Siempre hago toples. Casi todas mis amigas, también. Algunas ahora se tapan porque Instagram las ha disciplinado en no estar tan cómodas con su cuerpo como antes. Otras siguen practicándolo, pero siempre tienen la parte de arriba cerca por si aparece un mirón con su móvil apuntando a sus pezones. No fui consciente de los cazadores de tetas, la especie más penosa de la playa porque mira que se pueden hacer cosas divertidas en un arenal, hasta que una amiga me puso en situación y me explicó que en internet hay un debate muy extendido sobre estos cretinos. Nosotras siempre habíamos hecho toples sin estar pendientes de lo que ocurría a nuestro alrededor, pero, por lo visto, los mirones con móvil son una lacra y están por todas partes. Desde que me lo dijo, he detectado a varios desde abril. Que apunten lo que quieran, yo seguiré a la mía sin ponerme la parte de arriba. Este asunto, en mi entorno femenino, se vive como una cuestión política. Por eso llevamos un par de años desplegando lo que hemos etiquetado como el observatorio del toples en España. A falta de datos oficiales, nuestro medidor no tiene más fiabilidad que lo que vamos viendo. ¿Las conclusiones? Afrontamos una recesión de pechos desnudos. Da igual si es en el Atlántico, la Meseta o el Mediterráneo. Allá donde viajamos detectamos tres conclusiones claras: cada vez menos mujeres van sin la parte de arriba, las jóvenes parece que ni se lo plantean y la clase también influye —en Barcelona, una piscina municipal de la zona alta tendrá, aproximadamente, un 2% de practicantes; mientras que, en la de la Barceloneta, el toples está en torno al 40%—. ¿Por qué las veinteañeras desisten? ¿Es por los mirones? ¿Por el terrorismo corporal de las redes? ¿Por un repliegue puritano y reaccionario? ¿Qué clase de relación problemática se está gestando entre las mujeres y sus cuerpos en esta nueva urgencia de cubrirse las tetas?Como llevamos un par de años debatiendo con intensidad este indicador recesivo, se podría decir que me invadió un sentimiento de ternura cuando leí “¿Por qué las europeas no odian sus cuerpos?”, un post viral de una estadounidense en Substack. La pregunta la planteaba una nómada digital y creadora de contenido que, tras pasar por España, ahora está haciendo rutas de vino por la Toscana. La carta era un elogio a la actitud de las mujeres en las playas mediterráneas, un estilo de vida que quería inculcar a su hija. “Todo está colgando. En España: las tetas fuera. En el sur de Francia: tetas fuera […] Cuando tenía veinte años, cursaba un semestre en Valencia, y a menudo íbamos a la playa durante las cálidas tardes de septiembre. Nos sentábamos en una playa abarrotada —un grupo de estadounidenses hablando en voz alta en inglés— y observábamos a las españolas jugar al bádminton totalmente en toples. Sus pechos se bamboleaban cuando se lanzaban a golpear, y a nadie le importaba. Nadie se inmutaba”, escribía en un texto en el que se preguntaba si el toples y el “prefiero comer pasta y beber vino que ser talla 0” que dijo Sofia Loren deberían convertirse en una actitud vital frente a la vergüenza y la dismorfia corporal de las estadounidenses. “¿Habría sido mi vida distinta si hubiese crecido en Europa?”, se preguntaba en una carta cargada de buenas intenciones, pero que me llevó a a recordar a Mohamed Chukri y sus denuncias frente a las miradas pintorescas de los escritores extranjeros sobre suelo local. Como si los Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) no se hubiesen disparado en España tras la pandemia, como si la recesión del toples no fuese un tema candente en nuestras sobremesas y nuestras redes. Así que siento chafarte la postal romántica, expat, pero me temo que las europeas, como vosotras, también han aprendido la maldición femenina de odiar sus cuerpos.