Cuando Carmen Olmedo decidió dejar un empleo estable en la industria farmacéutica para crear Menoara tenía 51 años. No estaba en paro ni buscaba una salida desesperada. Había detectado un vacío: la escasez de soluciones específicas para la menopausia. “Si iba a dar el paso, mejor hacerlo desde una posición de fortaleza que esperar a que las circunstancias decidieran por mí”, recuerda.
Su caso rompe con el perfil más habitual del emprendimiento sénior en España. Porque, aunque el imaginario colectivo asocia al emprendedor con alguien joven, dispuesto a asumir riesgos y a crecer deprisa, la realidad es bastante distinta cuando se superan los 55 años. Ahí, emprender suele ser menos una aventura que una estrategia para seguir trabajando.








