Actriz, escritora y madre, Vera Spinetta repasa las distintas versiones de sí misma que fue habitando a lo largo de los años, un camino propio iluminado por el faro de su gran legado familiar25 de julio de 202606:0018'minutos de lecturaLa luz de la canción que le dedicó su padre. Los libros que le daba su madre iluminando también el camino -uno, clave, sigue ahí en su mesa de luz-. Y el dar a luz. “Soy Vera, y soy mamá”, se definirá la menor de los Spinetta casi al final de la charla. Esa es la certeza, la sensación de tierra firme sobre la que podrá invocar la incertidumbre para su polifacético trabajo como poeta, música y actriz, como artista que disfruta los bordes. “Me gusta ese espacio indefinido que es donde estamos los seres humanos cuando vivimos. Que no sabemos qué nos pasa, lo tenemos que descifrar. Esa indefinición, esa incertidumbre es lo que nos permite la duda, el deseo, la curiosidad y también la entrega”.—Venís de una temporada de mucha actividad, ¿no?—Sí y lo más apremiante y difícil fue el cambio de colegio de mis hijos, porque este año volví a Capital. Un momento de mucho cambio, está buenísimo, pero llevó mucha energía y dedicación.—¿Por qué te volviste? —Es que vivía en Maschwitz y, entre ensayos, trabajo y rodajes, se complicaba muchísimo. Un tetris entre eso y los chicos y los colegios. Estuve cinco años allá y lo disfrutamos muchísimo, y ahora volver a Capital fue todo un asunto. Y por otro lado, a comienzos de año hice teatro [la obra de Rita Cortese, No tiene un desgarrón]. Todo al mismo tiempo. Siempre es así, todo al mismo tiempo. Creo que siempre hay algo un poco desmedido en la entrega, en el compromiso con lo que a uno le gusta. Y coexiste con ser madre, que está en primer lugar. —No te gustaba dar notas. ¿Te sigue pasando?—Me da un poco de pudor hablar de mí. Me pasa lo mismo si voy a una reunión, con gente que no conozco, no sé de qué hablar. Me encanta actuar y me encanta subirme a un escenario, pero me cuesta yo, Vera, ponerme a hablar. —Cómo fue tu camino artístico, porque sos actriz, pero también editaste un libro de poesía y por supuesto está la música. ¿Cómo te definís?—Con el tiempo acepté que hago teatro, pero también música y también escribo. Voy navegando por lugares distintos, pero es un poco lo mismo, la expresión, que es lo que conozco, por mis padres, mi familia, mis abuelos, es el lenguaje común. Desde muy chica lo tuve claro. Pero lo primero fue la danza, mi primer enamoramiento de una disciplina que tuviera que ver con lo artístico... —¿Danza clásica?—Sí, y después un poco de contemporáneo. Era fanática de la música clásica, desde muy chiquita. Compartía ese amor con mi mamá, que era una gran melómana de la música clásica. Después descubrí que me podía disfrazar para bailar y que podía interpretar cosas y apareció la actuación, me copaba con personajes de películas y los interpretaba, bailaba a través de ese personaje. Así se fue abriendo camino ese otro juego más intenso, en el que podía juntar la música, la danza, las palabras. Y más o menos a los 13, 14 años me dije que definitivamente quería ser actriz y empecé a estudiar. Fue hermoso porque descubrí que se puede formalizar eso, se le puede dar un marco para luego jugar, pero con una estructura. Y la música fue algo que también estuvo siempre obvio, quizás lo que más estuvo. —Y las palabras, la poesía, la canción…—Me encantan las palabras, empecé a escribir muy chica, quizás tenía 10, 11 años. Ahora un poco lo veo en mi hija Eloísa, que tiene 11, y hace como dos años que escribe canciones y poesías. No la presiono, es algo que aprendí de mis padres, dejar que sea un juego y ver cuándo y cómo uno quiere profundizar. Después mi papá me invitó a cantar con él, a mis 13 años.—Él te consideraba música, antes que vos misma. —Sí, tenía fascinación con la facilidad que siempre tuve, por estar rodeado de ellos, que son todos unas bestias. “‘Vos sos músico’, me decía, ‘¿cómo puede ser que reniegues?’”