Apenas terminó el Mundial, se vino una ola gigante de críticas contra la Argentina, la movilización típica de la era del scroll y de las redes sociales. La “mente podrida” que analizamos en nuestro próximo libro ¿Qué diablos nos pasó? no distingue entre usuarios digitales, intelectuales o personas que presumen de ser muy racionales. La característica principal de esta época es que todos tomamos posturas simplemente por lo que vemos en la pantalla, y no por lo que pensamos. A la selección argentina la acusaron de racista porque no se veía entre sus jugadores afroamericanos. Una crítica que ignora la historia: este país no traficó esclavos ni tuvo colonias en África. Si otros los tienen en sus equipos, es por su pasado colonial. Cuando concedieron la independencia a los países que habían invadido, muchos de sus habitantes optaron por la nacionalidad de la metrópoli. En Estados Unidos, el Partido Demócrata al que pertenecen varios de los más encarnizados críticos de nuestro racismo, mantuvo una segregación racial feroz en estados como la Alabama de George Wallace. Fue necesaria una intervención armada federal para que dejen de segregar a los negros el 1962. Quienes siempre hemos apoyado la lucha por los derechos civiles y respaldado a organizaciones como Black Lives Matter dentro de los Estados Unidos, no tuvimos que hacerlo en Argentina, porque aquí nunca ocurrió un caso como el de George Floyd.
La campaña anti-Argentina
Lo contemporáneo es fugaz y pasional: nos incita y, al mismo tiempo, no nos da tiempo a profundizar. Vivimos tiempos en los que la duración no es lo que era. La sociedad vertical está en crisis y los vínculos y los compromisos mutan, especialmente a la hora de elegir quiénes nos conducen. Así, lo que sucedió en torno a la selección nacional en el Mundial de fútbol permite diferentes niveles de análisis. Explicar por un solo motivo lo que pasó sería cometer errores. Cabe pensar que el equipo de Lionel Messi era de los más poderosos. Que, a veces, sus jugadores reaccionaron incorrectamente. Pero no es todo. La sociedad está viva y, por tanto, ofrece reacciones dispares ante estímulos que están continuamente en movimiento. Y esta es su riqueza y complejidad.













