Millonarios exc�ntricos (I)Graham Pendrill decidi� vender su mansi�n de 12 habitaciones, cambiar los trajes por la 'shuka' y vivir con la dignidad de la tribu africana tras un viaje a Kenia Actualizado Lunes,
julio
00:01En medio de un siglo XXI de intelectuales cabreados que defienden a los gritos su postura inamovible, un hombre de las afueras de Bristol se desprende de las posesiones acumuladas hasta dejar su lujosa abundancia en los huesos y abrazar las regiones ignotas de un pueblo n�mada que comenz� en el siglo XV su migraci�n hasta asentarse en las vastas llanuras del Gran Valle del Rift. A 10.146 kil�metros de Almondsbury. A m�s 133 horas de coche sin parar desde Inglaterra hasta Kenia. Con �l arranca esta serie de verano sobre millonarios exc�ntricosA los 57 a�os, el brit�nico Graham Pendrill hab�a alcanzado el nirvana de los reci�n llegados al dinero (para ser rico de toda la vida hacen falta dos generaciones de antepasados amasando fortuna y no es su caso). Pendrill manten�a a pleno rendimiento una mansi�n de 12 habitaciones en Almondsbury, cerca de Bristol (refugio de piratas en el siglo XVII, al suroeste de Inglaterra), y regentaba un negocio de antig�edades donde despachaba chucher�as car�simas que s�lo pueden pagar quienes est�n de lleno en el enigma de la riqueza. Para surtir su almac�n de artilugios, viajaba de punta a punta del mundo con especial celo en �frica, de donde tra�a alpiste para algunos coleccionistas que intentan mantener la noci�n del valor de las cosas del tiempo en las vitrinas.En una de esas expediciones atraves� selvas y cordilleras para observar de cerca los animales que habitan en la regi�n m�s transparente de Kenia. Un d�a cualquiera fue en busca de las grandes bandadas de flamencos que se detienen en las aguas alcalinas de los lagos Nakuru y Bogoria, donde se alimentan de algas. La excursi�n la capitaneaba un grupo de hombres de la tribu mas�i contratados para la causa dorada de un millonario m�s a la caza de los horizontes b�blicos de Mogambo. De regreso a la base, el jeep de Pendrill dejar�a a los mas�i en alg�n lugar inconcreto y ellos enfilar�an la ruta hasta su asentamiento caminando al atardecer con la zancada larga apoyada en el orinka, bast�n de ra�z de acacia que ayuda en el pastoreo. Todo iba seg�n lo pactado hasta que una tormenta el�ctrica baj� con ferocidad del cielo. Pendrill decidi� llevar hasta la aldea a sus acompa�antes, y en el descubrimiento de esa otra vida mas�i al pie de las chozas circulares comenz� su metamorfosis.La hospitalidad de aquellos hombres y mujeres a refugio de la lluvia severa en las manyatas de adobe, paja y bostas de animales desarm� a Pendrill. Vestido de caqui bebi� con ellos un batido de sangre y leche de vaca, un poco de supa (sopa hecha con carne, huesos y corteza de �rbol) y pinchos de nyama choma (carne a la brasa) acompa�ados de una pasta espesa hecha a base de harina de ma�z y agua. Una semana despu�s, Pendrill regres� a Inglaterra con el veneno de la cortes�a de los mas�i bajo la piel. Intent� continuar la vida como si aquella experiencia no fuese m�s que un golpe de fortuna que se diluir�a en la rutina de su biograf�a brit�nica como flotan en la memoria algunos amores perdidos arrebatados al verano. Pero eso no sucedi�. El anticuario comenz� a leer la historia de ese pueblo y en el pecho le creci� una sensaci�n de hermandad irrefrenable. Quer�a volver con los mas�i. Quer�a ser uno de ellos. No le encontraba a la vida m�s sentido que instalarse en la sabana africana y dejarse llevar por los ciclos de la naturaleza. Todo lo dem�s era un estorbo.Pendrill regres� al clan una temporada y all� aprendi� a contar el tiempo en lunas y la prosperidad en vacas lentas. Retorn� a Bristol y cambi� los trajes de lino del verano por la t�nica que ellos llaman sh�k�, tela de un rojo vivo, el azul que representa la lluvia y el verde que invoca la tierra y sus bondades. Los vecinos lo miraban raro, pero �l sal�a a caminar por su pueblo ataviado de mas�i dejando al aire las canillas transparentes del ingl�s de pura cepa. "Me pueden llamar exc�ntrico, qu� m�s da. Lo que siento es que soy uno de ellos". Esto le dijo a The Times en una entrevista. "Apoyado en mi vara siento en el coraz�n qu� cosas van a pasar. �Nunca he tenido las ideas tan claras ni me he sentido tan seguro en mi vida!". La cabeza se le llen� de vientos y nostalgias. Entonces pens� lo irremediable: hay que venderlo todo, desprenderse del lastre del patrimonio y empezar a vivir tajantemente como la gente que ama. "Los mas�i nunca cambiaron y no echan nada en falta. La dignidad de esta gente deber�a ser la de todos", declar�.Un viaje m�s a �frica y qued� ungido para siempre con la m�s alta distinci�n de los mas�i: el t�tulo de Siparo. Significa valiente y otorga la condici�n de anciano de la tribu: el que acumula la sabidur�a, la raz�n y la clarividencia. No hab�a vuelta atr�s. Pendrill puso en venta la mansi�n de 12 habitaciones, se desprendi� del negocio de antig�edades, decidi� donar parte de la recaudaci�n a obras ben�ficas y levantar su propia manyata en el coraz�n de Kenia dispuesto a llegar transformado, sano y salvo al final del ciclo vital para que su cuerpo sirva de alimento a los animales, como hacen sus amigos, tan descre�dos del m�s all� que pasan de rituales f�nebres confirmando su condici�n de pueblo sumamente pr�ctico.Ha pasado el tiempo y Graham Pendrill perdi� su condici�n de acontecimiento. En los peri�dicos decay� el inter�s y sus vecinos tambi�n comprendieron que hay transformaciones tan fuertes que ning�n chisme puede desmontarlas. Se puede ser un occidental de orden y aceptar la llamada del alma que empuja a sumergirse en otras realidades sin miedo al futuro, sin formular ning�n prop�sito salvo el de pasar los d�as en medio de la paz que dispensa la extra�eza.Ahora reparte los meses entre su pueblo y los mas�i. Con el pelo blanco y ataviado de anciano venera a los que le han dado cuerda a la vida y pasa las tardes en la tertulia sin fin de la sabana con la espalda apoyada en el tronco de la acacia escuchando leyendas ancestrales de las gentes que son su gente, junto a otros ancianos venerables que desconocen qui�n fue Marco Aurelio, Cervantes o Shakespeare, pero de sus bocas salen algunas sentencias tan certeras y reveladoras como las de S�crates. El anticuario Pendrill deja que pasen los d�as con el bast�n entre las piernas y el �nimo en paz, cocido por el sol en un pa�s que custodia el cr�neo de uno de los primeros monos que se pusieron en pie hace un par de millones de a�os.










