Heinrich HimmlerEn los últimos días del Tercer Reich, Heinrich Himmler venía en caída libre. El otrora todopoderoso lugarteniente de Adolf Hitler había perdido todas sus prerrogativas e, incluso, cargaba sobre sus espaldas con una condena a muerte dictada por el propio führer. A principios de 1945, el jefe de las SS había entendido que la guerra estaba perdida. No compartía el delirante optimismo de su líder y de algunos de sus ayudantes. Comenzó entonces a tomar medidas que, quizás, le permitieran salvarse. En enero ordenó que se detuviera parcialmente el exterminio en masa de los judíos e incluso comenzó negociaciones con representantes de varias organizaciones internacionales que ofrecían comprar decenas de miles de judíos húngaros. Por supuesto, nada de eso se lo informó a Hitler.También a espaldas del führer intentó negociar la paz con los aliados. Buscó contactos a través de Suecia y Noruega, pero no obtuvo ningún resultado. Ni Alemania ni Himmler tenían nada para negociar. Lo único que consiguió fue que, el 28 de abril, el diplomático sueco Folke Bernardette le informara a Hitler que Himmler estaba negociando a sus espaldas con los Aliados. La reacción del dictador nazi fue furibunda:PUBLICIDAD—¡Es la traición más vergonzosa de la historia de la humanidad! —estalló.Una traición que Hitler no podía dejar pasar. De inmediato lo despojó de todos sus cargos y lo condenó a muerte. La orden fue fusilarlo donde lo encontraran. Como todavía contaba con algunos fieles dentro del bunker berlinés, alguien le informó que había orden de matarlo y pasó a la clandestinidad. Estaba pensando en huir cuando, el 30 de abril, se enteró del suicidio del führer.PUBLICIDADAntes de matarse, Hitler había nombrado al almirante Karl Dönitz como su sucesor, con la orden de continuar la guerra y resistir hasta el final. Se trataba de una orden imposible de cumplir, con el Ejército Rojo en las calles de Berlín y el cerco aliado asfixiando a las tropas alemanas dondequiera que todavía resistían. Lo único que Dönitz podía intentar era ganar tiempo negociando con los Aliados para “salvar” de caer en manos del “enemigo comunista” al mayor número posible de soldados y civiles alemanes. Una de sus propuestas sonaba delirante: rendirse ante los aliados occidentales, es decir Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, pero que le permitieran seguir combatiendo contra los rusos para evitar el avance comunista en Europa.Entonces Himmler quiso jugar una carta más. Se puso en contacto con Dönitz y le pidió que lo dejara a cargo de las negociaciones. La respuesta del almirante fue un rotundo “no”. Con todas las puertas cerradas, no le quedó otra alternativa que huir. Se vistió de civil, se vendó un ojo, lo cubrió con un parche y caminó durante dos semanas por el norte de Alemania, junto con sus ayudantes Macher y Grothmann. PUBLICIDADEn uno de los bolsillos llevaba un documento que lo identificaba como Heinrich Hitzinger, un sargento de la policía secreta a quien el propio Himmler había hecho fusilar por “derrotismo”. Si esa salida no funcionaba, todavía tenía otra: una pastilla de cianuro oculta en la boca.Cuando Hitler supo que Himmler estaba negociando a sus espaldas con los Aliados su reacción fue furibunda: ordenó fusilarlo allí donde lo encontraran