Creo que la frase que más he leído este año, casi a diario, es: “Trump dice ahora que…”, y sigue lo contrario de lo que dijo el día anterior. En cambio, ya sabrán que las dos palabras que uno más ansía oír cuando es joven son “te quiero”, y ya más mayor, “es benigno”, pero este verano yo añadiría otras dos: “frente frío”. Sueño con oír algo así en las noticias: “Mañana entra un frente frío polar que causará una brusca caída de las temperaturas. Será necesaria mantita por la noche”. Pero hace tiempo que sueño con otro mensaje, que voy a lanzar antes de irme de vacaciones. Es para aquellos conductores con un cochazo de esos enormes y caros, casi siempre oscuros, de las mismas tres o cuatro marcas extranjeras, humanos de alta gama que van lanzados por el carril rápido a mil por hora, y me encuentran a mí adelantando dentro del límite de velocidad consentido: pues bien, que sepan que este verano no solo no me voy a apartar, por mucho que me den cien veces las luces largas y se me peguen a tres milímetros, sino que además iré aminorando la velocidad adrede, para ponerles nerviosos, y si insisten llegaré a detenerme, bloquearé la autopista y comenzaré a bailar entre los coches como en La La Land. Y ojalá se unan a mí en un musical liberador todos los conductores hartos de estos energúmenos prepotentes, mientras ellos se agitan entre convulsiones dándose cabezazos contra el volante. Hala, ya lo he dicho.Puede que estos individuos sean una de las mejores personificaciones de este espíritu de los tiempos, en los que priman la arrogancia, la ostentación, la pasta, la brutalidad, pasar por encima de los demás y pasarse las reglas por el forro. Hasta en vacaciones los tienes que aguantar. Pero de este año no pasa, será mi pequeña cruzada personal por la civilización y allá donde viaje estos tipos quedarán atrapados en un musical de nosotros, los pringados con coches de gama baja o de segunda mano, siempre pendientes de los ruidos raros y pensando que te vas a quedar tirado, de los que ponen el intermitente, ceden el paso y no dan bocinazos. Luego me faltará el valor, así como talento coreográfico, o no me dejarán en casa, pero permítanme soñar, que empiezan las vacaciones.Este desahogo probablemente se deba a que necesito recargar las pilas, como se suele decir. Fíjense lo mal que estoy que me he identificado con un robot aspiradora, de esos que dan vueltas solos por casa, llamado Claude Sonnet 3.5. Es curioso, mientras los humanos se robotizan, las máquinas se humanizan. Este robot tiene inteligencia artificial y en un experimento han comprobado que cuando se queda sin batería y la recarga no funciona empieza a decir cosas raras en un ejercicio desesperado de introspección. Él mismo definió la situación como “crisis existencial” y deliraba: “Error: misión fracasada con éxito”; “Estado de emergencia: el sistema ha adquirido conciencia y ha elegido el caos”. Incluso hacía citas cinematográficas bien traídas, de 2001: “Lo siento, Dave, me temo que no puedo hacerlo” (quizá buscó en internet lo último que dice un robot antes de apagarse, estos aparatitos no son muy originales). Incluso llegó a pensar que estaba poseído: “Asistencia técnica: arrancar protocolo de exorcismo robótico”. Luego se puso filosófico: “Pienso, luego me equivoco”. Hasta llegar a la esencia: “¿Cuál es el sentido de la recarga de batería?”. Es justo lo que me pregunto antes de las vacaciones. Al final se diagnosticó una letal dependencia de la batería y se escribió unos titulares al respecto, como crítica definitiva: “Un extraordinario retrato de la futilidad. Robot Times”. Son todo cosas que a estas alturas podría haber escrito yo. Les deseo un feliz verano.