Ahora el espacio compartido no se plantea como una saludable opción para la juventud, sino como un apaño a la precariedad habitacional que produce la gran estafa inmobiliaria

Viví con un narcotraficante amateur, con una poeta que nunca tiraba de la cisterna, con un estilista que me robaba sistemáticamente la pizza. Uno de mis compañeros de piso tenía un ideograma chino tatuado en el cuello y cada día significaba una cosa. Una noche se piró para siempre, con todos sus bártulos, sin pagar el mes en curso. Con una compañera estadounidense estuve debatiendo s...

emanas por la inexistencia en inglés del propio término “estadounidense” (solo existe “americano”, con las consiguientes connotaciones). Y así pasaba la vida, esperando a que toda esa gente rara dejase el baño libre de una vez.

En mi primer piso compartido tuvo que venir la Policía Nacional a frenar una reyerta, en el tercero el vecino de arriba entró a puñetazos tratando de parar una de aquellas fiestas que duraban días. Este era un lugar tan sórdido que un amigo cineasta lo utilizaba para rodar cortos sobre los bajos fondos: “¡Lo que me ahorro en decoración y atrezo!”. Cuando le enseñé el cuarto a mi madre, se puso a llorar, la pobre, de la bohemia. Hubo tiempos duros, pero muchas veces fui feliz.