Los escritores más misteriosos no son los que se ocultan del todo (y que sin pretenderlo alientan la investigación en torno a su identidad), sino los que, sin dejar de dar sus señas biográficas ni de mostrar el rostro, se apartan del foco para dejar que la literatura se abra camino, a su ritmo. La paciencia trae sus recompensas, al menos cuando la calidad de la obra avala la permanencia del autor en las librerías. Al fin y al cabo, al final solo quedan los libros, no el número de presentaciones ni de entrevistas de promoción. Los libros, lo único que importa al lector, lo único capaz de derrotar al tiempo.

En el caso de Fleur Jaeggy, nacida en Zúrich (Suiza) en 1940, nadie que la haya leído lo pone en duda: es lo que se llama una autora de culto, tal vez la última de una estirpe, la de Ingeborg Bachmann, Marlen Haushofer, Unica Zürn, escritoras centroeuropeas a las que se puede sumar la brasileña Clarice Lispector, todas ellas maestras del estilo, de la prosa concentrada y elusiva, especialistas en la recreación de atmósferas opresivas. En España, la admiran escritores como Enrique Vila-Matas, otro autor que se inscribe en una tradición transfronteriza, o Pilar Adón.

Fleur Jaeggy se estableció en Italia tras completar sus estudios en Suiza, y allí desarrolló toda su carrera. Se casó en 1968 con Roberto Calasso, escritor y editor de la prestigiosa Adelphi, la editorial donde ha publicado todos sus libros y para la que ella ha traducido al italiano a autores como Marcel Schwob, Thomas de Quincey y Robert Schumann. La muerte de su marido, en 2021, la convirtió en copropietaria de la editorial junto con los otros herederos. Además de todo eso, su nombre está detrás de unas cuantas canciones de Franco Battiato, con quien colaboró como letrista bajo el seudónimo Carlota Wieck.