Para un heladero como Roberto Salazar, levantarse a las cuatro de la mañana ya se convirtió en una costumbre. Sobre la mesa lo espera el coco que deberá rallar antes de preparar una nueva producción de helados. Esa parte del oficio sigue siendo la más pesada.Después llegan las mezclas, la organización de los pedidos y la salida de las carretas que recorrerán distintos sectores de la ciudad. Esto lo realiza desde hace 45 años y, aunque hoy ya no empuja el carrito todos los días, continúa supervisando un negocio que, según dice, le cambió la vida.Tiene 66 años y llegó a los helados poco después de terminar el servicio militar. Un tío suyo, fundador del negocio familiar de los helados Ideal, le ofreció la oportunidad de empezar a vender.PublicidadAceptó sin imaginar que ese trabajo terminaría convirtiéndose en el sustento de su hogar y en el oficio que lo acompañaría durante más de cuatro décadas.“Nunca fui empleado de nadie. Me gustó porque era un trabajo que me permitía salir adelante. Gracias a los helados mantuve a mi familia y seguí luchando”, recuerda.Los inicios en la Bahía y el crecimiento de su familiaLos primeros recorridos comenzaron en la Bahía. Roberto todavía habla de ese sector con nostalgia. Dice que entonces era mucho más pequeño y que pasaba buena parte del día recorriéndolo con su carreta, buscando clientes que con el tiempo dejaron de ser desconocidos.PublicidadPublicidadFue allí donde conoció el amor y pudo formar su familia; ha tenido tres compromisos donde nacieron 9 hijos, a quienes con orgullo ha sacado adelante.“Lo más lindo que me dejó la Bahía fue conocer a mi esposa. Ese siempre fue mi lugar para vender helados”, cuenta.Las jornadas se extendían hasta entrada la tarde. Había días de fiestas populares, partidos de fútbol y otros en los que el recorrido era agotador.Uno de los recuerdos que conserva con más claridad ocurrió durante la final de la Copa Libertadores de 1998 en el estadio Monumental.“Me fui con una carreta llena y regresé sin un solo helado”, dice sonriendo.La transformación de Guayaquil y el cambio de rutasDurante esos años vio cambiar la ciudad desde la acera. Recorrió el centro cuando el comercio era distinto, observó cómo crecieron nuevos sectores y tuvo que modificar sus rutas cuando dejaron de permitir la venta ambulante en la Bahía.PublicidadPrimero trasladó su trabajo hacia la Alborada y después amplió los recorridos a Urdesa, Miraflores y demás sitios en Guayaquil. Ahora también tiene puntos en Samborondón.Ahora su distintivo es que llevan guayabera y gorro de Guayaquil mientras hacen las ventas. El paso del tiempo quedó reflejado, sobre todo, en los clientes.“Ahora me llaman personas que me compraban hace treinta o cuarenta años. Me dicen: ‘Roberto, venga al cumpleaños de mi hijo’. Ellos eran niños cuando les vendía y ahora quieren que sus hijos vivan lo mismo”, relata.Los sabores tradicionales que se mantienen vigentesAunque la ciudad cambió, hay costumbres que permanecen. Roberto asegura que el coco y la naranjilla siguen encabezando la lista de los sabores más solicitados, igual que cuando empezó a vender.“El coco y la naranjilla son los de toda la vida. Esos nunca dejan de pedirse. Ahora hay café y otros sabores que gustan bastante, pero la gente sigue buscando los tradicionales”, explica.La preparación, asegura, mantiene la misma esencia. El coco todavía se ralla de madrugada y la fruta continúa siendo la base principal de los helados.“Todo es natural. Siempre hemos trabajado así”, comenta.El relevo generacional en el negocio familiarHoy Roberto ya no recorre diariamente las calles con la carreta. Un problema del corazón y el desgaste físico de un trabajo que comienza antes del amanecer hicieron que cambiara su rutina.“La producción es dura. A mi edad ya no puedo hacer todo eso. Ahora tengo empleados y prefiero darles trabajo”, explica.Actualmente diez personas recorren distintos sectores de Guayaquil con las carretas. Varios de sus hijos participan en el negocio familiar. Roberto cuenta que tiene nueve hijos; los mayores ya terminaron sus estudios y los menores todavía continúan preparándose.Dice que hubo momentos difíciles. “Tuve ganas de tirar la toalla, pero seguí adelante. Es un trabajo pesado y duro, pero me ha dado amor, una familia, estabilidad y muchísimas anécdotas”, afirma.Guayaquil celebrará un nuevo aniversario de fundación y, aunque Roberto ya no empuja la carreta como cuando empezó en la Bahía, sigue pendiente de cada helado que sale rumbo a un parque, una urbanización, una escuela o una fiesta infantil.Allí, dice, todavía aparecen personas que lo saludan por su nombre y le recuerdan que, cuando eran niños, esperaban su llegada para comprar un helado de coco o de naranjilla.“Uno no se imaginaría que un trabajo así llegue a tantas personas, pero es satisfactorio, muy gratificante”, finalizó. (I)
Roberto Salazar, el heladero que lleva 45 años endulzando a Guayaquil con sus tradicionales recetas de coco y naranjilla
La historia de Roberto Salazar se entrelaza con una tradición que ha recorrido Guayaquil por 45 años.









