Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00La líder comunitaria Rosa Amalia Quiñones me contó que en Guapi aún ombligan con Ananse: tuestan los huevos de la araña, los trituran y esparcen el polvillo sobre la herida que deja el cordón umbilical al desprenderse. Emocionado, lo único que se me vino a la cabeza fue preguntarle si se había fijado en la camiseta que vestían los jugadores de la selección de Ghana en el partido contra la de Colombia: blanca, cruzada por los hilos negros que trenza Ananse, esa deidad que, por si fuera poco, a los Ashanti les enseñó a tejer las telas Kente, a las cuales hoy en día UNESCO incorporó a la Lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Sí, las que vestía Francia Elena Márquez Mina cuando anunció su candidatura y asumió la vicepresidencia de la Nación.Ahora que nos anticipan una batalla cultural que corrija la historia que, luego de cuatro siglos, dignifica a los nadies, es relevante rememorar que a los pueblos de ascendencia africana los unen las mitologías del cimarronaje contra la esclavización. A los de Guapi, esa araña los unifica con los del Chocó, en especial por la persistente recapitulación sobre cómo a tío tigre siempre lo derrotan Ananse y sus trucos. También las conocen en la Anancyland que forman los raizales de San Andrés, Providencia y Santa Catalina con los de Jamaica[2], islas Caimán, la costa limonense de Costa Rica y Colón en Panamá. Tampoco son ajenos a ellas ni en Surinam, ni en el sur de los Estados Unidos.A Rosa Amalia se le iluminó la mirada cuando tomó conciencia de que Ananse la hacía parte de una enorme comunidad de rebeldes culturales del sur global. Y la alegría de ella me motivó para resaltar esa realidad dentro de la audiencia más amplia que nos había convocado. En efecto, habíamos llegado allá el 17 de julio, invitados por JUNPRO (Juntos por el Progreso, Jóvenes y Mayores), la organización que cumple 30 años de reivindicar los derechos de los afrocaucanos del litoral en la elaboración del componente regional del Plan Nacional Decenal de Biodiversidad [3]. Desde ese día, hasta el 19, Dionisio Rodríguez, creador de Junpro, había convocado a maestras, miembros de consejos comunitarios y demás dirigentes de las veredas de los ríos Guapi, Chagüí y Quiroga a que reflexionaran sobre la biodiversidad regional, según la revelaran los alimentos que salían de las cocinas.Dividió a los participantes en tres grupos, dotados de pancartas y marcadores. Impresionantes los inventarios de frutas, tubérculos, arroces, peces y animales de monte que ya no hacían parte de las dietas cotidianas. Los cartografiaron según ríos y afluentes, hasta incluir a López de Micay y Timbiquí, con énfasis en tres aniquiladores: la extracción del oro mediante retroexcavadoras; un conflicto armado que altera la producción tradicional y el incumplimiento en la defensa del medio de la cual son responsables aquellos consejos comunitarios que les dan licencia a los “retreros” para ingresar a los territorios ancestrales y dejarlos convertidos en profundas troneras estériles, de aguas hediondas y verdosas, contaminadas de combustibles y mercurio; albergues de zancudos transmisores de malaria y dengue.* Doctor en antropología cultural; miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.[2] Es clásica la historia jamaiquina “Tiger soup” que Frances Temple recapituló e ilustró en 1994 (Orchard Paperbacks). [3] Los demás invitados fueron el maestro Adolfo Aalbán Achinte, Ernesto Bernal, profesor de la Universidad del Cauca, mi esposa, Ángela María Parra López y Sofía Natalia González, exalumna y hoy mi muy respetada colega.Conoce más
Ananse, desde Ghana hasta Guapi
“Rememoremos que a los pueblos de ascendencia africana los unen las mitologías del cimarronaje contra la esclavización”: J. Arocha








