“Todo el mundo tiene un libro dentro”, dicen, con la misma alegría con que se afirma que todo el mundo tiene un niño interior, un artista reprimido o una receta infalible para la felicidad. Es una de esas frases democráticas que reparten talento para que nadie queda afuera. Todos escritores potenciales. Todos novelistas latentes. Todos con una obra maestra incubándose en alguna cavidad del alma. La corrección de Christopher Hitchens tiene la virtud de la crueldad, y por lo tanto es precisa: “Todo el mundo tiene un libro dentro, pero en la mayoría de los casos es mejor que se quede ahí”. Uno imagina al libro golpeando desde adentro, pidiendo salir, y a una mano sensata empujándolo nuevamente hacia el fondo, como en esa escena del Fiord de Osvaldo Lamborghini, pero sin mano y sin libro. La industria cultural moderna decidió que ningún impulso debe frustrarse. Si alguien siente deseos de escribir, inmediatamente aparecen talleres, cursos, seminarios, tutorías, clínicas y laboratorios que intentan justificar el mismo negocio: convencer a las personas de que la mera voluntad es una forma de talento. Antes se decía que para escribir un libro hacía falta tener algo que decir. Ahora basta con querer decir algo. La diferencia parece pequeña, pero es abismal.