Actualizado a las 20:49h.
La atribución de la responsabilidad de los incendios y de otras catástrofes naturales al cambio climático ha ido mucho más allá de lo razonable. Este fenómeno se ha convertido, con demasiada frecuencia, en un chivo expiatorio al que algunas administraciones recurren para diluir su propia responsabilidad, especialmente aquellas que han desatendido durante años la protección y gestión de los montes, hoy expuestos a la violencia del fuego que, como cada verano, vuelve a asolar amplias zonas de España. Presentar el cambio climático como explicación suficiente de los desastres naturales constituye una tentación demasiado cómoda para eludir responsabilidades. Nadie discute que el clima pueda influir en la intensidad y frecuencia de determinados fenómenos extremos. Pero hace décadas que también se sabe que, si bien es imposible impedir todos los incendios, sí es posible reducir su propagación y minimizar sus consecuencias mediante una adecuada gestión forestal que brilla por su ausencia. Las brigadas permanentes, la limpieza del monte, el desbroce, el aprovechamiento ganadero o la apertura y mantenimiento de cortafuegos forman parte de un conocimiento acumulado durante generaciones que, en demasiadas ocasiones, ha quedado relegado por normativas excesivamente rígidas y una burocracia que ha dificultado las labores tradicionales de conservación del medio rural.









