La primera separación nocturna puede reforzar la confianza del menor, pero también despertar miedos y dudas en toda la familia

La primera noche fuera de casa marca un antes y un después para muchos niños. Ya sea en casa de los abuelos, de un amigo o durante un campamento, dormir lejos de los padres por primera vez suele afrontarse con una mezcla de ilusión, curiosidad e inseguridad. La experiencia puede convertirse en un paso importante hacia la autonomía, siempre que el menor se sienta preparado y cuente con una base de confianza y seguridad. La emoción de compartir esa experiencia con otras personas puede convivir con el temor a alejarse de su entorno habitual y no estar con los padres en su lugar seguro.

“Dormir fuera de casa es toda una aventura diferente para cada pequeño”, considera Jennifer Lavín, psicóloga y responsable de Keiki Psikologia y de otro centro que lleva su nombre. “Si el pequeño tiene dificultades para separarse de sus figuras de apego o le cuesta estar en entornos desconocidos, puede vivirlo con gran sufrimiento”, añade.

“El hecho de separarse de las figuras principales de apego siempre es un proceso complicado”, afirma, por su parte, Anna Gas Santacatalina, psicóloga especializada en niños y mujeres en Llavors de Futur. “Los niños y niñas no nacen sabiendo regular sus emociones, y quienes les enseñan a hacerlo son sus referentes adultos afectivos”, advierte. La psicóloga pone como ejemplo los primeros días en una escuela infantil, en la que las maestras establecen un periodo de adaptación para acostumbrar a los niños a permanecer durante varias horas sin sus padres.