Se denomina “Los treinta gloriosos” a aquel ciclo histórico (años 1946 a 1976) en el que el capitalismo fue mejor: crecía sin demasiados picos de sierra, creó en su seno el Estado de bienestar y tendió a corregir las brutales desigualdades que le habían acompañado durante las dos guerras mundiales y en su intermedio. Ahora se vive otro ciclo opuesto, caracterizado por lo contrario: continuas crisis que se superponen, acompañadas por una inequidad tan fuerte que rompe la cohesión de las sociedades y hace casi imposible que sigan coexistiendo en paz las dos caras del sistema: la política (la democracia) y la económica (el capitalismo). El profesor de la Universidad de París Jacques Rancière ha denominado a este periodo, por contraposición con el anterior, “Los treinta ingloriosos”. Los intelectuales tienden a estirar o a recortar los siglos a su antojo para clavar a martillazos su visión de la historia. El caso más repetido es el del historiador marxista británico Eric Hobsbawn, que definió su siglo corto entre los años 1914 (comienzo de la I Guerra Mundial) y 1991 (colapso de la Unión Soviética). Lo analiza el periodista Claudi Pérez en su estupendo libro Las invasiones bárbaras (Debate), que hace su propia retorsión de la historia en relación con las crisis económicas que han asolado al mundo en este primer cuarto del siglo XXI. A principios de un año tan sonado como el 2000, en el que se anunciaba algo gordo relacionado con la informática, los coyunturalistas predecían una situación económica desconocida desde hace mucho; una era de crecimiento duradero, basada en la ausencia de inflación y en una formidable revolución tecnológica que llevaría parejo un aumento continuo de la productividad. De no aparecer cisnes negros, todas las zonas del mundo crecerían en uno y otro grado. Se acercaba el Tercer Milenio con el optimismo general erigido en religión. En EE UU, ricitos de oro (así se denominaba aquella nueva economía) era testigo de que todo lo que tenía que subir, subía (la producción, el empleo, el dólar, la inversión, los ingresos, las exportaciones, la Bolsa, la confianza de los consumidores y las empresas, etcétera) y todo lo que tenía que bajar, bajaba (inflación, paro, déficit público, tipos de interés…). De nuevo, en este balance no se contemplaba la variable de la desigualdad. Los más optimistas decían que el XXI sería otro siglo americano. Pero no fue así. La creencia en la aparición espontánea de un modelo benigno que asegurara el crecimiento sin fin, en comunión con una alta tecnología que podía convertir en riqueza todo lo que tocase, fue defendido por el recientemente fallecido Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal. No todos los economistas pensaban así. El Nobel de Economía Paul Krugman empezó a hablar de los “buhoneros del disparate”. A ricitos de oro se llegó mediante una acumulación previa de crisis (Europa, 1992, con el debilitamiento del sistema monetario europeo; México, 1994; Asia, 1997; Rusia, 1998; América Latina, en 1998 y 1999…) en medio de una oleada de globalización. En ese entorno, las denominadas puntocom dan un petardazo en forma de burbuja: los inversores compraban acciones tecnológicas con la expectativa de que crecerían rápidamente, aunque muchas de ellas apenas generaban ingresos o beneficios. Cuando quedó claro que muchas compañías no serían rentables nunca, la confianza se desplomó y comenzó la venta masiva de acciones. Muchos de los iconos de internet de aquel tiempo quebraron o desaparecieron. El otro cisne negro que rompe la normalidad es la mayor quiebra empresarial de la historia de EE UU, la de la empresa Enron, una de las más halagadas por los analistas económicos. Enron ocultaba en sus tripas enormes pérdidas mediante prácticas contables fraudulentas. Miles de empleados perdieron sus ahorros y sus planes de pensiones (invertidos en acciones de Enron) y Arthur Andersen, considerada hasta entonces el patrón oro de las grandes auditoras, desapareció al perder su reputación por no haber advertido nada en el corazón de Enron. Estos son algunos de los precedentes de “Los treinta ingloriosos”.
Los treinta ingloriosos: se ha roto el compromiso que hacía coexistir democracia y capitalismo
La economía vivió sus años dorados entre la posguerra y la crisis del petróleo. Ahora es todo lo contrario