. Yo dejaba eso para los hombres de la familia. Es algo que pensé después; como mujer feminista vas entendiendo cómo se ceden espacios por preconceptos. Cuando Vera tenía 13 años, su padre, Luis Alberto Spinetta, reconoció en ella el gen artístico y la invitó a cantar—Respecto a esto que decís de la mujer, en tu casa tu madre era una persona fundamental. Una artista tremenda, una madre tremenda, pero con muy poca exposición, como si fueran los hombres los que tienen que brillar. —A mi mamá le gustaba el anonimato, el bajo perfil, y su obra estaba a través de mi papá. Creo que tiene que ver con el lugar histórico del hombre. Pero hablando de mi mamá, creo que ella de verdad no quería que nadie la conociera. Con los años pude ir entendiendo, y hablándolo con ella. Le preguntaba por qué nunca había publicado, porque era increíble, y su nombre no sale en las composiciones de determinadas canciones. Pero ella tenía muy claro que no quería que la conocieran, era muy cuidadosa de la intimidad de nuestra familia. También fue importante para que mi papá pudiera tener ese lugar tan heavy en la sociedad y a la vez cuidar mucho a la familia y su intimidad, que seamos una familia normal. Eso estuvo buenísimo para nosotros, para poder discernir entre la exposición y la vida real, porque puede ser muy complicado lidiar con eso. De hecho a mí me cuesta, y no me expusieron de chica, me cuidaron mucho. —Igual tienen rasgos muy parecidos, eso es inexorable...—Nos delata la cara, sí o sí. —Ni hablar del apellido. —No podemos escapar. Pero a la vez los cuatro, mis tres hermanos y yo [N. de R.: Dante, Catarina y Valentino], decidimos tener una vida pública, por las disciplinas que elegimos. También lo pienso mucho respecto de mis hijos, cuándo estarían preparados para salir al mundo y exponerse. Es complejo. Y más en el mundo de hoy. —¿Cuánto saben tus hijos de quiénes son? —Azul, que tiene cinco, poco. Sabe que mucha gente ama al abuelo Luis, que es muy especial para muchos, no solo para nosotros, pero no sé cuánto dimensiona. Escuchamos mucho su música, se sabe riffs de guitarra y toca la batería y canta muy bien. Eloísa lo tiene más sabido, porque la gente le dice cosas sobre el abuelo, desde el amor, obviamente. Ella lo lleva muy bien, porque le gusta mucho que la miren; es una luz, muy magnética, muy tremenda, muy talentosa, dibuja increíble, canta increíble. “Siento que las personas que uno ama tanto están de otras maneras, pero están; siento una conexión que va más allá de lo material o de lo corpóreo, lo siento en mí“—Alguna vez dijiste que no veías mucha conexión entre la composición tuya y la de tu padre, pero aparecen algunas palabras, como “luz”, y justo nombraste que tu hija era luz, ¿no hay un vínculo ahí? —No sé, creo que es la búsqueda de algo más profundo que la palabra en sí, capaz es lo que para mí o para mi familia significaría. Esa luz, o lo luminoso, va más por un compromiso con el amor, con la bondad, con la pureza, con hacer las cosas de corazón, con dar cosas lindas al mundo. El trato, para mí, es fundamental, tratar con amor, con respeto, creo que eso engloba la palabra luz, algo del amor por el prójimo, por lo que nos rodea, por el mundo, por cuidar. Uno piensa en el contexto, en las guerras, y decís, ¿qué puedo hacer para que la cosa sea un poco más linda? Dar paz, dar un abrazo, hacer obras…—Canciones…—Sí, el impacto de lo artístico es mucho más profundo de lo que uno puede ver y está subvalorado. Con mis padres y mis hermanos aprendí cómo ser buena gente, o tratar de serlo, intentar ser una versión linda de uno mismo, mejorar, pulirse. "El trato, para mí, es fundamental, tratar con amor, con respeto, creo que eso engloba la palabra luz"Noelia Marcia Guevara - La NaciónSpinetta junto con Julieta Cardinali y Rita Cortese después de una función de la obra No tiene un desgarrónGerardo Viercovich - LA NACION—En 2018 fue tu debut de cine como protagonista en Soledad, de Agustina Macri, en 2019 salió tu libro de poesía, Eclosión, en 2020 tu disco, Terso; perdiste a tu madre, un poco antes a tu padre, todo en pocos años ¿Fue muy intenso?