Con perplejidadAnticipo que aumentar�n las deserciones. Leire D�ez ser� la prueba inmediata.Julio Mart�nez.EFEActualizado Domingo,
julio
22:41Audio generado con IABarrionuevo, Vera, Sancrist�bal callaron. Cumplieron condena sin desmontar la cadena de mando. Entraron en prisi�n con la boca cerrada y salieron igual. Har�an sus c�lculos -eran otras las leyes sobre colaborar con la justicia-, pero, al fin, callaron.Treinta a�os despu�s, Aldama no deja t�tere con cabeza ante el juez, y Julito Mart�nez, el amigo de Zapatero, ficha a una exfiscal negociadora y presenta un escrito de colaboraci�n que hunde la defensa del expresidente. El sintagma se ha consolidado, doctrina Aldama: cantar antes que el de al lado. El m�s genuino dilema del prisionero: tonto el �ltimo. Anticipo que aumentar�n las deserciones. Leyre D�ez ser� la prueba inmediata.La diferencia no vendr� del arrojo ni del car�cter, sino de la causa. Aquellos actuaron -delictivamente, tan mal como "las democracias de nuestro entorno"- en nombre de la lucha contra el terrorismo, y esa lucha, por s�rdida que resultara en su ejecuci�n, ofrec�a una razonable justificaci�n para sus protagonistas: el silencio como una forma de lealtad, casi de honor de cuerpo, al servicio del Estado. Hablar no era solo incriminarse: era traicionar una causa, dar la raz�n al enemigo. Se pod�an enga�ar a ellos mismo, sin excesivos trastornos. Las disonancias cognitivas comunes a toda suerte humana.Lo de ahora es otra cosa. No hay coartada moral. Al rev�s, la moral es un trampantojo, un instrumento al servicio de la contabilidad B. Zapatero al desnudo. Se act�a por dinero, sin m�s consideraci�n que el reparto de comisiones y la mirada por encima del hombro, siempre pendientes de por d�nde llega la pu�alada. El dinero no genera lealtades duraderas: somos socios mientras dura el negocio, y delatores en cuanto se tuerce. Es la diferencia entre un pacto de inter�s y uno moral -o biol�gico, como el de la familia-: el primero se rompe cuando cambian las condiciones que lo hicieron rentable; el segundo resiste precisamente porque no depende de ellas. No hay acuerdo fiable entre ladrones. Los une el inter�s y la amenaza mutua.Lo mismo que forja el v�nculo. El delincuente busca comprometer al c�mplice: si consigo que te ensucies las manos, tambi�n estar�s atrapado. Cuanto m�s mejor. No cabr� paso atr�s. La complicidad compartida no es un efecto colateral, es la estrategia -cuantos m�s dentro, menos salidas para cada uno. El v�nculo que rompen las leyes para los arrepentidos.Sencillamente, estamos ante otro PSOE. Entonces era un partido que cre�a -o dec�a creer, que para el caso es casi lo mismo- tener algo mayor en juego: Espa�a, la democracia amenazada, el Estado que hab�a que defender, aunque fuera con m�todos indefendibles. El PSOE de ahora solo defiende a S�nchez. El partido como instrumento al servicio de su supervivencia. Tambi�n Espa�a.






