EditorialEl canto lo prendió oyendo a su papá y a los vaqueros. Hoy calma al ganado y se acompaña en la soledad del Llano.Nació hace más de 200 años en los hatos ganaderos coloniales, producto de la mezcla cultural entre colonizadores españoles y misiones jesuitas. Foto: Juan Herrera P.23.07.2026 07:20 Actualizado: 23.07.2026 07:20

Hay hombres que aprendieron a cantar para conquistar a una mujer y otros, como Luis Mauricio Velandia Carreño, que lo hicieron para atraer a las vacas.Cuando apenas comenzaba a caminar por la sabana, Chicote, como todo el mundo lo conoce en la región, escuchaba a su mamá llamando al ganado al caer la tarde. Escuchaba a su papá arreando animales en los corrales. Escuchaba a los vaqueros cantando en medio de la sabana para mover una punta de reses. Ellos fueron sus primeros maestros.Por eso, cuando habla de los cantos de vaquería, habla no solo de una tradición sino de un don que le dio Dios y que lleva en su sangre desde que era criollito.Chicote nació en La Chapa, un pequeño corregimiento de Hato Corozal donde todavía hay niños que andan descalzos, hombres que se saludan por el apodo y vecinos que se conocen desde hace generaciones. Allí comenzó todo.Cantos de trabajo llaneros: Patrimonio de la Unesco que refleja la conexión con el entorno natural. Foto:Juan Herrera P.En el colegio, los profesores les pedían a los alumnos que escribieran coplas para el Día de la Madre, para el Día del Idioma, para inculcarles la tradición. A él le gustaba, pero necesitaba ayuda. Y le pedía a un vecino que le enseñara a rimar y le corrigiera los versos.Una vez, siendo apenas un muchachito, aquel vecino decidió jugarle una broma. Le escribió una copla picaresca y le dijo que la llevara al colegio.“Mi suegra me dio una pela / con un bejuco de batata/ porque le tenía a su hija / enredada hasta la pata”Al día siguiente, Chicote pasó al frente del salón y la leyó con absoluta inocencia. La carcajada fue general. Todavía se acuerda con risas del regaño.A los seis años participó en un festival escolar en Paz de Ariporo interpretando una canción de Reinaldo Armas. Ganó. Pero el premio no fue dinero, ni siquiera una bicicleta. Fueron escobas, traperos y rastrillos. Pero para un niño del campo eso era suficiente para sentirse campeón. Desde entonces no dejó de cantar e improvisar cantos de vaquería cuando debía buscar las vacas.Tradición llanera de Colombia y Venezuela para guiar, apaciguar o arrear ganado, ordeñar y marcar. Foto:Juan Herrera P.Esta tradición no se trata solo de cantar mientras se cabalga. Detrás de esos versos existe una historia mucho más profunda. Durante siglos, los llaneros descubrieron que los cantos de vaquería podían tranquilizar el ganado y guiarlo durante los arreos, así como mantener despiertos a los vaqueros y, de paso, espantar la soledad en los largos viajes por la inmensa llanura.Por eso los cantos no tienen una letra fija. Nacen y mueren sobre la marcha. Se improvisan. Se transforman. Se responden unos a otros. Un cabrestero lanza un verso y otro responde desde lejos. Y entre canto y canto el ganado sigue caminando.Con el paso de los años combinó los cantos con sus propias canciones, joropos nacidos de las historias que escuchaba en los hatos, de los personajes que encontraba en los caminos y de las creencias que todavía sobreviven en los rincones más apartados de la sabana.Una de ellas habla del toro cimarrón que, según cuentan algunos viejos, es una de las formas en las que se aparece el diablo. Otra, quizás la más conocida, se llama Si muero que sea en el llano. Esta canción es una declaración de amor por su tierra. Porque Chicote pertenece a una generación que creció viendo cómo muchos jóvenes abandonaban el campo para buscar oportunidades en las ciudades. Muchos se fueron. Él decidió quedarse. Y quedarse, en el llano, es también una forma de resistencia.Y pese a que en estos tiempos los muchachos están más interesados en los celulares que en los caballos, no pierde la esperanza en la nueva generación. Dice que hay muchos gomelos, pero también ve a jóvenes que se ponen sombrero por primera vez, que intentan andar descalzos por la sabana y que quieren aprender. A veces parecen forasteros en su propia tierra. Pero lo intentan.Insiste en que la mejor manera de conservar la cultura llanera es mostrarla. Llevar las cámaras a los hatos.Contar las historias de quienes siguen trabajando la tierra. Permitir que el resto del país descubra que el llano no termina donde acaba la carretera. Que más allá de los pueblos todavía existe un mundo donde las jornadas comienzan antes del amanecer, donde los caballos siguen siendo compañeros de trabajo y los vaqueros todavía le cantan al ganado.Existen cuatro cantos de vaquería por labor: de ordeño, de cabrestero, de arreo o japeo y de vela. Foto:Juan Herrera P. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.