En un país donde todo se polariza y por todo se confronta, las cuestiones de la defensa no iban a ser menos. Surgen encendidos debates a propósito de cualquier tema y, al igual que sucede con el fútbol, aparecen miles de entrenadores que, por supuesto, conocen la alineación perfecta. La realidad es otra, bien diferente. Llevamos años de penuria económica y ahora que el dinero parece fluir, es cuando se deben plantear estas cuestiones con serenidad y análisis razonado, porque la defensa es como un polígono cerrado, que solo es factible si hay equilibrio en sus lados. La defensa se construye como un triángulo donde cada uno de sus lados, a veces, toma vida propia. Son la política, la industria y las fuerzas armadas. Como todo triángulo, debe ser cerrado, lo que significa que los tres lados deben ajustarse para que el polígono tome su forma. No es posible dar excesivo peso a uno so pena de dejar a los otros fuera de su sitio. Y da la sensación de que, a menudo, cada lado tira hacia su terreno sin mirar al conjunto. Los intereses políticos, industriales y militares no siempre van de la mano. Para el poder político muchas veces es más rentable jugar a corto plazo; hacerlo a largo es sufrir el desgaste de las inversiones –a veces impopulares– sin disfrutar de la foto de la inauguración. Si pasa con las carreteras, las obras públicas o los grandes proyectos, por qué no iba a pasar con la defensa. Pero no se puede olvidar que es el poder político quien decide, quien debe marcar las líneas maestras y fijar las reglas del juego, cuando la defensa no es una cuestión de legislaturas, sino de visión a largo plazo. Fragada F-104 Méndez Núñez. (Juanjo Fernández) La industria es una empresa y, como tal, está sujeta a contratos, accionistas y, por supuesto, beneficios. Su responsabilidad es enorme, mucho más allá del mero aspecto económico; de sus productos van a depender aspectos como la disuasión, las exportaciones y la vida de los soldados. Credibilidad y éxito industrial, fallarán si los productos no están a la altura. La parte militar vive sujeta a la parte política, pues es la que decide sus cometidos, misiones y actividades. Por tanto, debe establecer las condiciones para lograr estos cometidos y prepararse a conciencia. Aquí el problema surge porque no es fácil establecer la frontera entre lo óptimo y lo posible y porque sus líneas maestras no siempre están bien definidas. ¿Qué queremos ser y qué necesitamos? Se puede pensar que el manido debate sobre si la defensa es necesaria ya está superado. La demagogia de "cañones o mantequilla" no es más que eso, demagogia, pues la realidad es que sin cañones, tampoco hay mantequilla. Asumida la defensa como algo imprescindible, antes de discutir sobre aviones, carros de combate o fragatas, habría que hacer otro tipo de análisis. El primer paso son esas líneas maestras de las que hablábamos al principio, pues determinan el encaje del triángulo. Pongamos un ejemplo fácil de entender. Queremos comprar un automóvil, pero la oferta es amplia, hay muchos tipos, con diferentes prestaciones, marcas y, por supuesto, precios. Si le pidiéramos a un amigo una recomendación, lo primero que nos preguntaría no es de qué color, ni cuánto dinero tenemos. Nos debería preguntar para qué lo queremos. Esa es la clave, que, llevada a la defensa, se traduce en qué queremos ser en el mundo, en qué posición, cuáles son nuestros intereses y qué defensa, en consecuencia, es la que pretendemos. TE PUEDE INTERESAR Está claro que aspirar a ser una potencia mundial estaría fuera de lugar y el tema económico impondrá sus limitaciones. Pero una vez se tenga claro (o lo tenga el poder político) qué queremos ser, entre políticos y militares se establecerán las misiones, cometidos y alcance para determinar qué tipo de materiales son necesarios de cara a cumplir esas misiones. Nadie discute (y si alguien lo hace, probablemente se equivoca) que potenciar la industria nacional debe ser una prioridad. Una industria nacional fuerte nos va a garantizar independencia estratégica, beneficios sociales (empleo, retorno industrial, prestigio internacional, etc.) y rentabilidad económica por exportaciones. En definitiva, se creará riqueza. Por tanto, lo primero será buscar los medios entre lo disponible en nuestra industria. Pero ocurre que la fabricación nacional a veces no puede dar respuesta a determinados requerimientos o necesidades. Si se asume que España tiene una vocación europeísta, una segunda prioridad a la hora de elegir material sería su procedencia europea. Por otra parte, si la vocación española también es atlantista, no tendría sentido buscar material militar de países como Rusia e incluso China, que no fuera interoperable con los de nuestros aliados. F-5BM del Ejército del Aire. (Juanjo Fernández) En resumen, el camino de la obtención de material debería ser un proceso lógico reiterativo donde el punto de partida sería la definición del papel de España y de su posición internacional; a partir de ahí, qué defensa se desea tener y cuáles deberían ser los