Andreu Jaume

Actualizado 21/07/2026 - 06:38h.

«Delenda est monarchia». Con este célebre latinajo terminaba José Ortega y Gasset su artículo 'El error Berenguer' en 1930. A juicio del filósofo, la monarquía debía ser destruida porque la «dictablanda» del general había fracasado en su intento de regresar a la normalidad constitucional tras los casi siete años de excepción impuestos por Primo de Rivera y amparados por Alfonso XIII. Se iba a cumplir lo que Antonio Maura había temido si el ejército conseguía hacerse con el poder. La Guerra Civil, de hecho, constituiría la materialización del 'caveat' que el viejo estadista siempre había mantenido en su pensamiento político. Todos los esfuerzos de la Restauración debían centrarse en encauzar a las masas obreras descontentas y en mantener en su sitio a los militares y a la Iglesia para proteger la cosa pública de injerencias espurias. Ortega certificó el fracaso de la empresa y llamó a los españoles a refundar el Estado en forma de República.

La situación, casi cien años después, es por supuesto muy distinta. La monarquía, a pesar de su crisis de ejemplaridad, se ha mantenido fiel a la democracia y ha cumplido con sus obligaciones formales sin desviarse del espíritu de la Constitución que transformó su condición de absoluta en parlamentaria. Pero al mismo tiempo, en estos últimos ocho años, Pedro Sánchez ha llevado a cabo una improvisada e irresponsable desarticulación de la arquitectura constitucional, por intereses personales, al margen de su programa y mediante una manipulación grosera e impúdica de las instituciones. La última prueba de esa estrategia ha sido su tiro de gracia al Congreso, riéndose a carcajadas de la mayoría que le instó a convocar elecciones.