Matar a Hitler parecía una misión casi imposible. Desde su llegada al poder había escapado a decenas de complots y atentados. Claus Von Stauffenberg hizo el último y más audaz intento“Aquí fue. Aquí, junto a esta mesa, estaba yo de pie. Así me hallaba, con el brazo derecho apoyado en la mesa, mirando el mapa, cuando de pronto el tablero de la mesa fue lanzado contra mí y me empujó hacia arriba el brazo derecho. Aquí, a mis propios pies, estalló la bomba… Después de librarme hoy de este peligro de muerte tan inmediato, estoy más convencido que nunca que mi destino consiste en llevar a cabo felizmente nuestra gran causa común”, le contó, señalando la sala destruida, Adolf Hitler a Benito Mussolini en la Guarida del Lobo la tarde del 20 de julio de 1944.Matar al führer parecía una misión imposible. Hacía apenas unas horas que había salvado, una vez más, su vida. Desde su llegada al poder en 1933 el líder nazi había escapado a decenas de complots y atentados. El último databa del 13 de marzo de 1943, cuando un grupo de conspiradores trató de hacer estallar en pleno vuelo el avión que lo llevaba a hacer una inspección de tropas. Subieron el explosivo en una caja que supuestamente llevaba dos botellas de cointreau, pero el mecanismo de la bomba falló. Ahora la bomba había estallado, pero su Hitler se había salvado una vez más.PUBLICIDADPara 1944, el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial había dado un vuelco dramático que podía medirse en los territorios europeos ocupados que, paso a paso, el Reich que debía durar mil años iba perdiendo. Desde hacía tiempo, algunos de los altos mandos del ejército alemán estaban convencidos de que la única manera de evitar la destrucción total de Alemania era sacar a Hitler del medio. Había que intentarlo una vez más. El proyecto de los complotados era matar al dictador para tomar el poder, construir una “democracia a la alemana”, y hacer una propuesta de paz a los Aliados. Sabían también que tenían muy poco tiempo para hacerlo, porque si la guerra se prolongaba no tendrían nada para ofrecer en una negociación y deberían rendirse sin poder negociar las condiciones. Les quedaba poco tiempo y no podían fallar.Los conspiradores sabían que sin la muerte de Hitler cualquier intento de tomar el poder estaba condenado al fracaso. Una vez muerto el dictador, los militares buscarían el apoyo de la sociedad civil para formar un gobierno que encarara las negociaciones para una salida pactada de la guerra. Por eso, el coronel Claus Philipp Maria Justinian Schenk Graf von Stauffenberg, adscripto al Estado Mayor de Hitler, decidió tomar el asunto en sus propias manos. Era un héroe de guerra, pero también un opositor acérrimo al régimen nazi.PUBLICIDADEl coronel Claus von Stauffenberg se cargó sobre los hombros dos de las máximas responsabilidades del plan: matar a Hitler y después liderar el golpe de Estado en BerlínEra un hombre que había llegado al Estado Mayor del ejército alemán después de haberse desempeñado valerosamente en el frente de batalla. Nacido el 15 de noviembre de 1907 en el castillo de su tío, el conde Berthold von Stauffenberg, en Jettingen, en Baviera, Claus era el hijo menor del matrimonio del conde Alfred Schenk von Stauffenberg y la condesa Caroline von Üxküll-Gyllenband. Estudió en Stuttgart y se unió al ejército alemán en 1926, a los 18 años. Aunque no se opuso a la llegada de los nazis al poder en 1933, empezó a despreciarlos en 1938, después de la Noche de los Cristales Rotos, cuando vio las atrocidades que cometían contra los judíos. En este rechazo influyó su cuñada, la aviadora Melitta Schenk Gräfin von Stauffenberg, que era de ascendencia judía y estuvo a punto de ser internada en un campo de concentración. Claus estaba casado con la baronesa Nina Freiin von Lerchenfeld en Bamberg, con la que tuvo cinco hijos.PUBLICIDADSu carrera militar era brillante, que le permitió ser ascendido a capitán cuando llevaba once años de servicio, cuando lo normal era alcanzar ese grado después de por lo menos quince años. El comienzo de la guerra, lo encontró en la Sexta División Panzer, con la que participó en la ocupación de los Sudetes y en las campañas de Polonia y Francia. En 1940 fue condecorado con la Cruz de Hierro de Primera Clase.También había participado de la invasión a la Unión Soviética en 1941 y allí, además de horrorizarse por las matanzas de las SS comenzó a dudar de la capacidad de Hitler para conducir la guerra. La catastrófica derrota en la batalla de Stalingrado lo convenció de que Alemania sería derrotada tarde o temprano. En enero de 1943 fue ascendido a teniente coronel y transferido a la campaña del Norte de África como oficial de una unidad especial de tanquetas del general Erwin Rommel, “el Zorro del desierto”, dedicada al reconocimiento del terreno y a la observación de la fuerza, la posición y los movimientos del enemigo.PUBLICIDADEn el frente africano, durante una incursión de reconocimiento en la batalla del paso de Kasserine, en Túnez, el 7 de febrero de 1943 su vehículo fue atacado por un avión británico. Quedó gravemente herido, con la pérdida de un ojo, la mano derecha y dos dedos de la mano izquierda. Cuando se recuperó, fue ascendido a coronel e, impedido de seguir combatiendo, lo asignaron al Estado Mayor bajo las órdenes del del general Friedrich Olbricht, uno de los ideólogos del plan para matar a Hitler.