Hay un ejercicio un poco masoquista que recomendaría a cualquiera que publique libros o artículos. Consiste en echar un ojo a los libros de una casa normal; no los de los Goytisolo ni la de los Gil de Biedma, que juegan en otra liga. Me refiero a los libros que tenía la gente corriente hace cincuenta o sesenta años. No conozco un antídoto más eficaz contra la vanidad. Allí descubre uno que la posteridad existe, pero cambia de dueño con una velocidad pasmosa.De vez en cuando repaso lo que conservo de la vieja librería de mis padres. Ya se lo pueden imaginar: novelas del Círculo de Lectores, la colección Reno, los clásicos RTVE y algunos éxitos editoriales que parecían más sólidos que las pirámides. Hoy apenas los recuerda nadie. Su reinado fue más corto que el de las novelitas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Y, sin embargo, algunas cosas permanecen. Aún recuerdo una historia de El Virginiano en la que el pistolero le decía al matón del saloon : “Amigo, cuando me hable así, sonría. Para que yo sepa que está bromeando”. No me pregunten por qué. La memoria también tiene sus extravagancias. Allí estaba Pedro Páramo. No por las razones que puedan imaginar los entendidos en literatura. Mi padre estaba convencido de que se trataba de una comedia ranchera y solía leer algún párrafo imitando el acento de Pedro Infante o Jorge Negrete. Juan Rulfo probablemente no había previsto semejante efecto, pero sospecho que tampoco le habría disgustado. Al fin y al cabo, uno puede escribir una de las novelas más desoladoras del siglo XX y acabar provocando una carcajada. Así son los caminos de la literatura. Inma Sainz de Baranda/ArchivoTenía como vecinas las novelas de Pearl S. Buck. Estoy seguro de que a muchos ese nombre les sonará hoy al de la inventora de algún electrodoméstico y, sin embargo, ganó el Nobel y vendió millones de ejemplares. La promesa, en una edición que huele a madera vieja, retrataba una China irreconocible: campesinos resignados, cristianos ejemplares y una pobreza que parecía escrita para animar las colectas del Domund. Cuesta recordar que hubo un tiempo en que China despertaba mucha más compasión que miedo.No faltaba Una tragedia americana, de Theodore Dreiser. Ese sí fue un descubrimiento adolescente. La historia de un arribista que asesina a su novia para acceder a un matrimonio más conveniente y termina esperando la silla eléctrica. No diré que despertara mi interés por el derecho penal, porque nunca he sido de vocaciones tan definidas, pero el viejo maestro sabía más del crimen que cualquier jurista.A veces se echa de menos a los escritores que se molestaban en inventar una tramaEl libro que más veces he releído, sin embargo, es Sinuhé el egipcio, del finlandés Mika Waltari. Otro escritor al que parecía aguardar la eternidad y hoy sobrevive discretamente en las mesas de saldo. Aquel médico errante que recorría el Egipto de Akenatón me acompañó durante años. Aún sigo creyendo, como él, que el hombre se sumerge en la iniquidad igual que los cocodrilos en el Nilo: sale, se seca al sol y continúa siendo exactamente el mismo. Quizá por eso la novela ha envejecido mejor que casi todas las teorías sobre el progreso.Ahora se lleva otra cosa. La autoficción. Todos escribimos de nosotros mismos: los veranos en la Costa Brava, el trauma irreparable de haber tenido unos padres comprensivos en exceso, las dudas identitarias, el sexo abundante y un ejemplar de Rimbaud sobre la mesa mientras suena Lou Reed. Es muy respetable. Incluso suele dar premios. Pero a veces se echa de menos a los escritores que se molestaban en inventar una trama. Los que preferíamos acompañar a John Silver o al conde Drácula seguimos sospechando que la vida de los demás sigue siendo bastante más interesante que la nuestra.En España se publican casi ochenta mil libros nuevos cada año. La gran mayoría habrá desaparecido antes de Navidad. No es nada extraordinario. También desa­pa­re­cieron Pearl S. Buck, Dreiser o Mika Waltari, que parecían tan inevitables como Vizcaíno Casas, Álvaro de Laiglesia y otros autores cuyo nombre omitiré para no amargarles las vacaciones. Quizá por eso me permitiría recomendar esos libros que ya nadie recomienda. Los que han atravesado el purgatorio del olvido y siguen esperando, sin hacer ruido, en un almacén de IberLibro o una librería de viejo. A fin de cuentas, hacia ese mismo olvido caminamos todos. Ellos llegaron antes. Eso es todo.