De la socialdemocracia nos queda una acumulación de nostalgias variadas que no sabemos cómo manejar y también una costumbre destructiva, que es destructiva porque en sociedad, todo lo que no construye hace lo contrario. Dicha costumbre consiste en esperar a "que pase algo".PublicidadDa lo mismo el nivel intelectual o cultural del contexto, la frase que más vamos escuchando últimamente es "algo tiene que pasar". Se habla del avance descontrolado de la IA, e invariablemente alguien responde: "Algo tiene que pasar". Sucede lo mismo si nos referimos a los incendios ("algo tiene que pasar"), a las decisiones de Trump ("algo tiene que pasar"), a la violencia en redes ("algo tiene que pasar") o al avance de la extrema derecha ("algo tiene que pasar").Se trata de un estado mental infantil y fatalista, entre la idiotez y la molicie, por el que la gente espera que otros —¿quiénes?— hagan. O que llegue por fin la debacle final, sea cual sea su naturaleza. "Algo tiene que pasar", cabecea el personal, y una se imagina lo mismo la tercera guerra mundial que una invasión zombi o el deshielo de los polos seguido de un tsunami global.A mí me parece uno de los frutos podridos que ha dejado tras de sí la socialdemocracia y al que veo difícil solución. Porque se han ido desactivando minuciosamente la intervención política y social de la población, la acción directa y los movimientos colectivos.Los distintos gobiernos llamados "de izquierdas" o progresistas han visto la intervención social como enemiga, y han castigado cualquier disenso con sus políticas. No han sabido asumir los planteamientos y puntos de vista que no coincidieran exactamente con su acción de gobierno, de manera que las protestas y el posible crecimiento de fuerzas sociales se han visto como ataques y han sido sofocados, cuando no directamente castigados. Buen ejemplo de ello son prácticas tan habituales y siniestras como la infiltración de agentes policiales en los movimientos sociales o el reparto discriminatorio de las ayudas públicas.PublicidadMe refiero a los partidos y gobiernos progresistas porque, en este sentido, las derechas importan poco. Las derechas sencillamente reprimen o compran cualquier movimiento al margen de sus prácticas e ideas.El resultado, tras varias décadas así, es el florecimiento de una cultura del "que algo pase". Es decir, la inmensa mayoría de la población considera que no tiene herramientas para actuar sobre el devenir de su tiempo y su realidad. Probablemente, una gran parte ni siquiera se lo plantea. Las izquierdas, y gran parte de los medios de comunicación, han acabado construyendo una sociedad con poca o nula capacidad para la participación colectiva no partidista.Habrá quien considere injusto atribuir todo lo anterior a los partidos y gobiernos progresistas. Les invito a que echen la vista atrás y recuerden a Felipe González (en general); el gran rescate de José Luis Rodríguez Zapatero al sistema financiero mientras se multiplicaban de forma insoportable los desahucios; el castigo de Pedro Sánchez al movimiento feminista o la acción (también en general) de su ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska. Por no hablar de que ahí permanecen la Ley Mordaza y la Ley de Extranjería, con los CIEs, con las falsas promesas repetidas de echarlas abajo.PublicidadNos enfrentamos a un problema grave: las izquierdas "a la izquierda del PSOE" van a llegar sin aire a las próximas elecciones, desarboladas y maltrechas. No sé si están todavía a tiempo de comprender que sólo las salvará el diálogo con la (pequeña) parte de la sociedad que aún tiene capacidad para movilizarse, capacidad, y ganas. La parte que no espera "que algo pase". O sea, que sigue empeñada es que es posible intervenir.
La cultura podrida del "algo tiene que pasar"
La socialdemocracia ha ido desactivando minuciosamente la intervención política y social de la población, la acción directa y los movimientos colectivos






