Natalia Peláez SabogalEscuela ET / Redacción Justicia22 de julio 2026, 07:18 P.M. Actualizado:22.07.2026 19:18Lo que parecía una pequeña decisión para ganar un par de minutos junto a la tripulación le salvó la vida. Cambió de asiento: pasó de ser uno de los primeros en subir al avión Hércules C-130 y ubicarse en las primeras filas, en medio de 126 militares, a ser uno de los últimos.El avión Hércules de la FAC lleva en la Fuerza Aeroespacial Colombiana desde 1968.Foto:Cortesía FACMientras está de descanso y no usa el uniforme camuflado del Ejército, que porta desde hace más de seis años, el teniente Brethmen David Chávez Ortiz lleva una boina, característica de él. Quien lo ve no cree que sobrevivió al accidente. Parece intacto, aunque haya perdido a algunos compañeros y haya sufrido una fractura.La vida lo llevó primero a estudiar enfermería y después a hacer su rural en la Fuerza Aérea. Ahí sus dos pasiones se cruzaron, así que decidió integrarse al Ejército. “Siempre estuve muy de cerca de la escuela, de los soldados, del personal militar y esa pasión me hizo soñar en querer en algún momento ser militar”, asegura. Su carrera comenzó entonces en la Dirección de Sanidad del Ejército.Antes de llegar a Puerto Leguízamo pasó por varios batallones. Su primera unidad fue en Ayacucho (Manizales); después estuvo en Tame, Arauca; Puerto Berrío, Antioquia; hasta llegar a Puerto Leguízamo, donde su historia y la de la Fuerza Aérea quedaron marcadas para siempre.“Está alejada de todo, pero es tranquila”, así describe al Batallón de Infantería de Selva N.° 49, ubicado en el corregimiento La Tagua, en Puerto Leguízamo, al que había llegado nueve meses atrás y que está en la frontera directa con Perú, muy cerca del límite con Ecuador.Brethmen Chávez, teniente del Ejército Nacional.Foto:Cortesía Brethmen ChávezDías de planeación, de preparar a los soldados y de esperar las condiciones climáticas favorables para que el vuelo operara fueron la antesala del lunes festivo 23 de marzo. El teniente Chávez completó su rutina de esa mañana sin ningún contratiempo. No había ninguna sensación extraña ni ningún presentimiento. “El día parecía normal, nada fuera de lo común, el clima estaba bien, todo súper bien. Pero, pues bueno, todo cambia de un momento a otro”.Tenía algunas cosas en la cabeza. Mientras algunos militares iban con la ilusión de salir de descanso y abrazar a los suyos, él iba calculando con exactitud el tiempo. Su misión era recoger unas vacunas en Puerto Asís y volver a Puerto Leguízamo para “vacunar a la tropa”. La cadena de frío exigía precisión en los tiempos.En la pista de Caucayá se formó en una hilera, pasó por el control de peso y esperó a que terminaran de pesar el equipaje de sus compañeros. Escuchó y participó en conversaciones entre soldados, llamadas y mensajes a los familiares. Muchos llevaban sus morrales y algunos también sus armas. La sola presencia del imponente avión Hércules despertaba una expectativa inusual.Fue de los primeros en subir al avión. Como no iba de permiso ni de relevo, era de los pocos que viajaban sin equipaje. Se acomodó en medio de 125 hombres, se puso los audífonos y se sentó a esperar a que todos abordaran. En ese momento, el técnico primero Javier Fernando Méndez Torres, de la Fuerza Aérea, le dijo: “No, mi teniente, salga y entre de últimas”. La idea era que fuera de los primeros en bajar al llegar a Puerto Asís para recoger las vacunas, volver a subir y así ganar unos minutos.Pensaba que en el momento en que yo dejara de sentir el ruido o el dolor, estaría muerto.Es consciente de que ese hombre le salvó la vida, aunque ese técnico perdiera la suya. En sus palabras: “Para mí es un ángel”. Estando ya atrás y con todo listo, el avión despegó. “El despegue siempre suena duro, vibra mucho normalmente, pero durante los primeros segundos todo transcurrió normal”.Bastó solo un minuto para que el avión chocara con el primer árbol. “Todos nos miramos, dijimos: ‘Una ramita, nada grave’”. Sin embargo, a ese primer árbol, pocos metros adelante, se sumaron dos más. Ya no era un simple roce. El avión empezó a inclinarse lentamente hacia la izquierda. El teniente alcanzó a ver por la pequeña ventana la copa de los árboles y cruzó miradas con un compañero que se llevó las manos al rostro. La caída del gigante se sintió inevitable. Cerró los ojos.El ruido fue aturdidor y el dolor lo fue aún más. “Porque te estás golpeando contra todo, son cosas de segundos”, se decía. Sin embargo, aquellas sensaciones