El historiador Johann Chapoutot (Martigues, Francia, 47 años), profesor en la Sorbonne y gran especialista en la Alemania nazi, no niega la oscuridad del presente. Pero en Irresponsables (Alianza) rechaza todo fatalismo: el regreso del fascismo no es inevitable, como tampoco lo fue la llegada de Hitler al poder. Su tesis es que Weimar no cayó por las urnas, sino por una decisión política: una oligarquía conservadora se apoyó en los nazis para frenar a la izquierda y preservar sus intereses. Sentado en un despacho de su editorial francesa, sobrio pero con un inesperado punto de humor cáustico, el historiador no consuela, pero sirve de guía en la penumbra: “Ahora ya sabemos lo que puede ocurrir”. El primer paso para tratar de evitarlo.Pregunta. Su libro produce vértigo desde la primera página, como si estuviéramos condenados a volver a vivir lo mismo.Respuesta. Lo entiendo, pero la repetición histórica no es mi tesis. Se dice que la llegada de los nazis al poder fue inevitable, y esa idea vuelve a ser dominante hoy. Igual que los nazis “tenían” que ganar, ahora “tiene” que regresar la extrema derecha. Esa supuesta fatalidad invita a la resignación. Yo aspiro a demostrar lo contrario: que el regreso del fascismo no es inevitable.P. ¿Cómo lo hace?R. Corrijo una idea falsa: que Hitler llegó al poder por las urnas. La democracia de Weimar, fundada en 1919, no cayó por el voto popular; fue asesinada. Y que no empezó en 1933, sino en marzo de 1930, cuando el gabinete presidencial y quienes lo sostenían —banca, seguros, industriales, ejército, élites conservadoras— decidieron que no iban a respetar el resultado electoral y que gobernarían mediante decretos presidenciales y un estado de excepción permanente. Cuando los nazis llegan tres años después y dicen que no habrá más elecciones, llueve sobre mojado.Lo ‘woke’ sirve para dar miedo, como sucedía en otro tiempo con el bolchevismo cultural”P. El problema no fue solo Hitler, sino las élites que creyeron que podían utilizarlo.R. Exacto. Hitler preparó el terreno desde 1930. Recorrió los círculos patronales y clubes de poder para decirles: “Soy vuestro hombre”. Prometía la revancha contra la democracia social. Juraba que destruiría a la izquierda alemana: comunistas, socialdemócratas y sindicatos, incluso los cristianos. Y prometía una recuperación prodigiosa mediante el rearme. En febrero de 1933, en una reunión en casa de Hermann Göring, uno de los jerarcas nazis más próximos a Hitler, con los grandes empresarios alemanes, el nuevo canciller les dijo: la izquierda, se acabó; las elecciones, se acabaron; la democracia, se terminó. Y Göring zanjó la conversación: “Señores, saquen sus talonarios”. Literalmente…P. ¿Quiénes eran esos “irresponsables”?R. Gente como Franz von Papen, católico conservador y antiguo canciller, que convenció al presidente Paul von Hindenburg de nombrar a Hitler; o Alfred Hugenberg, magnate de la prensa y jefe de la derecha nacionalista. También industriales y banqueros que vieron en el nazismo un instrumento útil para acabar con la democracia nacida en 1918. No eran fanáticos nazis. Eran hombres de orden que pensaron que podían servirse de Hitler. Y se equivocaron.P. ¿Por qué lo subestimaron?R. Por desprecio de clase. Para esas élites, Hitler era un paleto y un don nadie: un austríaco con un acento espantoso del sur, sin fortuna, sin títulos, sin grado militar, sin diplomas ni redes de influencia. Pensaban que estaría a su servicio, que lo podrían controlar y que gobernaría en beneficio de sus intereses. Algunos lo pagaron con su vida.P. La derecha moderada pactó con la extrema derecha para conservar el poder. Qué familiar suena eso hoy…R. Esas derechas tienen, con todas sus diferencias, los mismos enemigos: la izquierda, la democracia social, los sindicatos. Aritméticamente, la cosa funciona: sumo mis votos a los de la extrema derecha y así conservo el poder. Pero esa lógica no tiene en cuenta la dinámica totalitaria de la extrema derecha. Goebbels lo decía muy claro: “Si me dan el poder, tendrán que sacar mi cadáver del despacho”.P. También habla del papel de los medios.R. Hugenberg tenía 1.600 periódicos y dos compañías de cine. Era una maquinaria enorme. El mensaje nazi se presentaba en ese ecosistema mediático como “de sentido común”, igual que hoy ciertas cadenas presentan la expulsión de inmigrantes como “de sentido común”. Llevaron a cabo una campaña muy poderosa contra un supuesto bolchevismo cultural: nadie sabía bien qué era, pero daba mucho miedo. Es como lo woke en la actualidad, que es un mejunje en el que entra casi todo: homosexualidad, feminismo, pacifismo, justicia social y fiscal, arte contemporáneo… Nadie sabe muy bien qué es, pero sirve para dar miedo, como sucedía en otro tiempo con el bolchevismo...P. ¿Las políticas de memoria han servido de algo?R. En los últimos 80 años, ha habido mucha memoria y muy poca historia. Las políticas de memoria me suenan, a veces, a conmemoración piadosa. En cambio, no hemos hecho suficiente historia. Cuando se hace historia, interesa. Mi libro ha vendido 70.000 ejemplares en un año. Hay una gran demanda de aclaración histórica.P. Dice que no hay fatalismo, pero el panorama no resulta alentador.R. Es penoso, sí. Pero tenemos una ventaja inmensa sobre nuestros abuelos y bisabuelos: nosotros sabemos.Tenemos una ventaja inmensa sobre nuestros abuelos y bisabuelos: nosotros sabemos”P. Aun así, la extrema derecha obtiene resultados muy altos.R. Pues yo los encuentro bastante mediocres. Un tercio de los votos para la extrema derecha francesa, con varios canales de televisión repitiendo que Jean-Luc Mélenchon es un tremendo antisemita, que Jordan Bardella luce unos trajes estupendos y que Marine Le Pen es una mujer de Estado, me parece poco. Con ese clima, deberían estar en torno al 70%.P. ¿Diría que somos culturalmente fascistas?R. Me cuesta trabajar con conceptos antropológicos. Cada país tiene su historia. En Alemania, el nazismo duró una década; en España, el franquismo, 40 años. Eso puede dejar rastros distintos. Pero no creo que el fascismo sea un problema irresoluble. Si lo creyera, me iría a echar una siesta. No haría todo este esfuerzo si creyera que todo está perdido. Veo en la sociedad a mucha gente decente que se niega a aceptar la porquería que esos líderes nos prometen.