Releyendo esta mañana temprano la excelente entrevista que publicó Antonio Jiménez Barca en El País al historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, me encontré con una clave conceptual perfecta para entender el momento de degradación e histeria colectiva que atravesamos. Harari, autor de obras indispensables como Sapiens o Nexus, aportó una definición brillante sobre el impacto real de la tecnología en la vida pública: la democracia es, ante todo, una conversación entre personas. Y las redes sociales han roto esa conversación. ¿Por qué? Porque el objetivo primario de los algoritmos de las grandes plataformas no es informar ni publicar hechos verídicos, sino atrapar la atención del usuario. Y la inteligencia artificial descubrió muy rápido que nada atrapa y fideliza tanto al ser humano como la rabia, el miedo y el odio. Si alguien te genera indignación, es casi imposible que mires para otro lado. Las redes se convirtieron, así, en máquinas diseñadas para multiplicar la furia. Como señaló lúcidamente alguna vez Carlos Pagni, la política actual se ha transformado, esencialmente, en gestionar la ira. Hay una masa constante de resentimiento flotando en el ambiente global —acentuada decididamente tras la pandemia— y la clase política entendió que su insumo principal para subsistir es precisamente manipular esa masa.
Redes sociales, odio y la trampa de la campaña antiargentina
El dividendo político de la rabia digital y la invención de conspiraciones en tiempos de desinformación algorítmica.








