Es preciso desacoplar la propuesta socialdemócrata de las siglas de un partido que en realidad no la defiende, y encomendarla a quienes parezcan dispuestos a ponerla en marcha

Lo que nos pasa —decía Ortega— es que no sabemos lo que nos pasa. Se dice que la nuestra es una sociedad cansada, desilusionada, acelerada, conformista. Y últimamente, que vivimos tiempos de incertidumbre. Desconocemos qué nos deparará el futuro, ignoramos hacia dónde dirigirnos en este mundo de posveracidad, desinformación y polarizaciones enconadas. Sin embargo, si empezando por aquel entorno que nos resulta más accesible, por España, la Unión Europea y América Latina, pudiéramos construir un nosotros desde un diálogo abierto, ¿hacia dónde decidiríamos ir?

Tal vez descubriríamos que tan desnortados no estamos, que en cuanto habláramos en serio saldrían a la luz conquistas ya alcanzadas, de las que tenemos una buena experiencia cuando las hemos vivido, y a las que, por eso mismo no deberíamos renunciar, sino fortalecerlas y prolongarlas. Sobre ellas podríamos encontrar un acuerdo.

En principio, aceptaríamos que la comunidad política, siguiendo la sugerencia de Rawls, es un sistema equitativo de cooperación a lo largo del tiempo, desde una generación hacia las siguientes. No un campo de Agramante, ni siquiera un sistema de convivencia más o menos llevadero, más o menos injusto, sino un sistema de cooperación con el que todos deberíamos conseguir ventajas y por eso tiene sentido aceptar el pacto de colaborar. La justicia es la clave de ese contrato social que constituye nuestras sociedades democráticas y que resulta irrenunciable, porque fuera del pacto, a la intemperie, hace un frío insufrible, como el que narra la Nobel surcoreana Han Kang en su desgarradora novela Imposible decir adiós.