NoticiaEn el Valle del Guamuez, la historia de una familia que pasó de los cultivos ilícitos a esta especia.Carolina Cueltán preside una organización de cultivadora de Pimienta en Putumayo Foto: Archivo particular25.06.2026 20:12 Actualizado: 25.06.2026 20:12
“Yo no puedo seguir con la coca. Yo tengo que mostrarles a mis hijos que hay otras formas de salir adelante”.Eso fue lo que pensó Frey Cueltán un día del año 2000. Veintiséis años después, su hija, Carolina Cueltán, que creció entre extensos cultivos de coca, es una de las lideresas del Valle del Guamuez (Putumayo) que se esfuerza por aprender cómo fortalecer la comercialización de la asociación y convencer a más familias –y especialmente a más mujeres– de que sí es posible cambiar la coca por la pimienta, aunque todavía enfrenta el reto de que ese cambio sea sostenible en el tiempo frente a la incertidumbre y la persistencia de la coca en la región.El recorrido, que atraviesa más de dos décadas y varios gobiernos, ha estado marcado por desplazamientos, amenazas y una transformación profunda de la manera en que esta familia entiende el campo y su futuro. Frey creció en medio de la selva putumayense, en una región donde durante décadas la coca fue prácticamente la única alternativa económica. Pasó su juventud cultivándola. En una época en la que no había carreteras y sacar maíz o arroz significaba recorrer largas trochas a caballo, mientras los campesinos tampoco sabían cómo comercializar otros productos para obtener ganancias, la coca terminó imponiéndose en las fincas y en la vida cotidiana de las familias. “La gente pensaba que no había otra alternativa. Muchas veces tenían miedo, porque no es fácil cambiar lo que uno ha hecho toda la vida”, cuenta Frey.Pero a inicios de los 2000, cultivar coca ya no era una actividad “normal”; Frey empezó a entender que corría peligro al hacerlo. Con la presencia de los grupos armados, el aumento de la violencia y las fumigaciones aéreas con glifosato que los dejaban sin ninguna alternativa y quedaban, como dice él, “sin tener con qué comer”, Frey veía cómo la coca empezó a representar incertidumbre.“¿Qué les vamos a ofrecer a nuestros hijos? ¿Coca y más coca?”, dijo un día en una asamblea como presidente de la junta de acción comunal de su vereda. Por sus cuestionamientos, recibió amenazas, tuvo que irse de su tierra y años después, cuando volvió a calmarse la violencia, tuvo el valor de regresar.Primero participó en el programa Guardabosques, que exigía la erradicación total de cultivos ilícitos para acceder a proyectos productivos. La iniciativa, centrada en el modelo de sustitución con el requisito de “cero coca”, le generó amenazas. Más tarde, en 2004, llegó el Proyecto Adam, una estrategia de desarrollo alternativo que, con ayuda de Usaid y la Unosc, buscaba fortalecer la producción legal y la institucionalidad local mediante opciones como cacao, caucho, piscicultura o pimienta, manteniendo también la condición de erradicación total de cultivos ilícitos para poder intervenir en las zonas.Fue la primera vez que escuchó hablar de esa enredadera. No sabía nada sobre la pimienta. Había sido cocalero toda su vida. Se decantó por esa opción, ya que crece en condiciones muy similares a las de la coca (clima húmedo, altas temperaturas y zonas selváticas) y pensaba que no iba a ser tan difícil. Aprender significó empezar de cero. Un año después, sembró las primeras matas y se prometió no volver a la coca.Su hija Carolina creció viendo esa transformación. Hoy es líder de la Asociación Agropimentera del Valle del Guamuez (Asapiv) y representa una generación que encontró en la pimienta una forma distinta de permanecer en el territorio. Aunque, reconoce, para muchos aún no es una alternativa y la dificultad reside en encontrar una estabilidad en el precio de la pimienta y que este sea competitivo con respecto al de la coca.Carolina Cueltán posando con algunos de sus productos Foto:Archivo particularCarolina se levanta a las cuatro de la mañana para preparar a su hija y llevarla al colegio. Después, regresa a la finca. Entre los surcos de pimienta ha aprendido que este trabajo exige algo distinto a la fuerza, que suele asociarse con las labores del campo: paciencia, cuidado y perseverancia.Durante todo el cultivo se practica la virtud de la moderación. La pimienta es un bejuco, una enredadera que crece aferrada a un árbol tutor y que requiere atención constante. Si durante la cosecha se hala con demasiada fuerza, puede desprenderse y morir. Pero tampoco puede dejarse crecer libremente. A medida que la enredadera avanza, hay que amarrarla una y otra vez al tutor para orientar su crecimiento. “Es como criar hijos”, dice Carolina.Por eso, aunque en las fincas trabajan hombres y mujeres, ellas suelen desempeñar un papel central. Son quienes cosechan buena parte de los racimos, revisan el estado de las plantas, identifican enfermedades y acompañan los procesos más delicados del cultivo.Los tutores suelen ser árboles como el nacedero, el matarratón o el cachimbo. Al crecer sobre ellos, la pimienta se integra a sistemas de producción más amigables con el medioambiente, que reducen la necesidad de talar bosque y ayudan a conservar la cobertura vegetal de la región. Es tan así que Asapiv ganó el prestigioso