0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialDe manera recurrente, las generaciones más adultas denuncian que la relación de la juventud con el trabajo ha cambiado; el tradicional empeño de los mayores por superarse en aras de un futuro mejor ha dado paso a la comodidad y al priorizar el bienestar inmediato. Así, buena muestra de ello, los directores de personal señalan cómo los jóvenes candidatos a un puesto de trabajo tienden a preguntar primero por los horarios y la posibilidad de teletrabajo, antes que interesarse por el propio salario o las expectativas de desarrollo profesional. Esta mutación acelerada en el compromiso con el trabajo alimenta el pesimismo y refuerza la sensación de decadencia del mundo occidental.Los jóvenes son los primeros perjudicados por la desorientación colectiva actualLas voces críticas señalan que la deriva de la juventud es consecuencia del hecho de encontrárselo todo garantizado y de haberles protegido en exceso, por lo que los incentivos para esforzarse son nulos. Con todo, la realidad es muy distinta: la gran mayoría de jóvenes no tiene nada solucionado y vive en unas condiciones que, lejos de la comodidad, no les garantizan un futuro con un mínimo de dignidad; es tan sólo cuestión de atender a las cifras o de darse una vuelta por la mayoría de los barrios de cualquier ciudad. Además, hace pocas décadas, pese a vivir en un mundo de mayor seguridad y confianza en el futuro, los jóvenes sí que mostrábamos ese apego al trabajo que ahora añoramos; algo profundo ha sucedido, más allá de las lecturas simplistas y cargadas de estéril melancolía.La principal razón que subyace en ese planteamiento vital de la juventud es el desencanto con el mundo que se han encontrado, al que perciben como injusto al privilegiar a unos pocos, de manera que, por mucho empeño que le pongan, su futuro viene muy limitado de antemano. A su vez, las posibilidades de recuperar una mayor decencia colectiva aparecen como muy remotas por lo que, así las cosas, mejor replegarse y acostumbrarse a vivir con poco, antes que trabajar como un desesperado para nada. Ante ello, se les acusa de haber perdido aquellos valores básicos que permitieron el progreso generalizado durante la segunda mitad del siglo pasado.Un joven trabajador atento a las indicaciones de su superiorShannon FaganMás que escandalizarnos ante un hecho singular, convendría entender que estamos ante una más de las graves consecuencias del desaguisado que, viniendo de lejos, explosionó en el 2008 y aún no hemos reconducido; el desapego al trabajo se sustenta en las mismas disfunciones que alimentan el incremento de las desigualdades, el ascenso de partidos radicales o el emergente proteccionismo y rearme global. Por ello, nuestros jóvenes son los primeros perjudicados por esta desorientación colectiva, mientras que los responsables habría que buscarlos entre las élites de aquellas generaciones que alegremente alimentaron o toleraron una deriva muy preocupante del capitalismo. Sin embargo, tienden a quedarse tan tranquilos denunciando la displicencia de los jóvenes.