—Sí, mucha data, muchos duelos. Pero mi vida es intensa, lo tengo aceptado y me gusta. Me gusta la intensidad, me gusta el deseo, me gusta que la vida sea ahora. A veces cuesta un montón, a veces simplemente lo que se puede hacer es seguir existiendo, y no mucho más, porque la vida es compleja, pero me gusta la expansión, y me gusta aprender. Creo que cuando se muere esa curiosidad, estamos al horno. Por eso, hubo cosas que yo sabía que quería y no esperé ni el momento indicado, ni nada. Si quiero algo, lo deseo, voy hacia ello. Ahora creo que tomo decisiones un poco más conscientes. De chica era muy impulsiva, muy arrojada. —¿Cómo fue ser madre tan joven?—Un desafío enorme. Mis amigas vivían aun con los padres y yo estaba en pareja, casi casada, con una bebé. Y el laburo, trabajaba 500 horas por día; mientras filmaba la amamantaba. Una vida de persona grande y era casi adolescente. Pero la llegada de Eloísa fue el regalo más grande que me dio la vida. Algo de eso que decía del amor, de la entrega, de la empatía, lo aprendí con ella. Lo terminé de asimilar teniendo una hija. El desafío de criar a una mujer en este mundo es un montón. La llegada de Elo me corrió el eje de mí misma, porque aunque mi obsesión con las cosas que me gustan sigue siendo total, ella está en el puesto uno de obsesión. Es correrse del centro para cuidar a un ser humano que es mucho más importante que vos, porque lo amás más que a vos mismo. El desafío es conjugar la vida propia y la vida siendo madre. Yo soy una madre, sí, pero también soy una persona y una mujer; creo que lo logro. Y conté con Pedro, el padre de Eloísa, que es el mejor padre del mundo. Algo que no es tan común. —Antes decías algo del rol de la mujer en tu casa, en tu familia... El legado artístico de tu padre hoy lo maneja tu hermana. Un trabajo delicado, sumamente difícil. —Quirúrgico, diría. —¿Lo charlan entre los cuatro? —Confiamos absolutamente en el criterio de Cata, que es la cuidadora oficial de la obra de mi padre. Pero hablamos todo, nos vemos, nos juntamos, charlamos de todo, las decisiones son en conjunto. Cata es la que va adelante; es una flecha, una bestia. Mi papá le dio ese lugar, se lo encargó, implícitamente, pero se lo encargó. Porque sabía cómo es ella, muy tenaz, muy capaz, brillante, es perfecta para defender esa obra y llevarla a la expansión. Al lugar justo.—¿Fue un peso para ustedes llevar este apellido? —Para mis hermanos no lo sé, para mí sí, porque la vara está muy alta y soy muy exigente conmigo. Creo que tiene que ver con ese deseo desmedido y esa obsesión con las cosas que me gustan. Quiero llevarlo hasta las últimas consecuencias, con una entrega absoluta. Y a veces, uno no está del todo conforme. No me interesa ser conocida, me interesa profundizar en las cosas.Darlo todo—¿El éxito no te interesa?—Realmente el éxito me da igual. Para mí el éxito es darlo todo. Generar algo, y poder transmitirlo; cambiar algo, que sirva. En ese sentido sí me costó mucho tener a todas esas figuras. No solo mi papá, Dante es otro referente enorme para mí. Muero de amor por Dante, es como un faro, con su pasión y es un talento descomunal. Tener esas figuras como referentes es complicado, sobre todo siendo mujer, te lleva a preguntarte desde dónde hacés lo que hacés, cómo defender tu propia identidad. Es un camino que hago a medida que vivo. La vida está en constante cambio, y en ese movimiento uno va creciendo y aprendiendo. Me parece lo más interesante de la vida. —Dijiste un par de veces “las cosas que me gustan”. ¿Cuáles son?