Son las cinco de la madrugada. Un estruendo sacude el número 50 de la avenida del Mediterráneo y despierta a Julio Rodríguez, uno de los vecinos del edificio. No es la primera vez. Sale al balcón de su piso, en el que vive con su madre de 94 años, y comprueba que las máquinas continúan trabajando junto a su vivienda. Llama a la Policía Municipal para denunciar el ruido. Al otro lado del teléfono le responden que ya han recibido más avisos de otros vecinos y que enviarán una patrulla. La escena, asegura, se repite con demasiada frecuencia desde que comenzaron las obras de ampliación de la línea 11 de Metro y la construcción del futuro intercambiador de Conde de Casal.

La transformación de este enclave, situado entre la avenida del Mediterráneo y la calle Doctor Esquerdo y que sirve de frontera entre los barrios de Pacífico y Adelfas, en el distrito de Retiro, ha convertido la plaza de Conde de Casal en uno de los mayores frentes de obra de la capital. El proyecto persigue tres grandes objetivos: prolongar la L11 de Metro y conectarla con la L6, construir un nuevo intercambiador de transportes con más de 20 líneas de autobuses y habilitar un centro comercial subterráneo. El precio a pagar es alto: mientras avanzan los trabajos, los vecinos aseguran convivir desde hace meses con ruido, polvo, vibraciones, cambios constantes en la movilidad y una creciente sensación de incertidumbre.