Hola.

Deseo que estés bien.

Escucho cada vez con más frecuencia que parte del malestar de los jóvenes —y de la ansiedad que en algunos casos deriva en problemas de salud mental— tiene que ver también con el peso del impacto social y ambiental de su simple paso por el mundo. Por ejemplo, cuanta más información circula sobre las consecuencias de lo que compramos, más parece recaer sobre cada uno de nosotros la responsabilidad de arreglar, a base de decisiones en el supermercado, un sistema que no hemos construido solos. El problema es que esa exigencia no es fácil de cumplir, ni siquiera para quien más se esfuerza.

Los datos confirman esa brecha entre preocupación y capacidad real de actuar. Según un informe de Bain & Company, ocho de cada diez ciudadanos dicen preocuparse por el medioambiente, pero los precios caros, la información confusa y la escasa disponibilidad de alternativas actúan como barreras que bloquean ese deseo. La periodista Ana M. Longo lo resumía así hace poco: pedir a cada consumidor que rastree el origen de cada producto (de dónde viene el pescado, en qué condiciones se cosió la ropa) pasa por alto que buena parte de esas cadenas son opacas por diseño, no por falta de voluntad de quien compra. El consumo ético, escribía, es un privilegio que depende de tener tiempo, recursos y nivel educativo.