—Me gustan muchas cosas, siempre. Mi mamá se reía porque, de chiquita, y hasta bastante grande, cuando me gustaba algo decía, por ejemplo: “Mirá ese árbol, ma, es el árbol más lindo del mundo”. Pero lo decía con todo. Ella se moría de risa porque, para mí, todo era lo más lindo del mundo. Y ahora, de grande, diría que me sigue pasando.Vera Spinetta, actriz y cantante argentina.Noelia Marcia Guevara - La NaciónVera Spinetta en Soledad, la película de Agustina Macri que representó su debut cinematográficoLA NACION—¿Te enamorás de las cosas?—Me enamoro completamente del rayito de sol que entra por la ventana, y es el rayo más lindo del mundo, lo más lindo que vi en mi vida. Así como los ojos de mis hijos son lo más lindo que vi en mi vida, o cómo le da la luz al árbol, o cómo habla la gente, o cómo se mira la gente que se ama. Me gusta mucho la vida, las personas y la naturaleza. Me sigue sorprendiendo que me pase eso a los treinta y pico. Miro un pétalo y pienso que es lo más perfecto que existe. No puedo creer el milagro de la vida, que nazca un hijo de tu cuerpo. Por momentos, uno vive obviando todas esas cosas pero de pronto sos un niño de vuelta descubriendo ese rayito del sol. Me gustan las cosas que me conmueven, me gusta el amor y me gusta mucho el hecho artístico, lo que te moviliza. Me gusta que las obras te cambien la vida. Hace poco leí el último libro de Patti Smith y me cambió la vida. Y me digo, ¿cómo puede ser que, a los 34 años, habiendo leído tanto, venga Patti Smith que tiene setenta y pico y me parta al medio? Y ahí me vuelvo a enamorar de todo y lloro mientras leo esas palabras con tanto amor, porque ella es como un faro de amor. Me gustan esas personas que, con su visión de las cosas, te cambian la vida, por más que sea algo chiquito. Eso es lo que hace el comunicador, el artista, te da la posibilidad de volver a enamorarte de la vida, porque hay veces que uno está desesperanzado o triste y no le encuentra sentido a las cosas y ahí es donde está la clave del hecho artístico. Es una esperanza. La fe en la vida, la fe en el universo, o como quieras llamarlo. Yo creo en Dios. Tuve momentos de no creer, pero hoy puedo decir que creo en algo superior. Cuando estás enamorado de la vida, crees que existe Dios, pero no en términos religiosos. No me considero una persona religiosa, pero sí una persona de mucha fe. —Hablas con optimismo, con bastante felicidad. ¿Cómo te llevás con los momentos de tristeza o zozobra? ¿Perdés la esperanza? —No me reconozco para nada en la desesperanza. Cuando me pasa, lo acepto, porque entiendo que hay otra profundidad en el permitirse sentir cosas que no están tan buenas. Es parte de la vida, del crecimiento, tener una comprensión profunda de las cosas que te duelen, de las que te indignan. El arte es una gran herramienta para entrar en eso, atravesarlo y salir fortalecido, transformado. Pienso también que haber perdido a mi papá tan de joven y haber perdido a amigos y a mi madre, me da conciencia de la finitud de la vida y me lleva a estar más presente. Y siento que las personas que uno ama tanto están de otras maneras, pero están; siento una conexión que va más allá de lo material o de lo corpóreo, lo siento en mí, lo siento capaz en ese rayo de sol. Eso hace más llevadera la existencia de la muerte porque es lo único que sabemos, nacemos y sabemos que vamos a morir, o sea, mejor ir trabajando el tema. A mí me tocó trabajarlo desde muy chica; creo que hay una pasión de la vida que va de la mano de esa conciencia de que nos vamos a morir, así que más vale hacer las cosas que uno ama y amar a quienes ama y darlo todo, todos los días.“Mi madre tenía muy claro que no quería que la conocieran, era muy cuidadosa de la intimidad de nuestra familia” —Hace unos meses, en la obra Antes muerta, volviste a bailar en escena. ¿Hace cuánto no bailabas? —Mucho. Bailo en mi casa, pero no es lo mismo. Bailo con mis hijos muchísimo, tenemos tardes enteras de baile. Con música clásica, o Daft Punk o jazz. Es puro juego, algo hermoso que compartimos. Siento que la vida es un poco como bailar. Pero hacerlo en la obra es un desafío enorme. —Una resistencia.