“Aquellos que hacen imposible una revolución pacífica vuelven inevitable una revolución violenta”.29 de julio, 2026 - 09h45El título de esta nota pertenece a Máximo Navas Zepeda, intelectual nicaragüense que relató, bajo ese título, la triste historia de ese país antes de que se instalara en 1979 el Gobierno de Daniel Ortega, sin imaginar que este se constituiría, con el paso del tiempo, en la reedición del somozato. En efecto, al decirle al pueblo que en este país no habrá más elecciones, Ortega se autoproclamó dueño de Nicaragua. Es el epílogo del gran manipulador político que engatusó –al estilo Fidel Castro– a su pueblo, bajo la máscara del Frente Sandinista para la Liberación Nacional, etiqueta con la que luchó hasta derrocar en 1979 a la dinastía de los Somoza (padre e hijo), quienes sometieron a su pueblo durante cuatro décadas a una dictadura sanguinaria.PublicidadLa Junta de Reconstrucción inició el proceso de reinstitucionalización de Nicaragua, pero pronto los vientos socialistas provenientes de Cuba marcaron su accionar. La consecuencia inmediata de la caída y fuga de Somoza fue la convocatoria a elecciones para que el pueblo se expresara democráticamente. Era la oportunidad de restituir las libertades públicas reinstalando el Estado de derecho. Violeta Chamorro y Alfonso Robelo renunciaron a la Junta, la Iglesia tomó distancia con el sandinismo para evitar su fraccionamiento por el auge de la “teología de la liberación”. Se convocaron elecciones y Daniel Ortega logró ser electo, pero su ejercicio presidencial estuvo marcado por venganzas políticas y persecución a la Iglesia con inusitada violencia.Producto de la polarización política, en el siguiente periodo el pueblo eligió a Violeta Barrios de Chamorro como presidenta, un símbolo democrático. Fuera del poder, Daniel Ortega se vistió de oveja predicando la tesis de la reconciliación nacional.PublicidadPublicidadParticipó, sin éxito, en las presidenciales de 1996 y 2001. Adoptó entonces una estrategia buenista que le funcionó, y en las elecciones del 2007 fue electo presidente. De allí en adelante ha gobernado a sangre y fuego. Hoy preside un remedo de democracia. La Función Legislativa está domesticada y ha impuesto el extraño cargo de copresidenta a favor de su mujer, Rosario Murillo. Este relato recuerda un pensamiento célebre del estadounidense John F. Kennedy: “Aquellos que hacen imposible una revolución pacífica vuelven inevitable una revolución violenta”. El Cetcam (Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica) ya se ha manifestado contra las agresiones a la Iglesia en un documento titulado Sin Dios ni ley. (O)Xavier Neira Menéndez, economista, GuayaquilPublicidad¿Tienes alguna sugerencia de tema, comentario o encontraste un error en esta nota?