Récord tras récord. Y así sucesivamente. Barcelona vio el 8 de julio cómo el termómetro de la estación manual del Observatori Fabra alcanzaba los 40,9ºC, su temperatura más alta de la serie histórica. Lo mismo ocurrió en Vinebre (Ribera d'Ebre), donde el mercurio escaló hasta los 44,1ºC, en Sant Pere de Ribes (40,4ºC), Nulles (40,4ºC), Sant Martí Sarroca (40,3ºC), Constantí (39,5ºC)… una “catarata de récords”, titulaba el periodista de esta casa Antonio Cerrillo.
Así que sí, hace mucho calor. Caminar por la calle sin derramar una gota de sudor es un imposible. Las bolsas de la compra pesan más cuando el trayecto se recorre bajo un sol que amenaza con abrasarte la colleja y el camino al lugar de trabajo parece multiplicarse por dos. El repiqueteo de los abanicos es el hilo musical de autobuses y metros. Pedalear o correr está reservado para los más valientes —o los más insensatos, según la hora—. La experiencia no mejora para los motoristas, que buscan la sombra en cada semáforo y se retiran el casco con la cabeza empapada, como si fueran pilotos de MotoGP y hubieran perdido cinco litros de su reserva hídrica en la carrera.
Cuando el sol se pone, no hay tregua: llega lo que los expertos en la materia denominan “la noche infernal”, un término que describe a la perfección cómo de irrespirable es el ambiente cuando el mercurio no baja de los 30ºC. Dormir hoy sin aire acondicionado o un ventilador conlleva comprobar cuántos centímetros de sábana pueden pegarse al cuerpo.