premio Bibo 2021 por su aporte a la recuperación de los recursos naturales del piedemonte amazónico.Después de la cosecha, el desgrane y varios días de secado al sol, esa pimienta inicia un recorrido que puede terminar en restaurantes de Bogotá, Medellín, Cali o Cartagena, e incluso en algunos de los platos servidos por cadenas como Crepes & Waffles, que es un cliente de la asociación.Desde 2009, cuando se constituyó oficialmente la Asociación, decenas de familias han apostado por este cultivo como alternativa a la coca. Hoy la organización reúne a cerca de 90 asociados y articula productores de Valle del Guamuez, Orito, San Miguel e incluso de algunas zonas del departamento de Nariño.La asociación compra actualmente el kilo de pimienta negra entre 24.000 y 25.000 pesos, mientras que la variedad blanca puede alcanzar los 40.000. Además de comercializar la producción de sus asociados, también transforma parte de la cosecha en especias listas para usar en la cocina.Sin embargo, para muchos campesinos, la pimienta todavía no ofrece la certeza económica para abandonar la coca. Por eso, en varias fincas, ambos cultivos conviven: la pimienta representa una apuesta de largo plazo, mientras la coca funciona como una especie de “seguro” frente a la incertidumbre del mercado.Ese temor tiene una explicación. En el 2015, el precio de la pimienta se desplomó. Después de alcanzar valores cercanos a los $ 25.000 por kilogramo, cayó hasta rondar los $ 5.000. Al mismo tiempo, aumentaron las importaciones y encontrar compradores se volvió cada vez más difícil.Muchos productores abandonaron entonces el proyecto y algunos regresaron a los cultivos ilícitos. Aunque la asociación logró mantenerse, el recuerdo de esa crisis sigue muy presente entre los campesinos de la región. “No se le puede apostar solamente a una cosa”, explican algunos productores.La preocupación no es menor. Putumayo sigue siendo uno de los principales territorios cocaleros del país. De las cerca de 230.000 hectáreas de coca registradas en Colombia en 2022, alrededor de 20.000 estaban concentradas en este departamento. Mientras el área sembrada en Putumayo creció 13 por ciento entre 2021 y 2022, en el resto del país el aumento fue de apenas 3 por ciento.El reto hoy no consiste únicamente en convencer a los campesinos de sembrar otra cosa. El desafío es lograr que esos cultivos generen ingresos estables y mercados sostenidos en una región donde la coca sigue ofreciendo una fuente de ingresos inmediata, aunque su valor haya bajado en los últimos años.Por eso, los productores han depositado parte de sus expectativas en iniciativas como Sabores de Paz, una estrategia del Gobierno que busca reunir organizaciones campesinas de distintos departamentos para comercializar bajo una misma marca productos nacidos de procesos de sustitución, como café, cacao, panela, ají y pimienta.“Hemos estado acompañando a las asociaciones porque no se trata solo de entregarles un proyecto productivo y ya, sino de ayudar a que este se convierta en una alternativa sostenible en el tiempo. Por eso, estamos impulsando la tecnificación de los procesos para mejorar la producción. Empezamos con café y ya enviamos el primer contenedor a EE. UU. bajo esta marca que reúne productos provenientes de la sustitución de cultivos”, explica Gloria Miranda, directora de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito.“La pimienta ha sido un refugio para muchas”, dice Carolina; sobre todo porque las mujeres suelen encontrar menos oportunidades laborales en las zonas rurales. En las fincas pimenteras también trabajan adultos mayores, personas con discapacidad, comunidades indígenas y víctimas del conflicto. Parte del atractivo del cultivo es que exige mucho más que fuerza física. Sin embargo, el futuro de esta apuesta depende de la seguridad. “La base para que podamos seguir tecnificándonos es la seguridad. Sin eso, es muy difícil mejorar la producción”, afirma Carolina.Una preocupación que también reconocen desde la Dirección de Sustitución de Cultivos. Según Miranda, las zonas con mayores niveles de confrontación armada han presentado más dificultades para implementar y acompañar los programas de sustitución, aunque menciona al Catatumbo como una de las excepciones.El gobierno de Gustavo Petro se propuso erradicar y sustituir 30.000 hectáreas de cultivos de uso ilícito mediante programas de erradicación voluntaria y desarrollo productivo. Sin embargo, a poco más de un mes de finalizar el cuatrienio, la cifra reportada ronda las 7.000 hectáreas. Aún está pendiente el balance definitivo que presentará el Gobierno en los próximos días, en medio de señales de que el ritmo de sustitución habría aumentado durante el último año, luego de la descertificación de EE. UU. a Colombia en la lucha contra el narcotráfico.Para mujeres como Carolina Cueltán, que crecieron entre cultivos de coca y hoy lideran procesos productivos legales, la pimienta representa la prueba de que aquel cambio que imaginó su padre hace más de dos décadas sí era posible. “Nosotros estamos concientizando a la gente de que hay que cambiar ese chip de que es la coca, la coca y la coca. No es fácil”, concluye. Sigue toda la información de Política en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.