lo hicieron sentirse más vivo que nunca. “Pensaba que en el momento que yo deje de sentir el ruido o el dolor, estaría muerto”. Eso fue lo que pensó en esos cortos instantes en los que la vida se sintió tan frágil como el roce de una rama.El gigante aéreo, Hércules C-130 de la Fuerza Aeroespacial Colombiana, quedó reducido a cenizas en 15 minutos.Foto:Juan Pablo RuedaDe pronto, todo se detuvo. El tiempo se distorsionó. Sintió cómo el silencio y la confusión se apoderaron del ambiente. Abrió los ojos y sus oídos parecieron hacerlo también. Observó el avión partido en varias partes, algunas envueltas en fuego, y escuchó los gritos. “Cuando me fui a parar, sentí un dolor muy intenso en la espalda que me atravesaba desde acá (señala la parte derecha de su espalda) hasta el abdomen”. Ahí no sabía que tenía una fractura en una vértebra.Se levantó, trató de salir del aturdimiento en el que todavía estaba y auxiliar a sus compañeros. Tuvo que esperar unos segundos. “Empecé a hablarme. Yo me hablaba y yo decía: ‘Tranquilo, piense, piense, piense, porque en esos momentos de tanto estrés una mala decisión le puede costar a uno la vida’” recuerda. Ahí todavía estaba atrapado en la parte trasera del avión. Sentía cómo el fuego, que estaba a tres metros, se acercaba y calentaba las láminas que lo rodeaban. Salió como pudo y la realidad se le presentó de la manera más cruda: entendió la magnitud del accidente.En cuestión de 15 minutos la aeronave se consumió por completo. Las granadas que estaban dentro de los equipos de algunos soldados empezaron a explotar. La única opción era alejarse y ver cómo las llamas se hacían más grandes y los estallidos de las municiones también reventaban la esperanza de poder ayudar. “Hay una impotencia porque uno quisiera tener la fortaleza física para poder hacer más” dice con una expresión de resignación en su rostro. En ese momento llamó a su familia. Su mamá y su abuelita fueron las primeras en contestar. “Estoy bien”. La señal se cortó.1minuto​tardó en caerse el avión.En pocos minutos, los habitantes de Puerto Leguízamo se hicieron sentir. En motos, con baldes y con toda la intención de ayudar llegaron al lugar. “El pueblo leguizameño fue completamente heroico en ese aspecto porque, inclusive, muchos de ellos también se lesionaron intentando sacar personas”. Precisamente, uno de ellos lo llevó en moto hasta el dispensario de la Armada.Ahora estaba del otro lado: era él el paciente. El movimiento, la agitación de aquel pequeño hospital, los gritos y las sirenas de las ambulancias hacían todo más impactante. Para no incomodar, fue él mismo quien se aplicó sus medicamentos: un par de inyecciones de tramadol para el dolor. La sensación de impotencia y de agradecimiento se agitaban en su mente. “Ese pensamiento en los demás, cómo estaban, no sé, ¿cuántos habían muerto?, ¿los que yo conocí ahí? Porque no sabíamos absolutamente nada”.El teniente Chávez es enfermero e instructor en el Ejército.Foto:Cortesía Brethmen ChávezSolo estuvo un par de horas allí. Así, en menos de seis horas del accidente, tenía que volver a estar en un avión. El temor y la ansiedad ahora se sentían más fuertes. Había que volver a sentir la presión de un despegue. Pero trató de mirar las cosas con lógica matemática, razonar y cuestionar la probabilidad. “Entre tanto yo dije: pues dos veces no pasa el mismo día. ¿Cierto? Imposible vaya usted a caerse de otro avión el mismo día” señala con un tono un poco burlón.La calidez humana del Hospital Militar lo recibió. Ahí batalló con quedarse quieto. Nunca había estado hospitalizado y mucho menos se había roto un hueso. Compartió pasillos y charlas con otros sobrevivientes. “Sí, inclusive he estado hospitalizado, ya pude pararme. Yo los visitaba ahí en el piso 12, conversábamos y cada uno contaba su historia, cómo la vivió. Son 56 historias más y cada uno la ha vivido de una manera diferente”.De vez en cuando los llama, aunque con algunos nunca había hablado antes del accidente. Ahora compartían una historia muy personal. La vida se vive diferente. La urgencia de vivir, su amor por el Ejército y sentirse “útil”, como él dice, lo hicieron reincorporarse alrededor de un mes después. Ahora se encuentra en la base de Villavicencio. Desde allí capacita a los soldados en medicina táctica. “La vida es muy frágil y es un regalo que hay que disfrutar en el momento en que se tiene” finaliza el teniente.Natalia Peláez SabogalEscuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO / Redacción Justicia