En verano, las noches calurosas dificultan conciliar el sueño, la temperatura tórrida del dormitorio fragmenta el descanso, y los horarios se retrasan por las actividades sociales o para evitar el calor de las horas centrales del día. El resultado es que muchas personas llegan al otoño con una deuda de sueño acumulada que no se puede pagar, y que ha ido afectando silenciosamente a su apetito, sus elecciones alimentarias y su digestión.

La temperatura es el principal elemento perturbador del sueño en verano. El inicio del sueño requiere un descenso de la temperatura corporal, que a su vez depende de que nuestro cuerpo pueda disipar el calor. Cuando ambiente está por encima de los 26 grados, ese proceso falla. Tardamos más tiempo en conciliar el sueño, hay más despertares nocturnos y menos proporción de sueño profundo reparador. Si a eso sumamos los cambios de horarios y el trasnoche, el tiempo total de sueño se resiente.

Además, dormir mal nos lleva a comer mal. “Dormir mal altera los mecanismos que regulan el hambre y la saciedad”, explica Oriol Cabanas, dietista-nutricionista y CEO de Cabanas Nutrition. “Una falta de sueño puede provocar un aumento de la grelina, la hormona que estimula el hambre, y una disminución de la leptina, la hormona que contribuye a la sensación de saciedad”.