las medidas que hay que adoptar. El cambio climático es uno de los principales retos a los que se enfrenta la humanidad durante este siglo porque afecta a prácticamente todos los sectores económicos. Afecta a la agricultura. Hay empresarios del sector del vino y del cava que ya están adquiriendo tierras situadas a mayor altitud porque, con las temperaturas actuales, la uva madura demasiado pronto, acumula demasiado alcohol y eso acaba perjudicando la calidad del vino.También afecta al turismo. Aquí hay una parte negativa, pero también alguna oportunidad. La temporada turística se alarga. Para un turista del norte de Europa, venir en abril o en octubre puede ser ideal. Esto nos permite desestacionalizar el turismo y no concentrarlo solo en julio y agosto. Ahora bien, también puede ocurrir que algunos turistas del centro y del norte de Europa lleguen aquí en plena ola de calor y decidan que estas temperaturas son excesivas y prefieran buscar destinos más al norte. También afecta a la industria. Está demostrado que las temperaturas muy elevadas reducen el rendimiento laboral. Afecta a la construcción. En Andalucía, por ejemplo, existe una normativa que impide que los trabajadores de la construcción trabajen más allá de las dos de la tarde durante los meses más calurosos, precisamente para evitar los golpes de calor. Y también afecta a los servicios públicos. Por eso digo que estamos ante un gran reto. Si no alcanzamos grandes acuerdos políticos y sociales, lo tendremos muy difícil.PublicidadPretender ampliar aún más el aeropuerto es apostar por un modelo de ciudad que va mucho más allá de lo cabalEn este contexto, ¿es compatible impulsar infraestructuras como la ampliación del aeropuerto de Barcelona?Esta cuestión también tiene otras dimensiones, pero yo soy contrario a la ampliación del aeropuerto de Barcelona. Lo planteo desde una pregunta muy sencilla: ¿qué modelo de ciudad queremos? ¿Queremos tener el doble de turistas de los que tenemos ahora? Y si es así, ¿a qué precio? ¿Acabaremos expulsando aún más a la población residente de los barrios porque cada vez será más difícil vivir en ellos? Cabe preguntarnos si la ciudad está preparada para asumir este crecimiento. Quizá sea preferible apostar por un turismo más ordenado, más sostenible. Ampliar el aeropuerto equivale a apostar por multiplicar grandes eventos e incrementar mucho más la llegada de visitantes. La pregunta es si Barcelona está preparada para asumirlo. Quizás un taxista dirá que sí porque tendrá más trabajo, pero la cuestión es si este es el modelo de ciudad que queremos. Barcelona, al igual que otras ciudades como Palma o Málaga, ya está sometida a una presión muy importante. Disponemos de dos terminales y no creo que debamos querer convertirnos en el gran hub de todos los vuelos. Si determinadas conexiones intercontinentales salen de otros aeropuertos, tampoco pasa nada. Pretender ampliar aún más el aeropuerto es apostar por un modelo de ciudad que se desborda completamente, que va mucho más allá de lo cabal.¿Las islas de calor urbanas son un problema de salud pública?Cuando empezamos a estudiar las islas de calor urbanas, a finales de los años ochenta, las considerábamos casi un fenómeno positivo. En el centro de Barcelona podía haber entre dos y siete grados más que en los barrios periféricos durante la noche. Esto significaba que se necesitaba menos calefacción en invierno y, en ese momento, se valoraba como una ventaja. Hoy la situación es completamente diferente. Ahora las islas de calor son un riesgo climático porque esos dos, tres o cuatro grados adicionales se añaden a unas noches de verano que ya son tropicales o tórridas. Esto representa un riesgo para la salud, especialmente en los barrios más densamente urbanizados de Barcelona, pero también en muchas otras ciudades. En solo cuarenta años hemos pasado de considerarlas una curiosidad meteorológica a entenderlas como un auténtico problema de salud pública. Esta evolución también se observa en las llamadas noches tropicales, es decir, aquellas en las que la temperatura mínima no baja de los 20 grados. Hacia los años 2016, 2017 y 2018 observamos que en el centro de Barcelona, concretamente en la estación meteorológica de la Facultad de Geografía e Historia, en el Raval, empezábamos a registrar noches con temperaturas mínimas de 25 grados o más, conocidas como noches tórridas. Este verano ya hemos llegado a la treintena, y todavía queda el mes de agosto. Incluso ya hemos llegado a los 30 grados alguna noche.Es posible que Barcelona pueda rozar los 45 grados en dos o tres décadas¿Cómo se imagina Barcelona dentro de veinte o treinta años si las proyecciones climáticas se cumplen?Me imagino una ciudad claramente más cálida. Los veranos serán muy poco recomendables para pasarlos íntegramente en la ciudad. Ahora bien, también espero que Barcelona siga adaptándose. Creo que veremos más espacios verdes y que muchas de las actuaciones que hemos comentado —más vegetación, más sombra, mejoras urbanísticas y adaptación de los edificios— se acabarán implementando porque percibo que hay voluntad de hacerlo. Cuando se habla de una Barcelona de 50 grados me parece un poco demasiado. Ahora bien, es posible que Barcelona pueda rozar los 45 grados en dos o tres décadas. No descartaría que una tarde de verano el Observatorio Fabra registrara una temperatura próxima a los 45 grados. Por lo tanto, dibujo una ciudad con veranos más cálidos, más largos, que empezarán antes y se alargarán más hacia el otoño. Será una ciudad que, obligatoriamente, tendrá que adaptarse a estas nuevas condiciones extremas. También me imagino una ciudadanía mucho más concienciada sobre el cambio climático y sus riesgos. Y espero que la ciudad no siga aumentando indefinidamente el número de visitantes, porque entonces podría acabar muriendo de ambición.
Javier Martín Vide, climatólogo: "Los veranos de las próximas décadas serán más cálidos, más tempranos y más largos"
Hablamos con el director del Observatorio Fabra sobre modelo de ciudad y cómo debe adaptarse la capital catalana a lo que llama "nueva realidad climática"...










