Desde hace 41 años, Juan Galarza ocupa la misma esquina donde guarda cientos de recuerdos de un centro de Guayaquil que ha cambiado con el tiempo.Cada mañana espera y levanta la mirada cuando alguien se cruza por la plaza San Francisco y se acerca a su puesto. Lleva 41 años haciendo lo mismo, sentado a un costado de la iglesia, en la esquina de Chile y Pedro Carbo.El conocido sonido de los cepillos sobre el cuero sigue acompañando a aquellos que llegan y caminan por el centro.PublicidadY es que esta profesión trae tantas anécdotas que basta con preguntarle qué había en sus alrededores para que empiece un recorrido por el Guayaquil que llegó a conocer cuando tenía apenas 15 años.Señala los edificios cercanos, donde hoy funcionan nuevos negocios. Recuerda las oficinas bancarias repletas de empleados. Por ejemplo, el Filanbanco, cerrado en 2002 por problemas estatales. Así como otras entidades financieras, como el Banco Popular del Ecuador, también cerrado en 1999 por la crisis financiera en el país, o el Amazonas, que aún continúa vigente, pero operativo en la avenida Francisco de Orellana.Él describe cómo los hombres de aquel tiempo llegaban de traje; las mujeres usaban zapatos de cuero que terminaban en su cajón justo antes de ingresar a trabajar.PublicidadPublicidad“Cuando estaba toda la banca por aquí, el trabajo era buenísimo. Venía bastante gente porque casi todos usaban zapatos de suela”, recuerda.Juan nació en Guayaquil y ahora, a sus 56 años, vive en Monte Sinaí, en el noroeste de la ciudad. Cuenta que su familia llegó desde Manabí cuando él apenas era un adolescente y fue su hermano mayor, que ya trabajaba como betunero, quien lo llevó hasta la plaza San Francisco para enseñarle sobre el oficio.“Mi hermano me trajo a este parque y aquí me quedé. Gracias a Dios aprendí a ganarme el pan con el sudor de mi frente”, dice.Durante los primeros años atendía con el tradicional cajón de madera y una silla portátil. Ha sido testigo de dos regeneraciones urbanas y de los cambios que modificaron la imagen del sector.“Antes, una calle pasaba por aquí y los carros daban la vuelta cerca del parque. Había garajes y muchas cosas que ya desaparecieron. Ahora la ciudad está moderna”, comenta mientras observa la esquina que conoce desde hace más de cuatro décadas.El paso de los años ha quedado registrado en los ojos, incluso en la cantidad de zapatos que ha limpiado. Hubo una época en la que terminaba el día después de lustrar entre 50 y 60 pares.PublicidadAhora él calcula que atiende entre 18 y 25, quizás a la semana, dependiendo del flujo del día. Este Diario pudo presenciar cómo llegaba uno de sus clientes a sentarse en su silla y cómo la experticia de tantos años de trabajo lo realizó con cautela, pero a su vez con rapidez.“Se ha perdido la costumbre, pero los que crecimos con esto aún llegamos a que un buen lustrador nos deje brillantes los zapatos; es parte de la esencia del individuo”, comenta don César, de 67 años, quien después de haber llegado se fue caminando a seguir sus diligencias.Esto es algo que confirma Juan: “La juventud ya casi no usa zapatos de cuero. Ahora casi todo es deportivo y eso ha hecho que el trabajo baje bastante”, cuenta.Sentarse en su silla hace que él se acuerde del caos de la ciudad y de los trabajadores. Por ejemplo, una de las anécdotas que todavía le causa gracia es cuando un cliente llegó apurado y se sentó para que le limpiara los zapatos.“Le pregunté de qué color quería el betún porque tenía un zapato negro y otro café. Se quedó sorprendido y salió corriendo a cambiarse”, relata entre risas.Los años pasan y las personas también; muchos de sus clientes ya no volvieron a su esquina. “La nostalgia da porque muchos amigos ya no vienen. Eran personas con las que conversábamos siempre; han fallecido, pero uno los recuerda bastante”, expresa.Pero el trabajo y la vida continúan. Cada mañana sale de su casa a las seis de la mañana y llega dos horas después al centro. Atiende de lunes a sábado.Ese trabajo le ha permitido sacar adelante a sus cinco hijos y nunca pensó en abandonarlo. “Jamás me ha dado vergüenza. Aquí aprendí a valorar el trabajo. Gracias a esto pude mantener a mi familia y eso es lo que importa”, afirma.Por las fiestas de Guayaquil, Juan mira alrededor y vuelve a señalar los edificios de la esquina. Reconoce que la ciudad ha cambiado desde aquel 1984 en que llegó siendo un muchacho, aunque todavía conserva el mismo cariño por el lugar donde ha pasado la mayor parte de su vida.“Viva Guayaquil. Ojalá podamos volver a vivir con tranquilidad y que la gente haga conciencia para que nuestra ciudad esté mejor”, dice antes de abrir otra lata de betún y recibir al siguiente cliente. (I)
El lustrabotas que vio transformarse al centro de Guayaquil desde su esquina por más de cuatro décadas
Desde la plaza San Francisco, el betunero recuerda los cambios que transformaron una de las esquinas más tradicionales del centro.