“Después de librarme hoy de este peligro de muerte tan inmediato, estoy más convencido que nunca que mi destino consiste en llevar a cabo felizmente nuestra gran causa común”, le dijo Hitler a Mussolini al día siguienteEl general Olbricht y los otros jefes de la conspiración adaptaron un plan que ya existía, pero lo dieron vuelta. Se trataba de la Operación Valquiria, ideada por los nazis para movilizar el Ejército de Reserva en situaciones donde fuera necesario reprimir posibles disturbios o rebeliones provocados por los millones de trabajadores forzados que existían en Alemania y en los territorios ocupados. PUBLICIDADVon Stauffenberg propuso que, después de que los conspiradores mataran a Hitler, esas tropas fueran utilizadas para neutralizar a las SS, la Gestapo y las unidades militares que se mantuvieran adictas al Reich. Así podrían hacerse del poder. Él, junto con el general Henning von Tresckow, se perfilaron desde el principio como los líderes de la conspiración, mientras que otros altos mandos, al ser sondeados, decidieron mantenerse al margen, aunque sin delatar a los complotados. Fue el caso del mariscal Günther von Kluge, uno de los más prestigiosos jefes del ejército, que les respondió: “Los mariscales de campo prusianos no se amotinan”.A pesar de la reticencia de la mayoría de los generales a los que sondearon, los conspiradores no se desanimaron y siguieron adelante con el complot mientras buscaban otro tipo de aliados. “Puesto que los generales no han hecho nada hasta ahora, tendrán que entrar en acción los coroneles”, les dijo von Stauffenberg a sus compañeros. El coronel, además, se cargó sobre los hombros dos de las máximas responsabilidades del plan: matar a Hitler y después liderar el golpe de Estado en Berlín. Solo debía esperar que se presentara una oportunidad propicia para llevar a cabo esos dos objetivos.PUBLICIDADOnce oficiales resultaron gravemente heridos y varios de ellos murieron poco después. Los únicos que quedaron casi ilesos fueron Hitler y el mariscal Wilhelm KeitelLa ocasión no demoró en llegar. Von Stauffeberg fue convocado a participar de una reunión en la Guarida del Lobo, el bunker subterráneo que servía de cuartel general en Rastenburg, en los bosques de Prusia Oriental. La fecha fijada era el 20 de julio de 1944 y, a último momento, el lugar de la reunión fue cambiado del búnker subterráneo a un barracón de madera en la superficie, debido al calor.El coronel llegó acompañado por su ayudante, el teniente Werner von Haeften, que llevaba dentro de un portafolio dos explosivos a los que había que activar mediante un temporizador. Poco antes del comienzo de la reunión, von Stauffenger y su auxiliar se encerraron en un baño para activar los temporizadores con un plazo de diez minutos. Pudieron hacerlo con una sola de las bombas porque fueron interrumpidos y debieron salir del lugar para no despertar sospechas.PUBLICIDADVon Staffenger entró a la sala de reuniones con el maletín en la mano y pidió sentarse cerca de Hitler para poder escucharlo bien ya que estaba parcialmente sordo. Con esa excusa logró que le ofrecieran una silla junto al führer, que estaba empezando a analizar la difícil situación de las tropas alemanas en el frente del Este. Allí dejó la cartera en el suelo y luego la empujó con un pie para dejarla lo más cerca posible del dictador. Cuando lo logró –contrarreloj– dijo que saldría un momento porque tenía que hacer una llamada urgente. Afuera lo esperaba el teniente von Haeften con el auto oficial en el que se alejaron disparados del lugar. El coronel debía escapar y viajar a Berlín para liderar la toma del poder.Exactamente a las 12.42, como estaba programado en el temporizador, escucharon la explosión y siguieron a toda velocidad hasta el aeropuerto para volver a Berlín y poner en marcha la segunda parte del plan. En ningún momento dudaron que Hitler estaba muerto. No podían saber que, apenas von Stauffenberg se alejó de la sala, alguien había movido sin querer el maletín, dejándolo detrás de una de las gruesas patas de madera de la mesa, lo que evitó que la onda expansiva alcanzara de lleno a Hitler, que sólo sufrió una herida en el brazo y algunos rasguños. PUBLICIDADEl führer fue el más afortunado de los que estaban en el lugar. Once oficiales resultaron gravemente heridos y varios de ellos murieron poco después. Los únicos que quedaron casi ilesos fueron Hitler y el mariscal Wilhelm Keitel. Curado rápidamente de heridas leves que había recibido, ese 20 de julio Hitler siguió con las actividades que tenía programadas para el día, entre ellas recibir a Benito Mussolini, a quien le mostró la sala donde había estallado la bomba, le relató los hechos y le aseguró el éxito de Alemania e Italia en la guerra.Cinco días antes de sufrir el atentado, Hitler recibió a varios oficiales en Rastenburg. Parado en posición de firme a la izquierda está Stauffenberg, quien colocaría la bomba