EditorialPío Abril es un llanero que a punta de contrapunteo y coplas ganó el Cimarrón de Oro. Su vida galopa entre tarimas y corrales.Durante el ocaso llanero, la sabana y el ganado en los corrales guardan silencio mientras Pío Abril entona sus recias coplas para armar la fiesta. Foto: 23.07.2026 07:12 Actualizado: 23.07.2026 07:12
Llanura ya que me encuentroafligido y solitariobajo tus atardeceres,quiero contarte Llanurapa’ que más nadie se entereque el recuerdo de una damame martiriza y me hiere”.A veces la sabana es caprichosa. Se guarda sus historias durante años y, cuando menos se espera, las deja salir convertidas en canción. Y para ello elige de sus hijos a unos pocos, como Pío Abril. Porque antes de que su voz comenzara a sonar en las plataformas digitales y antes de que miles de personas repitieran sus canciones, ya existía un muchacho descalzo corriendo por las orillas del río Ariporo, aprendiendo a leer los mensajes del monte mucho antes que las letras de los libros.Nació en Paz de Ariporo, pero de brazos lo llevaron al corregimiento La Chapa, en Hato Corozal, donde la vida terminó de moldearlo.Estudió en una de esas escuelas rurales olvidadas, donde apenas alcanza un maestro para enseñar lo básico. Pero el llano tiene la costumbre de educar por su cuenta. Enseña a leer las nubes, a interpretar el canto de los pájaros y a distinguir cuándo el río viene bueno para navegar.Sus padres, campesinos de toda la vida, le enseñaron a vivir de lo que da la tierra y de los pocos animales que sostenían en una finca pequeña. No había riquezas, pero sí historias, que años después convertiría en versos y joropos.Sobre un caballo o en la tarima transcurre la vida de este criollo que huele a llano, soga y sabana. Foto:Juan Herrera PLa música no llegó temprano. Mientras otros artistas recuerdan haber cantado desde niños, Pío encontró su destino después del servicio militar. Había conocido la bandola en Yopal y había descubierto que existían las casas de cultura, algo impensable para quien venía de una escuela rural. Pero el verdadero camino apareció cuando comenzó a improvisar.Entonces se convirtió en coplero. Y el coplero, en el llano, no es solamente un cantante. Es un hombre capaz de pensar en verso mientras el corazón le marca el ritmo y la mente corre más rápido que un caballo cerrero.Durante años recorrió Colombia y Venezuela de festival en festival. Aprendió a medir fuerzas en el contrapunteo, a responder ataques con elegancia y a convertir la palabra en espada. Ganó concursos, acumuló experiencias y terminó alcanzando el Cimarrón de Oro, la consagración máxima para muchos improvisadores. Cuando obtuvo ese reconocimiento creyó que la historia había terminado. Que era momento de volver al campo.Regresó a trabajar como siempre lo había hecho: de jornal en jornal en las labores del llano, en hatos de su pueblo.Pero la sabana tenía otros planes. Mientras trabajaba seguía escribiendo canciones. Al fin y al cabo, todo coplero lleva escondido un compositor. Vendió algunos animales, reunió unos ahorros y decidió grabar una de aquellas composiciones. Era una apuesta arriesgada para un hombre que tenía que medir cada peso. Pero aquella canción cambió su destino.Se llamaba Yo sé lo que otros no saben. Y en realidad era mucho más que una canción. Era una declaración de amor a su tierra. A la gente que sabe cuándo cortar una madera, cuándo sembrar en un conuco o cuándo el río viene con buena ribazón.Entre versos y faenas llaneras, este criollo casanareño canta con amor a su catira y a su tierra. Foto:Juan Herrera P.Desde entonces comenzó otra etapa. Llegaron los escenarios, las plataformas digitales y los seguidores que descubren su música desde lugares cada vez más lejanos. Sin embargo, algo permanece intacto. Pío sigue siendo más un campesino que una celebridad. Cuando termina un concierto vuelve a ser el mismo hombre dispuesto a trabajar en un hato. Dice que le gusta el trabajo del llano y que la plata hace falta.Su música es tan auténtica como él. No importa que le digan que va a ser muy famoso, se presenta simplemente como un llanero que canta. Un hombre que sabe que la inspiración puede aparecer en una creciente, en una tusa, en una conversación o en el recuerdo de una mujer amada.La canción que hoy lidera sus reproducciones nació precisamente del amor. Paloma lleva un mensaje fue escrita para su compañera sentimental. Un joropo recio, alegre y romántico al mismo tiempo.Al escucharlo cantar, resulta inevitable pensar que Pío Abril, a sus 34 años, representa algo más profundo que una nueva voz de la música llanera. Representa una generación que intenta abrirse paso sin renunciar a sus raíces. Una generación que entiende las reglas de Spotify, las redes sociales y los algoritmos, pero que todavía sabe leer la luna, reconocer el comportamiento del río y ganarse la confianza de un caballo brioso.Por eso, cuando su voz se pierde en el horizonte de una sabana infinita, da la impresión de que no canta un hombre solo. Canta el muchacho que creció a la orilla del Ariporo. Canta el campesino que sigue trabajando en los hatos cuando es necesario. Y canta, sobre todo, el llano viejo que se resiste a desaparecer y que encontró en Pío Abril una manera nueva de seguir contando sus historias.“Yo quiero llegar a viejo,Pa contar que tuve veinteNarrar todas mis vivenciasPara que así me recuerden”.Pío Abril canta en la tarima y realiza faenas de corral, llevando siempre el joropo a su paso. Foto:Juan Herrera P. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.