cometidos y misiones de las fuerzas armadas. Con esos cometidos, la parte militar definiría sus necesidades en cuanto a personal y material, así como las necesidades presupuestarias. Y a la hora de buscar los medios, establecer unos requisitos de calidad y prestaciones que deba cumplir cada sistema de armas o equipo. Después, adquirir todo lo que se pueda de la industria nacional; lo que no se disponga de lo nacional, deberá ser europeo y si tampoco existe o no cumple requerimientos, habrá que buscar en otros proveedores de entre los válidos. TE PUEDE INTERESAR Si el resultado fuese que no es posible por limitaciones económicas u otros impedimentos, habría que volver al principio del proceso y renunciar a alguna de las capacidades o misiones. Lo que desde luego no sirve es poner el carro delante de los bueyes. La solución no puede pasar por inventarse cometidos a medida ni dejar de cumplir una misión validada porque determinado sistema de armas se "ha decidido" que no es válido. Todo lo anterior no exime de que, si es necesario adquirir fuera, se haga con perspectivas de futuro. Bien en programas multinacionales con socios de confianza o bien con compensaciones industriales y, a ser posible, con transferencia de tecnología. El objetivo debe ser, a largo plazo, ser capaces de fabricar aquí más y mejor. ¿Tecnología extrema o funcionalidad? Otro error en el que a veces se suele caer es el del alarde tecnológico. La política europea de las últimas décadas ha estado orientada al conflicto asimétrico de baja intensidad (Afganistán, para entendernos) y eso nos ha llevado a diseñar un material militar muy sofisticado, complejo y de grandes prestaciones, pero fabricado en pequeñas cantidades debido a su elevado coste. Hasta ahora, esta fórmula había funcionado, pero un conflicto de alta intensidad (sea o no simétrico) es hoy en día una amenaza que se considera real. En este nuevo escenario, una ventaja tecnológica es clave para alcanzar la victoria y es un objetivo que perseguir. Pero dicho lo anterior y visto cómo es el nivel de degradación del material en un conflicto intenso, no se puede basar la defensa solo en unas pocas unidades, por muy sofisticadas que sean. El riesgo de que la degradación del combate las vaya dejando inoperativas al cabo de poco tiempo no es asumible. Esto hace pensar que hay que balancear el viejo dilema de la calidad versus la cantidad. La tecnología es fantástica cuando todo funciona, pero terrible cuando comienza a fallar. El militar quiere disponer de unos medios avanzados y de altas capacidades, por supuesto, pero también quiere (y muchas veces lo valora más) que funcione todas las mañanas. De poco sirve algo supersofisticado si la mitad de las veces se encuentra indisponible. Obús autopropulsado M-109 A5 español. (Juanjo Fernández) Este balance es algo necesario. No podemos seguir con medios en exceso tecnificados, unas veces por puros alardes de ingeniería y otras por querer que participen demasiados. No tiene sentido un vehículo, por muy sofisticado que sea, si va excesivamente cargado de una tecnología que, por ejemplo, le impide funcionar y combatir en modo manual si el sistema que gobierna todo falla. Tecnología, sí. Robustez, también. Tampoco hay que tener complejos cuando las cosas salen mal, porque solo se equivocan quienes son proactivos, ambiciosos e innovadores. Pero es el otro pecado nacional, la autoflagelación y el caer en el "todo está mal". Errores se cometen en todos los sitios. Pongamos ejemplos en el ámbito naval: Estados Unidos. Los últimos tres grandes programas de la US Navy, todos un fracaso estrepitoso: destructores clase , programados 32 buques, construidos 3 en fase de modificación y el resto cancelados. Littoral Combat Ship, dos tipos de buque, programadas 55 unidades, construidas 35, las primeras con bajas anticipadas y el resto, canceladas. Fragatas de clase, programadas 20, solo dos en construcción y el resto cancelado. ¿Quieren más casos? Alemania, fragatas Baden-Württemberg (F125), solo cuatro unidades, muy grandes (más de 7.000 toneladas) y caras, no preparadas para guerra convencional, sin lanzador de misiles VLS y utilidad muy discutible. Programa de fragatas F126, las mayores del mundo con más de 10.000 toneladas, 6 unidades previstas y todas canceladas. Reino Unido, destructores Type 45 (clase Daring), 12 previstos y 6 construidos, con retrasos y enormes sobrecostes. Graves problemas en la propulsión que limitan la operatividad de los buques. La lección de todo esto es que puede ser preferible recortar un desarrollo que no sale bien en lugar de empeñarse en mantenerlo, y que muchas veces los programas acumulan retrasos (más de 10 años en los submarinos británicos de clase ) por la propia complejidad y circunstancias. Los errores existen, aunque se debe tomar buena nota. Lo que de ningún modo ni es justificable ni admisible es repetirlos. Y en algunos de los programas en curso, el fantasma del tropiezo en la misma piedra parece asomarse de nuevo.
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