OpiniónCuando las palabras dejan de describir la realidad y pasan a organizar lealtades, la política deja de ser deliberación y se vuelve creencia ciega.ESCRITOR Y PERIODISTA27.07.2026 22:01 Actualizado: 27.07.2026 22:01 Antes de que existieran las encuestas, los algoritmos y las redes sociales, los emperadores romanos sabían que los símbolos eran más poderosos que las ideas y entonces levantaban estandartes, organizaban ceremonias y convertían la arquitectura en una pedagogía del poder. El águila imperial no era un ave: era Roma. La corona no era un objeto de oro: era el Estado. La representación era más poderosa que aquello que representaba. Umberto Eco advertía que los símbolos poseen una gran capacidad para producir significados que rara vez son sometidos a examen. Funcionan porque condensan emociones, recuerdos y pertenencias en una imagen sencilla. La inteligencia exige tiempo; el símbolo actúa al instante.La historia política está llena de batallas por apropiarse de esos signos. El comunismo encontró en la hoz y el martillo una promesa de redención. El fascismo comprendió mejor que nadie el poder de la estética, los uniformes y las concentraciones multitudinarias. Elias Canetti, en Masa y poder, observó que la multitud necesita experimentar físicamente la sensación de unidad; por eso los rituales, los saludos y las consignas producen una embriaguez colectiva que suspende temporalmente el juicio individual. Genera un profundo malestar la foto en la que todos los sonrientes ministros designados, sin un asomo de duda, hacen el saludo militar ya convertido en identidad política.Las democracias no están inmunizadas contra la irracionalidad. Cambian los uniformes por camisetas, las marchas militares por concentraciones ciudadanas y las proclamas por consignas bien pensadas. Pero el mecanismo psicológico permanece intacto. George Orwell comprendió que el lenguaje político puede terminar vaciándose de significado hasta convertirse en un simple instrumento de adhesión emocional. Cuando las palabras dejan de describir la realidad y pasan a organizar lealtades, la política deja de ser deliberación para convertirse en creencia ciega.Estamos padeciendo esa disputa simbólica. Una bandera, un color, un sombrero, un gesto con la mano, una espada, una plaza pública, el lugar escogido para una posesión presidencial o la decisión de desconocer una elección en nombre de una causa superior adquieren una importancia que supera y elude la discusión sobre las políticas públicas o la altura moral de los protagonistas. Durante semanas se debate el escenario de una ceremonia mientras pasan inadvertidas las decisiones que afectarán la educación, la salud o la economía durante décadas.Las veleidades simbólicas del que se va y de quien llega hacen pensar más en un cambio de monarca que en una transición democrática.No se trata de despreciar los símbolos. Hannah Arendt recordaba que una nación sin símbolos termina siendo apenas una agregación de individuos. El problema aparece cuando el símbolo deja de señalar una realidad y pretende reemplazarla. Entonces la bandera vale más que la patria; la consigna, más que el argumento, y la ceremonia, más que el gobierno.En Gandhi o en Martin Luther King la desobediencia civil fue una profunda afirmación ética frente a un orden manifiestamente injusto. Su legitimidad no provenía del desafío mismo, sino de la autoridad moral que lo sustentaba y de la disposición de quienes la ejercían a asumir las consecuencias de sus actos. Convertida en un simple recurso de movilización política o en un espectáculo mediático, pierde su densidad moral y se transforma en otro emblema dispuesto para el consumo inmediato de las audiencias, sin mencionar la carencia de autoridad de quienes han sido cómplices silenciosos de uno de los gobiernos más corruptos de los últimos tiempos.Un gran reto ciudadano es resistirse a la fascinación del símbolo vacío. Preguntarse siempre qué ideas sostiene una bandera, qué proyecto acompaña una ceremonia, qué ética respalda un gesto de rebeldía y qué resultados concretos sobreviven cuando termina el espectáculo.Las veleidades simbólicas del que se va y de quien llega hacen pensar más en un cambio de monarca que en una transición democrática.fcajiao11@gmail.com Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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