—Sí, tal cual. Es lo que somos también. La expresión existió desde siempre, la creación es inherente al ser humano y también a la naturaleza; es una resistencia pero también es lo que es, la vida. Y uno encuentra formas de hacerlo como sea. En el teatro no podés estar por fuera de lo que pasa. Tan simple como eso. Si estás adentro, estás jugando de verdad. Si estás afuera, nada tiene sentido y no te pasa nada ni le pasa nada al que lo ve. —¿Hay más planes? —A fin de año voy a hacer cine, con una directora a la que amo y admiro. Es un regalo poder hacer algo con personas con las que te conecta la vida.Todo a su tiempo—¿Leíste finalmente Guitarra negra, el libro de poesía surrealista de tu padre que tenías pendiente? —No, lo que sí hice, en la mudanza, fue ojearlo un poco, pero no me senté a leerlo. Me parece muy raro y no entiendo bien por qué. La obra de mi papá está siempre a mano. Lo escucho constantemente, leo sus cuadernos que nadie conoce, escucho las entrevistas, estoy ahí con él siempre. Es muy raro que yo no lea ese libro. Pero creo que las cosas llegan cuando tienen que llegar, sobre todo los libros llegan cuando tienen que llegar. Mi mamá decía eso y me daba los libros clave en los momentos clave. Sabía cuándo tenía que leer tal libro y me partía un rayo. Ya va a llegar el momento en que lo lea, confío en eso. No le tengo miedo, me da mucha curiosidad, lo quiero leer, ya va a llegar. Vera Spinetta en un episodio de la serie El reino, junto con Diego PerettiMarcos Ludevid/NETFLIX—¿Te acordás alguno de esos libros que te dio tu madre? —Un montón, pero el que más me acuerdo es Cartas para un joven poeta, de Rilke. Fue de los que me cambió la vida, y lo sigue haciendo porque lo tengo en la mesa de luz. Está el que estoy leyendo, pero abajito de todo está la edición de mis padres de ese libro, adentro de un sobre de papel, porque se deshace. Es mi libro preferido del mundo, amo con toda mi vida a Rilke; todo la poesía, lo epistolar, me enloquece de amor. —¿Y a qué edad fue? ¿Te acordás? —Tenía 15, fue luego de un gran duelo que me dio ese libro y me partió al medio, en el buen sentido. Ahora confío en la intuición, porque ya no están para darme libros. Y me pasa mucho por autores, de repente me obsesiono por un autor y voy con todo.—Te interesan las poetas mujeres. —Muchísimo. Idea (Vilariño), Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni. Las inmortales. Las puedo leer infinitamente, son libros que siempre vuelvo a agarrar. Es como Proust, En busca del tiempo perdido, que lo vuelvo a leer una y otra vez, soy una loca. Los siete tomos me los vuelvo a leer. Y encuentro otras cosas. Quiero vivir ahí, con eso, porque cuando leés un libro, vivís también esa vida, vivís también esa poesía. Yo soy Vera, tengo hijos, hago estas cosas, pero también está ese personaje y, lo que le pasa, te pasa a vos en el cuerpo. Simone de Beauvoir también me acompaña sin parar. César Vallejo, Pavese, hay un montón de autores que llevo conmigo casi como estampitas en el corazón, que me cambiaron la vida y me la siguen cambiando. Patti Smith es una, no soy tan fan de su música como de su literatura. Me vuelve loca, me vuelve loca.—¿Y cómo sos como escritora, como poeta...?—Mi escritura fue algo siempre muy intuitivo. Ahora terminé un segundo libro y estoy viendo cómo editarlo. Son 110 poesías, en catorce capítulos y se llama Noche escarlata. Fue un poco todo este duelo tras duelo. Mi separación con mi pareja, la muerte de mi madre, todo junto. Y un renacimiento después. Una purga, una sanación y una aceptación, sobre todo eso, aceptación.—Y el renacimiento también es tu hijo que se llama Azul, justo.—El amor de mi vida. No puedo más de lo que amo a esa gente. —Hablás mucho de vos desde tu rol de madre.—Sí, es que me llamo Vera, soy madre y después todo lo demás. Es lo más inamovible que tengo.