Natalia Peláez SabogalEscuela ET / Redacción Justicia22 de julio 2026, 07:14 P.M. Actualizado:22.07.2026 19:14Cuando el teléfono sonó por primera vez, Eduardo Sanjuan no le dio mayor importancia. En los más de veinte años que llevaba como bombero en Puerto Leguízamo había aprendido que muchas de las llamadas que anunciaban emergencias terminaban siendo falsas alarmas o bromas de mal gusto. Por eso, aquella mañana del 23 de marzo de 2025, mientras se encontraba reunido con el resto del cuerpo de bomberos, pensó que esa era una más. Solo cuando el teléfono volvió a sonar una y otra vez, y alguien señaló hacia el sur, donde una columna de humo empezaba a elevarse sobre la selva, comprendió que esta vez la tragedia era real.En este municipio, escondido entre la selva amazónica y al que sus habitantes sienten distante del resto del país, el Cuerpo de Bomberos ha sobrevivido durante años a punta de esfuerzo. La falta de recursos, las dificultades para conseguir transporte, la escasa capacitación y el poco respaldo institucional han sido obstáculos permanentes.Eduardo Sanjuan, comandante del cuerpo de bomberos de Puerto Leguízamo.Foto:Eduardo SanjuanEl comandante, no creció con el sueño de ser un bombero. Un familiar fue quien lo invitó a integrar el grupo fundador del Cuerpo de Bomberos y aceptó sin imaginar que terminaría dedicándole buena parte de su vida. Con el tiempo llegaron las capacitaciones, la experiencia y el gusto por servir. "Me gustaba atender las emergencias, prestarle auxilio a las personas que lo necesitaban. Nos fuimos metiendo en el cuento, pero jamás pasó por mi mente que esto también fuera por grados o que uno pudiera escalar de un cargo a otro", recuerda.Desde que se levantó a eso de las 7:30 de la mañana supo que ese no sería un día cualquiera. No porque esperara atender una gran emergencia, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, el Cuerpo de Bomberos iba a suspender los servicios se preparaba para dejar de responder a ellas. Se bañó, se puso su uniforme y llegó a la estación.A las 7:30 a.m.el comandante Sanjuan empezó su día, sin imaginarse la labor que más tarde le llegaría.La cita era a las nueve de la mañana del 23 de marzo. Todos los integrantes debían asistir, iban a suspender sus servicios. Llevaban meses sin un convenio con ninguna administración y los recursos para mantener en funcionamiento la institución se habían agotado. "Precisamente por eso estábamos todas las unidades reunidas, para tomar la decisión de cómo se iba a manejar".“Hicimos la formación, se cantó el himno, pero realmente ni siquiera teníamos conocimiento de que ese día iba a llegar un vuelo de apoyo, el vuelo del del Hércules que entra acá de vez en cuando, pero normal, fue un día como normal” dice al recordar que el cielo estaba gris y cubierto por nubes. Todo transcurría según lo previsto hasta que sonó el teléfono."Me llamaron y me dijeron que se había caído el Hércules". No les creyó. Durante 21 años había recibido llamadas falsas y bromas de mal gusto. Pensó que esa era una más. ¿Cómo iba a estrellarse un avión Hércules en un municipio como Puerto Leguízamo?, pensó. Hasta que alguien señaló la gran columna de humo que empezaba a elevarse sobre el horizonte.En ese momento comprendió que era real. "Dios mío, algo sucedió acá. Cuando uno piensa en el accidente de un avión, inmediatamente imagina que puede haber víctimas fatales".La aeronave cayó en la zona rural del municipio a las 9:41 a.m.Foto:Juan Pablo RuedaEsa reunión, convocada para suspender el servicio, terminó siendo decisiva. Les permitió ganar minutos que, en una emergencia de esa magnitud, podían marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Al estar todos reunidos en el comando, salieron de inmediato hacia el lugar del accidente con la totalidad del personal disponible. "Inmediatamente salimos en una camioneta de ataque rápido que tenemos y en el carro tanque tipo cisterna, que es el que usamos para incendios", recuerda.Avanzaron por una carretera destapada hasta donde el terreno les permitió. Lograron acercarse a poco más de un kilómetro del lugar del impacto. Agradece que en esos días no hubiera llovido; de lo contrario, el barro habría hecho imposible el paso.Algo sucedió acá. Cuando uno piensa en el accidente de un avión, inmediatamente imagina que puede haber víctimas fatales.Al llegar, un militar herido le fue puesto en sus brazos. Lo acomodó sobre sus piernas. "Él me pedía agua. Otro compañero trajo una botella con agua que habían recogido de un arroyo cercano." Pocos minutos después su liderazgo se hizo sentir. "Usted ya sabe cómo se le ha enseñado. Sáquelo". Su compañero cargó al militar sobre los hombros y lo sacó de la zona.Lo que veía alrededor era difícil de asimilar. "Es una cosa muy aterradora. Usted mira gente por un lado, soldados por otro, todos pidiendo auxilio, tratando de salir. No sabe a quién dirigirse primero porque todos están suplicando ayuda", recuerda. Mientras reconstruye ese momento, explica que la mente parecía entorpecerse ante la magnitud de la tragedia. Dentro del avión, envuelto en llamas, todavía se escuchaban soldados con vida.El fuego y las explosiones consumieron al avión casi en su totalidad.Foto:Edaurdo SanjuanComo si estuvieran en medio de una balacera, las detonaciones de las municiones y granadas que algunos de los soldados que viajaban en relevo llevaban en sus maletas no dejaban de escucharse. En ese escenario, 12 bomberos, junto con varios civiles que se sumaron a las labores de rescate, luchaban por controlar las llamas.Las limitaciones de recursos del cuerpo de bomberos pronto quedaron en evidencia. Para extinguir un incendio provocado por combustible de aviación se requería espuma especializada, un recurso con el que no contaban. Sin embargo, conocían una alternativa: mezclar un jabón de características específicas con el agua del carrotanque para generar una espuma que ayudara a sofocar el fuego. "Inmediatamente comenzamos a pedirle al comercio que nos apoyara y, para qué, la respuesta fue magnífica."natalia Peláez SabogalEscuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO / Redacción Justicia